Inéditos: Best-seller [Ricardo Elías]

(a Diego, Juan Pablo y, claro, al Rata)

 

            No hay algo que odie más que el best-seller de turno. La gente entra a la librería únicamente a buscar ese libro. Lo toman, lo hojean, lo miran, lo dan vuelta y lo tiran encima del resto, alterando el orden que todos los días hacemos —mi compañero y yo— en el mesón de novedades. Todas las mañanas armamos una torre con los libros. Coronamos la cima con la forma de una estrella para darle un toque elegante: una de las portadas mirando al frente, otra hacia la derecha, otra hacia la izquierda… Uno por uno, canto contra canto. Es una estructura nada fácil de lograr con los libros: requiere aprendizaje y cierto talento. Pues al día siguiente, las viejas que no tienen nada más que hacer con sus vidas entran, desordenan todo y se llevan, con suerte, un libro. Uno solo. No tocan otros títulos, no buscan autores específicos. No. El best-seller del momento, ese es el que manosean a rabiar. Poco importa de lo que el libro trate o quien lo escriba. El más leído es el que hay que leer porque es el que se está comentando en la peluquería, en el gimnasio, en las juntas con otras viejas igual de improductivas en el café del barrio o en el taller de manualidades.

            A comienzos de la semana, la librería anunció un descuento del 20% en todos los libros para el día viernes. Así que el jueves en la noche, con algunos tragos de más, hay que reconocerlo, hice lo siguiente: le saqué el cartón de la tapa a varias copias del famoso best-seller y reemplacé el interior con otros libros de manera aleatoria: La Iliada de Homero, Guerra y Paz de Tolstoi, El Juego de los Abalorios de Hesse, El Evangelio según Jesucristo de Saramago… hasta el Ulises de Joyce. Fue un trabajo largo pero de sólo pensar en que una de estas viejas agarre su best-seller, lo abra y lea El Quijote me hacía convulsionar de risa. Me quedé dormido sobre la alfombra. Al otro día desperté con un fuerte dolor de cabeza. Era temprano. Partí al baño, me lavé la cara y ordené los libros.

            Cuando se abrieron las puertas, la librería se llenó de punta a punta. El best-seller se vendió como pan recién salido del horno. Arrasaron con el libro. En el mesón de novedades quedó el despelote. De pronto recordé el plan que había urdido la noche anterior y el pánico me consumió. Van a llegar los reclamos, mi jefe se va a enterar de lo que hice, me va a cobrar el destrozo de los libros y me quedaré en la calle. Por qué mierda hago tanta estupidez, me recriminé, cuántas veces me he dicho que no debo tomar en la librería.

            Los días pasaron. No hubo quejas. Yo, por mi parte, no me confié del todo y seguí con la sensación de estar pendiente de un hilo varias semanas. Una tarde escuché a un grupo de señoras hablando en la zona de lectura. Habían comprado el best-seller y lo comentaban con entusiasmo. Una de ellas opinaba lo espantoso que le parecía que el rencor de los tres hermanos contra su padre terminara en un parricidio, otra hablaba sobre el momento en que unos Elfos perdían un anillo de matrimonio y otra narraba con pasión la parte en que se describía la cacería de una enorme ballena blanca. Lo gracioso es que ninguna de ellas corregía a la otra. Se miraban algo extrañadas y hasta con cierta envidia del nivel interpretativo que las demás habían alcanzado con el mismo libro. Reí un buen rato. De pronto un pensamiento atravesó mi cabeza: gracias a mí, estas viejas van a aprender a leer libros de verdad. Entonces miré el orden inmaculado en las solitarias repisas de literatura clásica, universal y latinoamericana. No recuerdo haber experimentado nunca en mi vida tanta angustia.


ricardoelias

RICARDO ELÍAS (Santiago, 1983). Tuvo la mala idea de estudiar Publicidad cuando su verdadera pasión estaba en la gasfitería y los arreglos varios. Textos suyos han sido publicados en diversas revistas de Chile y el extranjero. En 2012 obtuvo el apoyo del Consejo Nacional del Libro y la Lectura para la creación del libro de relatos Cielo Fosco, editado en 2014 por Librosdementira.

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