Extracciones: Matar al Mandinga [Galo Ghigliotto]

mandinga

Capítulos extraídos de Matar al Mandinga (LOM, 2016)

PRIMERA CICATRIZ

1

Ya no tengo nombre, porque no lo recuerdo. Después de largas jornadas de meditación logré olvidarlo, porque eso era lo único de lo cual podían agarrarme. Todo empezó cuando mataron a mi sensei. Eso fue a pocas semanas de haberme entregado el grado de cinturón negro. Me había dicho que estaba listo y pronto podría ser un maestro como él. Por eso me dio su propio cinturón deshilachado, proveniente de no sé cuántas generaciones. Esa fue la última vez que lo vi en su forma humana.

Una tarde llegué al dojo y unos compañeros esperaban sentados en la escalera. La puerta estaba cerrada con candado. El conserje del edificio no sabía nada de nuestro sensei. Comencé a sentir una presencia a lo ancho del barrio, un ruido de ibuki a lo lejos. En ese momento no supe que era mi maestro tratando de advertirme del peligro, porque no sonaba a su voz, y si lo era, no tenía forma de voz. Hablaba en sensaciones. No recibí el mensaje como palabras, pero la imagen apareció ante mis ojos: se lo habían llevado detenido. Mi maestro era profesor de castellano en un colegio y también en una universidad. Había sido el guardaespaldas de un escritor que alcanzó a exiliarse justo antes de que la policía lo detuviera.

Después supimos que los milicos se habían llevado presos a mi maestro y a su familia. Fueron seis los agentes que entraron a su casa, cinco hombres y una mujer. Entraron a patadas: con la fuerza de su energía negativa lo destruyeron todo. Una prima de mi maestro dio la alarma, fue al edificio donde estaba el dojo y le contó al conserje.

Éste nos fue informando a todos durante los días siguientes. Mis compañeros tenían miedo. Ellos eran cinturón blanco o amarillo, azul o verde, pero ninguno era negro como yo. Ningún otro tenía el cinturón de mi maestro. La prima de mi sensei quería saber su paradero. Sus papás también habían sido detenidos pero los soltaron poco después. Sólo mi maestro faltaba por aparecer. Estábamos en 1975.

A principios de noviembre mi sensei se me apareció en sueños. Me decía que estaba muerto, que nunca más volvería, y que yo tenía toda su fuerza. Agregó que sólo yo podía luchar contra las fuerzas del mal y vencerlas, que debía olvidar mi nombre cuanto antes porque eso era lo único de lo que podían agarrarme. Le confesé mi miedo, pero él respondió que el miedo era algo diabólico y me purificó por medio de las manos con energía.

–Tienes que dejar todo recelo y dar muerte a tu cobardía –dijo con voz de arcoíris– … Cada hombre debe luchar contra su cobarde interior toda la vida, pero tú eres el salvador, en ti vive la fuerza de Jesucristo…

Antes de desaparecer de mi rango visual y esfumarse, me miró con los ojos brillantes y azules y dijo:
–Debo partir.

Al día siguiente, al despertar, supe que debía ir a la casa de su prima.


3

La primera vez que Elsa me pidió que la acompañara a un lugar, fue el uno de diciembre del setentaicinco. Fuimos a la Vicaría de la Solidaridad. Ahí nos confirmaron que mi maestro no estaba en Cuatro Álamos, como dijeron al principio. En el edificio percibí energías mezcladas, de una parte positivas y de la otra muchas vibraciones de tristeza. Sobre el edificio, sentados en las cornisas, había ángeles de piel y vestidos blancos. Algunos de ellos lloraban lágrimas doradas. Jesucristo flotaba sobre sus serafines, en el sol. Lo veía con luces parpadeantes blancas y una cruz roja en el pecho con destellos vibrantes. Jesús me miró bondadoso, irradiaba amor. Le hice una reverencia antes de meterme al edificio, siguiendo a Elsa.


4

El diez de diciembre, uno de los abogados de la Vicaría encontró el certificado de defunción de mi maestro. Estaba en una ruma de papeles en el Registro Civil. Ahí decía que su cuerpo estaba enterrado en una fosa común. El abogado llamó esa tarde a Elsa y le señaló que debía ir al día siguiente, a primera hora, a buscar una copia del certificado. Era la única forma de reclamar el cuerpo. Yo estaba con ella en ese momento, porque me había convertido en su guardaespaldas. Le pedí que me dejara acompañarla pero se negó argumentando que yo vivía lejos y tendría que levantarme muy temprano para llegar a su casa. Le dije que podía quedarme toda la noche si era necesario, y que si no tenía una cama podía pasar de largo, meditando. Ella propuso acomodarme en un sillón. Su casa era chica, no tenía mucho espacio. Comentó que muchas veces mi maestro se había quedado ahí. Entonces noté que una franja del arcoíris de su voz sonaba rara, diferente, como si estuviera mintiendo. Sacó del mueble una frazada para cubrirme, pero en vez de taparme la puse como tatami, porque hacía calor. Me quedé en calzoncillos para empezar mis ejercicios de meditación. Elsa se fue a su pieza, separada del living por una sábana en forma de cortina sostenida con un alambre. El verano crujía a punto de reventar y no había brisa, así que la sábana cortina se quedó quieta apenas ella desapareció tras la tela.

No conocía el campo de meditación en la casa de Elsa y por eso me costó concentrarme. Cuando lo conseguí, se apareció mi maestro realizando movimientos de kata mientras se materializaba. Vestía un karategui de seda azul. Al terminar sus movimientos, mi sensei quedó frente a mí. Saludó con una reverencia de manos al costado, siempre en musubi dachi. En la penumbra, apenas distinguía su rostro, escasamente iluminado por el fulgor azul que irradiaba su traje. Me explicó que ese era el uniforme de los ángeles karatecas de Jesucristo. Luego dijo que para derrotar al mal tenía que aumentar mucho mi fuerza, porque la batalla sería larga, multiforme y enfrentaría a viejos demonios que nunca aparecieron ante mi presencia en el pasado.

–Todas tus fuerzas deberán reunirse y funcionar desde tu interior, porque así madurarás.
Me recomendó que para tener toda su fuerza debía acostarme con su prima, porque teniendo sexo con una mujer se absorbe la experiencia de todos los hombres que antes la poseyeron.
–La poseí una vez –me dijo.
Sentí el arcoíris de su voz interferido y lo miré a los ojos.
– …más de una vez –se corrigió.
–Eso no será posible –le dije–: me tiene por niño, debilucho y yo nunca he estado con una mujer.
–Estás en tu derecho, sólo reclámalo.
–Hai sensei –con esa palabra japonesa asentíamos cada instrucción en el dojo.

Se despidió haciendo una reverencia y comenzó a difuminarse. Cuando terminó de desaparecer, la habitación estaba igual de quieta que antes, pero el calor o la idea del sexo me había provocado una erección poderosa, como nunca.

Me saqué los calzoncillos. Sentí unas gotas de sudor escurriendo desde la musculatura de mi abdomen a la ingle. Recordé una imagen del maestro Bruce Lee en un afiche y pensé que él y mi sensei me guiarían hasta el corazón de Elsa.

Crucé la sábana cortina. Cuando Elsa me vio entrar se giró asustada. Me miró a la cara primero, luego se fijó en mi erección; al verla, se volteó un poco más, sorprendida, esta vez con el cuerpo entero. Parecía un poco enojada, pero igual caminé hacia ella, despacio, con pasos confiados, y me puse junto a su cama. Me preguntó qué quería, y aunque yo estaba nervioso, me quedé ahí parado hasta que saltó hacia mí. Estiró los brazos para tocar mi abdomen y mi pecho. Cuando entré en ella sentí la energía física de mi maestro filtrándose en mí, y también la de otros hombres que no supe reconocer: escuché sus voces. Eran viejos, jóvenes y niños, la voz de mi maestro y una gran reserva de su ki al interior de Elsa, entrando en mí, hasta que empezó a gemir más y más fuerte antes de detenerse y echarse a mi lado.

Me cuidé de no eyacular, porque la eyaculación es un torrente del ki en nuestro cuerpo y es preciso conservarlo.


7

No fue necesario despedirse, no quise agregar más peso al dolor de Elsa, la mujer que mi maestro y yo amamos. Mi abuela sólo me preguntó a dónde me iba. Creo que intuía en algo mi misión, pero no quería inmiscuirse, sólo dijo cuídate mucho. Otros se harían cargo de ella, mis tíos. Le respondí a mi abuela que me iba al norte, que allá me buscaría la vida. Ella me aconsejó que ubicara a su hermano, aunque no se hablaban hacía tiempo; tal vez podría ayudarme.

–Lo último que supe de Juan fue que abrió una ferretería en Antofagasta…

Sin más trámite, le di un abrazo y salí con mi morral. Llevaba lo esencial: un cepillo de dientes, mi karategui, el cinturón de mi maestro, algo de ropa y unas zapatillas.

Elegí el norte porque sentía lo negativo como una enorme culebra proveniente desde allá. Tenía los dientes enterrados en algún lugar del país, eso lo presentía, pero el resto del cuerpo se perdía hacia el norte. En ese momento pensaba que si me instalaba en un punto estratégico podría cortar su emisión negativa, perforar el dorso de la serpiente, destriparla y detener la hemorragia de malas vibras. Pensé que esa era la forma.



RE[TRO]CESO

30

Mi abuela hablaba cada vez menos: servía el desayuno en el comedor y partía a la iglesia. En la parroquia del barrio celebraban misas dos veces por día. No quería acompañarla. Pasaba encerrado en la pieza ejercitando la respiración. Mi maestro no se presentó en varias semanas; quizás leyó en mi mente las ganas de claudicar y estaba enojado. Cuando me concentraba en él o lo invocaba en un recuerdo, recibía vibraciones de enojo.
Una mañana mi abuela preguntó, como al aire, cuánto llevaba sin ir a misa. Le respondí que no recordaba, pero eran meses.

–Y para qué te voy a preguntar hace cuánto no te confiesas –añadió con tono de reproche.

Le respondí que me confesaría y se quedó tranquila un momento. Sentí que temía por mi alma, que se pudriera en el infierno.

–Vamos a la iglesia y confiésate –insistió.

Era viernes. Juzgué que la fuerza del Señor podría guiarme hasta mi sensei y partí.
El padre se llamaba Piero y me estaba esperando. Mi abuela le había dicho que me iba a llevar ese día a esa hora. Ella se fue a hincar frente al altar para decir sus oraciones. El padre Piero me invitó al confesionario y empezamos a conversar. El cura tenía un fuerte acento italiano. Le hablé de cuando penetré a Elsa, pero le dije que no había derramado mi semilla, como decía en la Biblia. Le conté sobre todas las cosas que había visto: el espíritu de Casaus, el macho cabrío sobre el jeep en Temuco, las energías negativas que me perseguían porque yo era un luchador de Jesucristo. El padre Piero puso cara extraña, como de incrédulo. Me preguntó si me drogaba. Le dije que no.

–No le hago a nada… tampoco bebo alcohol, porque mi entrenamiento me lo prohíbe.

El párroco miraba con las cejas torcidas. Preguntó si quería confesar otro pecado y le dije que sí. Le conté que hace unos meses había matado a un carabinero, al cabo Ceballos, en el sur. El padre Piero me retó, me dijo que con eso no se jugaba. Le insistí que no mentía, que había sido yo, pero el cura se negaba a creerme. Repitió que entendía lo triste de la situación en el país, que a él también le daba pena ver por la televisión las acciones de los extremistas, pero no por eso podíamos culparnos del devenir de la historia. Luego reflexionó y me preguntó si acaso pertenecía a un movimiento de izquierda. Respondí que no pertenecía a ningún movimiento de nada, ni nunca lo había hecho. Era cierto. Me preguntó entonces por qué decía eso, y qué iba a andar haciendo yo en el sur entre mapuches sublevados. Le dije que la nación estaba en manos de los demonios y yo había intentado vencer a Satanás, que en nuestra tierra se llamaba Mandinga. El padre Piero se sonrió.

–Pero, mijito, si hasta el Papa bendijo al presidente…

Su voz era un cuchillo encendido. Pronunció esa frase con su acento extraño y me miró maligno, risueño. Flamas rojas brotaron en sus ojos, pero justo cuando me disponía a entrar en guardia el fuego se apagó. Con los ojos otra vez normales me dijo que la familia de ese pobre carabinero debía estar sufriendo lo indecible. La viuda, suspiró, el hijo creciendo sin su padre. Todos conocían la historia del mártir por las noticias. El cura me invitó a rezar un padre nuestro y dos avemarías por el futuro de nuestro país. Rezamos juntos y luego me santificó. Me dejó partir en paz.

Llegué a la casa y me encerré en la pieza a meditar. Por fin apareció mi sensei. Estaba parado sobre mi cama, su karategui celeste relumbraba con un fuego azul. De pronto la habitación se oscureció para dejar sólo su silueta iluminada: mi maestro era una llama encendida en medio de la oscuridad. Su rostro estaba pálido y una gota de sangre calipso le escurría de la cabeza. Llevaba una corona de espinas.

–Hijo, debes abandonar tu venganza por ahora, tienes una misión mucho más importante… –hablaba muy similar al padre Piero.

Mi sensei explicó que en el más allá había pagado penitencia en mi lugar por ese carabinero muerto, porque aunque estuvieran poseídos yo no podía darme el lujo de matarlos. No al menos a ellos, a los rasos, porque también son víctimas del Mandinga.

–Pero aún –prosiguió– tienes que cumplir una penitencia… una misión de ángel en la tierra –su voz era tan clara que parecía destellar–: irás donde la viuda del carabinero para ayudarle en sus tareas. Reemplazarás a su marido en todo, serás un padre para el hijo. Así lo hizo el maestro Oyama cuando mató a un hombre.
–¿Quién es ese maestro, sensei? –pregunté.
–Recuerda la historia que te conté –respondió.

Y entonces evoqué una película que nos había contado el senseiuna vez.

–Tienes que ir a Panguipulli, allí vive la familia de Ceballos… Deja lo nuestro para después, acompaña a esa mujer y su hijo. Dicho eso, mi sensei y su fuego se extinguieron.

Le avisé a mi abuela que viajaría otra vez. Me preguntó para qué. Le dije que el padre Piero me había hablado de hacer el bien. Le hablé de la gente que es pobre en el sur. Mi abuela empezó a gimotear. Le dije que Dios me iba a acompañar porque rezaría mucho.

–La palabra del padre Piero es ley para mí… –se resignó.

Me agarró del brazo un momento y luego me soltó. Se acercó a un mueble, abrió una caja metálica de galletas y sacó unos billetes:

–Tome, mijito. Que Dios lo bendiga.




galo-ghigliottoGALO GHIGLIOTTO (Valdivia, 1977) Escritor, editor, guionista y director de Editorial Cuneta.  Ha publicado los poemarios Valdivia (Mantra, 2006), Bonnie&Clyde (Garrapato, 2007) Aeropuerto (Cuneta, 2009) y el volumen de cuentos A cada rato el fin del mundo (Emergencia Narrativa, 2013). Matar al Mandinga es su primera novela.