Guorquinprogres: Fragmento de bares [Ricardo Elías]

Recuerdo que tomé asiento en una mesita del rincón. Elegí esa pequeña cantina porque fue la primera que vi al cruzar el paseo yugoslavo. En Valparaíso, cantinas como esa hay miles, pero en ese momento quise que no hubiera otra igual en ninguna otra parte del mundo. Los que declamaban eran poetas jóvenes. Lo hacían por un vaso de vino tinto cuando mucho y si no había vino declamaban igual. Se hacían de rogar un poco, eso sí, luego declamaban. Por lo general venían ebrios ya de otra parte. Algunas frases con tufillo a Vicente Huidobro, Pablo de Rokha o Nicanor Parra siempre se oían. Mucho Enrique Lihn, poco de Mistral, algo de Teillier, nada de Neruda. El último poeta llamó mi atención de manera relámpago. Sus dos primeros versos me perforaron la psiquis y lograron hacerme volver de un estado catatónico. Ni siquiera recuerdo lo que decían. Al terminar, la gente se amontonó al centro. Intenté acercarme al autor. Quería tener el poema, leerlo otra vez, esconderlo en el bolsillo, robárselo. Pero no lo vi más. Le pregunté a la chica que limpiaba el mesón si lo conocía, recuerdo que su trapo olía a cigarrillo, vino agrio y detergente rasca. Solano San Martín –me dijo-, de repente viene y lee sus textos. Hace meses que no se le veía. Esa fue toda la información que pude recopilar.

Pasaron algunos años, varios años. Una noche asistí a un recital de poesía que se estaba llevando a cabo en un barcito de Buenos Aires. Me senté en una mesa al rincón, cerca de la salida, por si hubiera que salir corriendo de un momento a otro (esto lo había aprendido más con los encuentros poéticos que con simulacros de sismo). Pasaron los poetas uno por uno y un verso me remeció tal como había ocurrido años antes en esa cantina piojenta y oscura de Valpo. Me puse de pie como si hubiera sufrido una descarga eléctrica. El poeta se retiró silenciosamente por un costado del proscenio. Intenté seguirlo pero titubeé unos segundos. Quizás no debía hacerlo. Quizás de eso se trata, de que los años pasen y los mismos versos vuelvan a clavársenos como flechas lejos del lugar donde los escuchamos por primera vez. Una chica cargando una bandeja llena de botellas de cerveza se cruzó en mi camino, me detuvo. No voy a empujarla y desparramar las cervezas por todas partes, pensé, no estoy en una película gringa. En el intertanto, el poeta salió a la calle y desapareció.

Dos años más tarde, durante un viaje a España, asisto a un encuentro de poetas en un bar de Alcobendas. La mesa en la esquina junto a la puerta está ocupada. No importa, pienso, me arriesgo, me siento un poco más adelante. Pido sangría. La pruebo, no está buena. Los poetas suben al escenario. No recitan, ladran. Me tomo la cabeza. Maldigo el hecho de no haber llegado antes, para tomar la mesa del rincón junto a la puerta. Ahora estaría corriendo calle abajo. Pero en ese momento soy testigo de un acontecimiento milagroso: un poeta comienza a leer. Tres, cuatro mesas más atrás un muchacho salta de su asiento como tocado por un rayo. El poeta baja del escenario, se aleja por uno de los costados de la sala. El muchacho corre tras él. Una chica con una bandeja llena de copas se atraviesa en su camino. Las copas vuelan. El tipo sale del bar y a través del vidrio capto lo que ocurre: logra interceptar al poeta justo cuando toma el colectivo. Le arrebata la hoja y se echa a correr. Regreso a mi asiento. Tomo otro sorbo de sangría. Ahora sabe dulce.


ricardoelias

RICARDO ELÍAS (Santiago, 1983). Tuvo la mala idea de estudiar Publicidad cuando su verdadera pasión estaba en la gasfitería y los arreglos varios. Textos suyos han sido publicados en diversas revistas de Chile y el extranjero. En 2012 obtuvo el apoyo del Consejo Nacional del Libro y la Lectura para la creación del libro de relatos Cielo Fosco, editado en 2014 por Librosdementira.

LEE MÁS ENTRADAS DEL AUTOR AQUÍ