Punto de partida: Las fallas del discurso – Armenia, de Luis Eduardo García

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Armenia (Filodecaballos, 2016)


Todo buen libro de poesía implica sus propias claves de lectura. Es la tarea del lector descifrarlas (no descifrar “el sentido”, ese fantasma). Armenia de Luis Eduardo García (Guadalajara, 1984) resulta una obra congruente entre lenguaje y materia, en la cual esas claves abren zonas de pensamiento y musicalidad como túneles hacia lo poético. Esto último (cuestión pantanosa) entendido como conflicto, desenfoque, incomodidad, revisión.

El genocidio armenio, citado en el año 1919 (es decir, a mitad de los años de exterminio), es la materia del libro. “Algo contrario a la música”, dice en uno de los primeros poemas, y la escritura da cuenta de esa forma como un cuerpo destruido. Para ello, entre otras operaciones, Luis E. García recurre a la ironía (mejor dicho, su lenguaje está acristalado por la ironía) y genera una corrosión en el discurso histórico sobre el gran crimen turco: “La retórica puede ser una serie de prótesis intentando arreglar un cuerpo mutilado”, “con algo de suerte / los vidrios que se claven en tu cara / podrían formar una constelación”.

“Falla” se titula una de las series, intermitente, que desarma la composición y sus mecanismos: “No diré Armenia”; “Usar a la madre como elemento emotivo”; “Tenía otro título para el libro”. “Falla” funciona como una especie de contralibro, expone las dubitaciones y los vaivenes del autor-sujeto (poder ficcional sobre la escritura). La falla está anunciada y pre-pensada para que el sentido inverso (el éxito, es decir, el conflicto) de los engranajes irrumpa aceitado. Por si fuera poco está la “Falla dentro de la falla”, un arte poética sumamente interesante: “¿Cuántas veces se habrá comparado al poema con una ola? ¿Cuántas veces después de comparar al poema con una ola se habrá escrito: ‘entre sus aguas un tiburón tigre me espera’? (…) Los poemas-ola no existen”. Al mismo tiempo, la corriente arrastra otros modos de la poesía y los desenmascara en textos como “El regreso del poeta moralizador” o “Habla el poeta ultra-rudo”.

Ciertos enunciados se incrustan en el poema y descolocan el tono, generan un espacio dentro de otro más predecible y desde esa autonomía disparan en múltiples direcciones: “Sus padres lo observan amorosos / mientras la mirada retrocede / hasta mostrar la escena en una televisión sin sonido. / Alguien la apaga y escribe: / ‘la poesía es un fantasma en un campo de algodón’”. ¿De qué direcciones hablamos? Por ejemplo, podríamos pensar que toda la escena remite a la escritura como relación con un otro que fantasmagóricamente se oculta en la suavidad del ojo que ama, aquel que vela por una realidad que desea retener (aunque en la contradicción de desear y retener se desvanezca todo). O también, pensar en la tensión entre poesía e imagen televisiva, incluso como narraciones posibles de una vida (relatos de fondo, inconscientes), con sus diferentes discursos pero sin negarse uno y otro. Entre muchos otros blancos!

La narratividad va equilibrando los compases y aparecen poemas como “Biografías y vidas”, del I al IV, dedicados a personajes como La Heroína Caníbal (una droga), Brígida Gudmarsson (una santa psicótica), Bob Flanagan (un artista sadomasoquista), La Madre Napalm (un arma química). Personificaciones de la destrucción que concluyen en el último verso del poema posterior con esta síntesis: “Lo invisible nos destruye”.

La muerte impone relaciones particulares con la escritura. Así como Adorno sentenció que escribir poesía después de Auschwitz era un acto de barbarie, muchos otros pensadores se han detenido en el tema. Pero nosotros preferimos el camino de los poetas; en este caso, Luis E. García elige citar al filósofo Vladimir Jankélévitch: “La muerte es irrevocable e irreversible, pero este acontecimiento sella para siempre la existencia de cualquiera, el hecho de que ese cualquiera existió, un hecho que es inalienable, imperecedero, indestructible”. Entonces, la escritura se interna en ese espacio indestructible de la muerte; aclara: “Estos ‘poemas’ no son una forma de que siga vivo”, sino de situarse en su zona (allí donde la huella es perceptible). ¿Es posible estructurar lo irreversible, aquello que no sufrirá nunca mutaciones? ¿Qué poética podría traer respuestas confiables cuando estamos a un chasquido del silencio? En ese filo se activa la propuesta de esta obra.

El terror en Armenia es un terror del cual, desgraciadamente, nunca estaremos libres. La maquinaria del más fuerte se sigue imponiendo y doblega todas las aristas del otro, sin excepción del lenguaje. Y aquí está la perla de este poemario. Cuando en fragmentos como este dice: “Todo estaba lleno de reptiles / bellamente disfrazados. / Entonces una voz me dijo: / ‘elige uno y ámalo’”, esa voz es la que avasalla (dicta, dirige el eros bajo norma) y a su vez la que García desarticula (pone en evidencia sus entrañas pútridas). Pero en un después, entre ruinas y cadáveres, aunque bien nos venga como advertencia.

Un libro como este no puede reseñarse sin quedar en desventaja frente a la experiencia individual y auténtica (con el sentido poderoso de “authentés”) de cada lector. Todo lo que se intentó decir no tiene otro objetivo que invitar a recorrer ese territorio complejísimo que es Armenia. Buscar las propias claves, develar una poética que no hace concesiones con ningún tipo de convencionalismo y, en definitiva, correr el riesgo. Esa es la única tarea que nos exige la buena literatura.



diego-l-garciaDIEGO L. GARCÍA (Berazategui – Buenos Aires, 1983). Profesor en Letras, egresado de la Universidad Nacional de La Plata. Escribe poesía y crítica literaria. Entre sus publicaciones se encuentran: Fin del enigma (Editorial Municipal de Berazategui, 2011), Hiedra (La Luna Que, 2014), Ruido invierno (La Luna Que, 2015) y Esa trampa de ver (Añosluz Editora, 2016). Su blog es: www.margendelpoema.blogspot.com.

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