Extracciones: Charapo [Pablo D. Sheng]

Mi mujer quieta, enredada en las sábanas. Mi hija no dormía. Antes de decirle que lo decidí, quise ver si la niña seguía despierta. Entonces no hablé. La decisión seguía siendo la misma. Mi mujer podía quemar mis cosas, pero yo me iba igual. Me metí en la plaza sin que nadie me viera. La iglesia, frente a mí, y las ganas de devolverme a casa. Por la sed, por el dolor de irme. Mi hija corría. Mi esposa igual. Era plena noche y tuvieron que correr conmigo. El problema era el Perú, la sierra, los sauces como puntos, venirse a Santiago, sobre todo la plata. El único lugar para tranquilizarme era la iglesia. Y estaba cerrada. Tres perros negros deambulaban, olían sus colas. Me imaginé volviendo a Tarata, con regalos. Pero ellas no estarían. Las niñas no cambian a sus padres así como así. Abrí los ojos: la casa de la Luisa no se parece a ninguna de Tarata.

*

Pedí otro trabajo. En el restorán de Charles y Diana. Sabía la dirección y el nombre del local: “El Pejesapo”. Una pizarra escrita con tiza señalaba el menú. Era comida chifa. Hablé con un garzón y me dijo que hablara con la administradora. Ella acomodaba unas mesas. Colocó una silla frente a mí. Estaba de espaldas. Armaba un tomate en su nuca.

—Dígame.
—Ando buscando trabajo, señorita, pega.
—¿Hace cuánto que busca?
—He ido a varias partes. Me ha sido difícil. Pedí en el mall, las tiendas de por acá, los restoranes.
—Tiene que pensar bien las cosas, ¿usted es peruano?
—Sí —le dije. Entró un hombre con una carpeta. Traía cajas de bebidas. Estaba sudado. La administradora sacó un lápiz, firmó una factura y se dio vuelta para continuar.
—¿Sabe lo que tiene que hacer? Tómese una ducha, báñese, anda cochino, hediondo y negro. Sáquese esas pelusas de la cara. Aféitese. Lave esa parka y no sea ridículo. Que su mujer le corte el pelo. Acá tenemos una imagen, atendemos gente.
—No tengo esposa.
—¿Y qué me importa? Hágalo igual. Míreme —sus ojos pintados, las cejas dibujadas y base oscura en su piel—, soy administradora.
—Usted no sabe.

*

Diana se enfermó, de gastritis. Me ofrecí para ayudarle en algo, pero me corrió de su cuarto. El Charles fue a trabajar solo esta vez. Pensé que podrían echarla. Además vinieron dos hombres preguntando por ella. Dije que sí, que vivían acá, pero que hace muchos días que no llegaban. Luisa se asomaba de la cocina. Uno de ellos usaba chaqueta de cuero y tenía el pelo muy corto, casi rapado. El otro tenía el pelo igual pero andaba con un vestón y pantalones de tela. No nos mientas, dijeron. Les dije que me dejaran sus números, por si sabía algo. Entendí todo cuando uno de ellos sacó su placa de carabinero y me dejó el número de la comisaría. Eran policías de civil. Cuando se fueron, pensé que Diana me lo agradecería. Entré a su pieza y me acosté en su cama.

—La tienes dura —dijo mientras miraba mi pantalón.
—Te salvé de esta.
—Sal de la pieza, maricón, te escapas del Perú y ni me defiendes del Charles, la gastritis hará que me echen del restorán y tú te quedes solo con la vieja Luisa.

No entendí a lo que se refería. No nos despedimos. Afuera me encontré a Charles esperando.

—Se te nota a lo lejos el olor a chela.
—No te metas, charapo, anda a ver a tu putita —dijo y se encerró en su pieza.

*

Comía arrollados primavera o wantanes, frituras que llenaran. Caminaba hacia la fábrica. Algunos papeles pegados anunciaban puestos de garzones y de ayudantes de cocina. Preferí buscar al Charles. Le dije la verdad, que no tenía trabajo y que era imposible que me dieran. Estábamos afuera del pasaje y él mismo se puso a enrolar un porro. En Tarata fumábamos marihuana porque se daba, era fácil plantarla. Lo de Charles, según yo, era mierda pero accedí igual. Después de fumar subí a la pieza a dormir. Al otro día fui a buscar trabajo a la carnicería. También compré más porro para devolverle al Charles: no quería ser su causita. Fumamos en la plaza hasta que no sentí mis piernas. Nos devolvimos a la casa para dormir. La cabeza me dolía tanto que costó propagar el sueño. Pensé que si mi hija fumara, si la viera en Lima chupando pichingos por porro, la golpearía hasta que vomitara todo el semen tragado.

Mi estómago no sentía acidez cuando probaba una sopaipilla o me embutía un arrollado primavera. En Tarata me acostumbré al charqui, a combinarlo con queso y pasarlo por mi garganta con chichita de maíz. Comíamos pollo frito, grasiento para resistir las heladas de la sierra.

Pensaba que tendría una casa, para mi mujer y mi hija, y podría chambear acá en Santiago juntando plata. Tener un oficio según mis capacidades. Una huertita en la sierra, próxima a un arroyo que viniera del río. Que tuviéramos un jardín pequeño donde ver un cauce de agua limpia. Que mi hija se entretuviera con un gato, aunque ya tuvo una gata que cobijaba en su vientre una bolsa de gatitos que terminaron muriéndose.

*

En las noches pasaba un camión que metía bulla y sacaba la basura y unas máquinas que lavaban el asfalto. El paisaje de Santiago era limpio, incluso sus parques. Nosotros, los peruanos, echábamos ahí nuevas raíces, poníamos a los hijos en escuelas públicas y recibíamos cédulas de identidad chilenas. Ver a tiuques en los últimos pisos de los edificios dejó de parecerme raro. Tampoco toparme con chunchos posados en el tendido eléctrico.

Como ayudante de carnicero me fui aprendiendo los cortes, a manejar el filo de los cuchillos. En un principio el olor de los pollos me tenía harto. Con la plata que me quedaba, compré suficiente porro para unas dos semanas. Me duró un poco más: uno de los carniceros me invitaba cuando salíamos. Nos sacábamos los delantales sangrados y él ya tenía sus pitos listos. Llegaba adormecido a casa y la Diana se daba cuenta. Según yo, ella nunca había fumado. En mis narices llevaba impregnado el olor a carne. La sangre se olía ácida como bolsas de basura rotas y desparramadas por la calle. El poco de plata que me daban, al menos, servía para comprar comida y tirar algo para el arriendo. Ya no mandaba nada al Perú.

Vacas y pollos destripados, longanizas y chorizos, corazones, panitas. Obligado a limpiar los cuchillos luego de cada compra, a limpiar con un paño las tablas. El espacio, blanco, nosotros limpios pero, cada tarde, al ponerse el sol, volados y riéndonos: yo me reía de mí mismo, por mi futuro en Chile y una vez le lloré al carnicero. Tuve un mal vuelo y di un discurso sobre las mujeres, que ellas son lo peor que existen, unas víboras. Ahora, por culpa de mi hija y mi mujer, yo me alimentaba del olor de la carne y me volaba como idiota. Un escupitajo me habrían lanzado si ellas me vieran allí, fuera de la única carnicería que había por Patronato.

*

Me daban menudencias de pollo a punto de vencer. Acumulé un par de kilos en el refrigerador. Nunca se hicieron y quizá contaminaron los quesos u otras carnes. Pero una tarde, con hambre, preparé unos corazones. Primero los limpié y tiré la sangre por el lavalozas. Después los embadurné con sal. Así les quitaba cualquier infección. Pensaba que lo peor de la carnicería era trozar el vacuno. El desposte comenzaba abriendo sus piernas. Tomaba el cuchillo por el mango, mientras lo colgaba y lo abría por el cuello. Soltaba el brazuelo para no desgarrar el tapapecho. De ahí sentía siempre que el animal se me caía. No controlaba el cansancio de mis brazos al trozar el espinazo. En cambio los corazones de pollo eran fáciles de sacar, también de lavar y de partir en cuatro para la receta. En la olla les puse pimienta y unos ajos. Esto lo mezclé con un chorrito de vinagre y azúcar. Agregué unos restos de tomate. Terminé friéndolos por diez minutos. Había arroz pegoteado en una olla. Lo acompañé con eso.

*

La cocina daba para el pasillo, sin ninguna abertura hacia el pasaje, sino hacia la misma casa. Cocinar dejaba las paredes y los muebles hediondos a grasa y aceite.

Tapé la cañería. Luisa y Charles vinieron apenas los llamé. El Charles metió un sopapo para succionar la mugre. Sacó pedazos de lechuga, de carne, cáscaras de huevo. Fui a conseguirme soda cáustica en el almacén. Con el sopapo sacó más mugre. Mezcló la soda cáustica con agua y la tiró por el conducto. Le gritó a Luisa que cómo le pagaría la gracia ahora. Él no esperaba que fuera como la otra vez, que ni siquiera nos descontó por el entretecho. Mejor arregla las caritas, hijo de perra, dije y le tiré un combo. Lo esquivó. Me tambaleé. De vuelta, me lanzó soda cáustica que alcancé a atajar. Grité. Me caí. No me paré, el ardor me lo impedía. Él fue a buscar a la Diana. Le decían a Luisa que no volverían. Diana me dio un trapo. No lo recibí. Luisa lo empapó en vinagre. Mojé mis manos, mientras el dolor aumentaba en la derecha. Con los brazos me agarré a sus hombros. Luisa casi se cayó pero logré levantarme. Fuimos al almacén para llamar a una ambulancia. Nadie contestó. Me pasó plata para un taxi. Se mezcló el vinagre con la sangre y ensucié el asiento trasero del auto. El taxista no se dio cuenta, sólo se apuró. Apenas entré al policlínico, en la recepción, me pidieron la cédula de identidad. No andaba con ella. Se demoraron en atenderme por eso. Comprobaron que no fuera un delincuente cuando di mi RUT de extranjero.

Gente deshecha, despiertos o durmiendo, igual de atosigados por la espera. La angustia del lugar no se disipaba hasta que vinieran enfermeras o médicos. Conseguí dormir a ratos, el dolor me interrumpía. No supe cuánto tiempo pasó. Una enfermera me despertó y me hizo pasar a una sala con camillas. Me preguntó si sentía resbaladizas las manos. La derecha, le contesté. Se acomodó sus guantes de látex. Me sacó los paños. Las uñas estaban inflamadas, las yemas y la palma sangrando. La desinfectó, después me hizo un vendaje. Tenía que llevar puesto un cabestrillo que colgaba desde el hombro izquierdo al brazo y que lo dejaba horizontal en mi pecho. Dijo que debía estar así por dos meses.

*

Después de tirar la cadena, el agua del wáter sonaba por dos minutos. Paraba un rato pero volvía a sonar, más corto, como si saliera más agua y no se tirara la cadena. No me dejaba concentrar el sueño. Cerré la llave de paso y el wáter se secó.

El carnicero me dijo que no volviera. Como estaba sin contrato, y ahora enfermo, no podía volver al trabajo. Mis posibilidades de ascender allí se desvanecieron por completo. Aunque conservé todo el porro que compré, mis manos me impedían enrolar.

*

Luisa, cuando pillaba algunos pájaros afuera de la casa, se ponía tras la puerta principal, la entrecerraba y se quedaba mirando todo el rato que estuvieran. Con mi mano izquierda, les tiraba miguitas de pan. Luisa, al verme, dijo que no, que sus barrigas revientan, no resisten los carbohidratos. Por eso ella andaba con bolsitas de alpiste. Sus estómagos no estallan ni a las palomas se les infla el cuello ni quedan paralizadas sin saber qué hacer.

Llovió en la noche. Miré hacia el cerro. La virgen incrustada en la punta parecía haber recibido la lluvia con sus blancos brazos abiertos, calma y en oración. La calle estaba limpia y la humedad refrescaba mis pulmones. Una niña me sonrió. La adopté con una risita de vuelta. Quizá se asustó. Caminé hasta Pio Nono. Un aviso publicitario reflejó mi rostro. Una mujer caminaba con los pantalones a mitad de rodilla. Se rascaba su vagina mientras tomaba cerveza. Por mis espaldas, una bandita de pajaritos negros volaba hacia los árboles de arriba.

*

Luisa tenía horarios para sus medicamentos. Empecé a reconocer nombres, cajitas e incluso los milígramos que Luisa debía tomar de dopamina. Las cajitas acumuladas tenían inscritas sus fechas de vencimiento. La más vieja, de hace cinco años. Los horarios podían variar y Luisa los recordaba gracias a los afiches. Nunca necesitó mi ayuda para confeccionarlos.

*

Mi hija tenía un chaleco de suri negro. Se lo ponía para dormir, aunque no supiera que le habíamos enterrado una estaca en su cuello. Lo amarramos a un eucalipto boca abajo para que escurriera su sangre y no manchara el pelaje. Luego lo abrimos. Con su piel, hicimos chalecos, gorritos y bufandas. Armamos fuego y asamos la carne del suri. Sabíamos que no había que matarlo pero la carne del animal es fibrosa. Sus costillas, aliñadas solo con sal, fue lo que más disfruté. Sobró carne y la cocinamos en casa. Mi mujer armó una pachamanca.

*

Aunque cerré la llave de paso, el wáter seguía sonando. Lo soporté una vez pero a la otra no pude. Jugué con la válvula, pero el sonido no se detuvo. Me acosté y sentí humedad en mi espalda. Una cucaracha reventada y en mi ropa un puñado de patitas. Volví al baño para lavarme las manos. Busqué cloro en la cocina. En el bote de basura, en la tapa, montoncitos de masas negras se movían rápido, espantados por mí. Las cucarachas bajaron hasta el fondo del bote. Desparramé basura por la cocina hasta el pasillo y comencé a pisarla. En la vajilla tiré sal por si aparecían babosas. Pensé que las cucarachas eran omnívoras, que la soda cáustica debió matarlas, si vivían en las cañerías y se alimentaban de basura. Luisa salió de su pieza, tiritaba de frío. Me quedó mirando, mientras yo, sólo con la mano izquierda, echaba cloro y arrastraba con una mopa manzanas mordidas, tallarines, carne, huevos, limones y papeles con moco.

*Selección correspondiente a la segunda parte de la novela Charapo (Cuneta, 2016).

 


Pablo D. Sheng.jpg

PABLO D. SHENG (Santiago de Chile, 1995). Ganó la Beca de Creación Literaria del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, año 2015. Aparece antologado en Halo: 19 poetas nacidos en los noventa (J. C. Sáez, 2014). Charapo (Cuneta, 2016) es su primera novela.