Extracciones: Crítico [Cristóbal Gaete]

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JAGGER DELIRA*

*Cuento extraído de Crítico (Garceta Ediciones, 2016).

I

Mick Jagger entrega su último grito en un escenario de Ámsterdam o Tokio. Piensa que no se escuchó, que sólo oyeron las potras negras que lo acompañan desde hace años, pero su preocupación es menor que su entrenamiento. Sonríe, abraza a esos tres hermosos desconocidos con quienes va a todas partes: un tipo cuya sangre ya no es suya, un viejo de terno y otro rocker más. Entra rápido a su camarín, donde desnuda lo espera una joven mujer. Jagger la mira y casi no siente deseo, los cuerpos perfectos en producción industrial no le revisten novedad. Ingresa al baño, toma una pastilla. No hay espejo; en su lugar, está la serigrafía/retrato hecha por Warhol. Viendo fijamente la imagen, pareciera que Jagger podría salir de ella, como un reptil hacia las orillas. Ese cuadro es sólo intensidad, los labios abiertos, la convicción. Ahí Jagger parece hablar, decir a tu oído, dejando un poco de saliva, “ven acá, nena, yo no iré, ven acá, nena, soy tu deseo”. Jagger toma un respiro, se siente como tantos años atrás y ataca a la mujer que recibe lo que sea de la estrella de rock. Los cuerpos varían incesantemente, pero Jagger no descansa hasta satisfacer a sus perfectas fans. Más una inversión para el mito que placer, Mick lo sabe. Nada de fragilidad, hasta quedar absolutamente vacío y dormir unas horas.

En esos intervalos, Jagger sueña con ser un poeta en un puerto gris y un país aún más. Digamos, Rodrigo Lira en Valparaíso, Chile. Temprano habita la ciudad silenciosa de domingo, colmada de envases de cerveza rotos. Se detiene en una plaza vacía, compra pan y lanza migas a las palomas. De lunes a viernes enseña Lenguaje y Comunicación, sugiere leer a los clásicos. Acaricia su barba estilo Abraham Lincoln y después pasa la mano por su pelo y la piel adherida al cráneo. Siente marcas que no puede recordar. Lleva en sus manos un libro, pero no sabe para qué. Las palabras son peces muertos en el océano. Mamá, los electrochoques no dejan pasar la poesía es su frase. Quiere espantarla.

Sube a su bicicleta y avanza por la ciudad, pero pasa por la orilla, sin vincularse con nada. Para en el mercado de frutas, porque en la urbe puerto latinoamericana no se puede andar por las calles sin que te atropellen, es necesario andar por las veredas, pero en la plaza pública eso es imposible. Su paso se estanca, observa a una niña de buzo escolar mirando dentro de un tacho. Su padre intenta rescatar el almuerzo en los desechos de las bodegas, limpia las frutas con un pedazo de diario que recogió un poco antes. El pelo de la niña roza el borde del tacho, ella no se da cuenta, ensimismada. Pero Lira no puede describir eso, el objetivismo no es capaz de dar cuenta de lo que imagina la pequeña: esa cazuela capaz de alimentar a todos los niños hambrientos del puerto que se revuelve con la mano de su padre. Lira no siente. Quizá podría asimilar en un soneto al viejo ya inválido que aparece y desaparece en la cabina de una camioneta, según la atención que le prestas, mimetizado con lo plomizo de las ventanas y la nubosidad. Pero los electrochoques no dejan pasar la poesía.

II

De esos sueños, Jagger pasa a otros. Se ve a sí mismo desde los ojos de Brian Jones, discutiendo acerca de seguir o no tocando covers. Se siente ante un extraño, un enajenado deseoso de fama. Va a la casa de Jones y participa en una fiesta donde la piscina rebalsa de gente bella. Se lanza abrazado con unos amigotes y comienza a tragar agua, se traga toda el agua mientras la gente corre a su alrededor.

Jagger despierta, ahogado. Vomita, pero ya sabe que es el efecto de las pastillas. Después de mirar el techo y su monotonía –una estrella nunca se acostumbra a la monotonía– vuelve a cerrar los ojos. Sueña que atrapa palomas muertas para lanzarlas al público en memoria de Brian Jones, quien es también un pájaro muerto, guitarrista imposible para la mejor y más longeva banda de rock. Despierta, sin ahogarse esta vez, y camina casi arrastrándose, reptilesco, por el lado de sus hoy irreconocibles retratos. Detrás de cada uno se esconde Lira, que le recita a una pared blanca, infinita, total, versos imposibles de la pobreza de la urbe puerto latinoamericana.

III

Las serigrafías de Warhol viajan a las próximas ciudades de la gira más grande(del mundo) de la banda más grande(del mundo). Detrás de ellas se esconde Lira imaginando las mujeres que vendrán a la habitación, tratando de levantar el pene flácido del rockstar. Lira las visualiza estirando sus masturbaciones, retrasando el orgasmo. Se retiran los espejos en las habitaciones, también en los baños impolutos. En las alturas de los rascacielos de las grandes capitales es imposible recibir algún reflejo. Mientras en alguna industria del mundo occidental son escupidas las portadas en papel couché del cuadernillo que acompaña a otro disco doble en vivo de los Rollings, Lira conversa con un compañero de la facultad de la Universidad Desconocida mientras fotocopia sus poemarios. Y mientras Lira fotocopia sus versos, una industria en Amerika imprime ilimitadamente el torso de Jagger enfundado en la bandera del imperio.

IV

Jagger estiliza la historia de la banda. Es el principal biógrafo, crea un discurso que hurga en la memora de los Rollings sólo superficialmente. ¿Podría ser de otra forma? En la mansión de Jagger no existen espejos, de alguna forma es aún un jovenzuelo furioso. Quizá espera asomado por la ventana que aparezca Brian Jones y sus hijos. En un acto a escala, la muerte de Lira se produce en una tina, vinculada con las pastillas, pero también con sus venas abiertas. Es criterioso: no es una mansión, sólo un pequeño departamento; no es después de un recital, es un día gris. Pero por qué no elegir esto: la puerta del pequeño departamento de Lira se abre y son su familia o amigos quienes lo sacan de su bañera con las venas abiertas. En una sala blanca de un hospital blanco cosen sus brazos con una máquina de coser con la que él podría unir sus fotocopias desperdigadas, detener el armaje de otro (antologador, editor) inevitable para el poeta mito, construir, antes de desaparecer, su propia obra.

V

Cuando Lira entra al escenario de ¿Cuánto vale el show?, no lo hace sólo para recitar fragmentos de Shakespeare, no lo hace solo. Detrás suyo entra una banda de rock que empieza con una percusión a interpretar “Simpatía por el diablo”. La parte intelectual del jurado, un escritor fascista, condena ese ruido sin sentido y, en vez de dinero, le regala un vinilo de Wagner. Pero la figura de Lira resulta irresistible para la audiencia, con sus patillas largas y anchas, con lentes grandes y jockey de detective. Propone, como cara visible de su banda, la creación de música que caiga en la temporalidad de la radio –4 minutos y treinta segundos–, algo que genera división en la banda, reticencia del genio guitarrista que prefiere seguir con los covers. Extraña y rápidamente, aquel genio de las cuerdas fallece en una tina rota de cualquier fan, ahogado en su vómito. Los éxitos radiales de la banda, con grandes dosis de erotismo, proyectan la figura de Lira más allá de la música. Protagoniza series nocturnas donde sostiene relaciones con varias mujeres, las engaña, pero satisface. Es habitual que ocupe portadas de revistas en couché, pero declina convertirse en rostro de multitienda. En las publicaciones tratan de vincularlo con rostros femeninos de matinales o programas de baile, pero para ellas su personalidad es sumamente compleja; al final, vuelve solo a su hogar.

Guarda rastros de decencia mientras sus poemas siguen circulando en revistas alternativas y fotocopias. Nadie parece relacionar esa figura exitosa con la de un poeta que denota fragilidad y alteración mental. El clímax de su carrera está vinculado con su definitiva desaparición, después de protagonizar una película para la televisión ambientada en Nueva York. Mientras maneja un convertible a toda velocidad sobre el Puente de Brooklyn va mordiendo palabras, otros poemas inéditos. Retroceden una y otra vez la secuencia antes de que caigan los créditos en una universidad privada: han estado meses tratando de leerle los labios para armar otra publicación que cueste 20 dólares. El mito sostiene que en ese mismo trayecto el auto de Lira se desvió y cayó al vacío. Algunos equívocos lo señalan ardiendo, pero es para homologarlo con la figura de James Dean; Lira ya no era un poeta joven como para arder y dejar un cuerpo calcinado; frisaba los 40 años y padecía una esquizofrenia socialmente declarada.

VI

Lira está sentado en un bar casi vacío. En la barra hay una pareja que conversa quedamente con el barman. La mujer mira algo que Lira no alcanza a ver desde su asiento. Detrás de él hay una oscuridad/soledad que viene de la calle-esquina y muerde el bar y la espalda del ex poeta, quien bebe roncola sin parar. El licor, mezclado con las pastillas, le produce mareos intermitentes, que terminan por volverse continuos e insoportables. Se levanta trastabillando, y deja en la barra unos billetes con la cara de una reconocida poetisa, la Premio Nobel chilena. El barman le habla de dinero, pero Lira ya no es capaz de escuchar. Fuera, en el viento, se acerca a una parada y espera un taxi en el que gastar los billetes de la posteridad girando sin sentido por las calles, divagando en el asiento trasero. Pero está en Valparaíso, Chile. No pasa ningún taxi y los buitres lo rodean. Sube a un colectivo al que debe pagarle más que la tarifa por acercarlo a su casa. Apenas es capaz de sacarse los zapatos antes de dormir. Su celular, el que sólo recibe llamadas de sus padres, probablemente esté aún en el colectivo, en el bolsillo del chofer, que lo reducirá al día siguiente, antes de que Lira despierte.

Perdido en el sueño, Lira se ve rodeado de multitudes que lo agobian, que desean un pedazo de él. El público a veces aparece como groupies de rock hermosas coreando canciones y otras como jóvenes intelectuales ricos cargando miles de fotocopias que leen en voz alta. No sabe qué es peor. Pero cada vez que se ejecuta la necrofilia literaria, Lira abre los ojos en su claustrofóbica tumba. Al mismo tiempo, se escucha un grito con vista al mar en el Siquiátrico de Playa Ancha: un loco, un poeta o un pobre corre a ese horizonte aparentemente dorado del sol sobre el océano y choca con la reja. Las celdas no se atraviesan poéticamente. ¿O sí? Mamá, los electrochoques no dejan pasar la poesía.


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CRISTÓBAL GAETE (1983). Ha publicado las novelas cortas Valpore (Garceta, 2015; reeditada también en Argentina), Paltarrealismo (Cinosargo, 2014) y Motel Ciudad Negra (Hebra, 2014). Por esta última recibió el Premio Municipal de Literatura de Santiago en 2015. Crítico (Garceta Ediciones, 2016) es su último libro.