Crónica: Palomas [Felipe Reyes]

“Que divertidas son estas palomas que se burlan de todo,
a ver si alguna vez nos agrupamos realmente todos
y nos ponemos firmes como gallinas que defienden sus pollos”

Nicanor Parra, Oda a unas Palomas

Me pregunto qué sentirá el Papa cada vez que se asoma al balcón de su residencia y ve la plaza San Pedro cagada por cientos de palomas. ¿Habrá pensado acabar alguna vez con la complicidad eclesiástica y eliminar a ese plumífero cagón? Pero no es tan simple. Habría que acabar también con las simbologías: no más blanco emblema de la paz ni representación del espíritu santo, ni la feliz mensajera entregándole a Noé la ramita de olivo para avisarle el fin del diluvio. No, no se puede.

Aunque la porfía de las palomas por ganarse la antipatía de la gente no se limita solo a la capital del catolicismo, ellas están en todas las urbes del mundo. A esta plaga de plumíferos les importa un moco la belleza de las ciudades, cagan todo, y a todos. A ellas solo les interesa comer lo que los turistas ñoños reparten para la foto. Solo en Italia el estado gasta anualmente quince millones de euros en detergentes y quitamanchas. La caca de paloma es ácida y va deteriorando día a día los monumentos históricos de las metrópolis.

Ojo, la próxima vez que una paloma cague en su cabeza, lávese de inmediato, o sea candidato seguro a la calvicie.

Para sus declarados enemigos, el problema es la superpoblación de estos pajarracos, eso, sumado a sus malos hábitos de aseo. Según los expertos en el tema, estos plumíferos construyen sus nidos con cualquier material o desecho, incluso con cadáveres de otras palomas. La vida que encuentran en las grandes ciudades –buenos escondites, abundancia de alimento, ausencia de depredadores y una temperatura más alta que en el campo– permite que una paloma se reproduzca tranquilamente hasta ocho veces al año, casi como los conejos. El principal argumento que enarbolan los detractores de la paloma es que éstas transmiten más de sesenta enfermedades, entre hongos, virus y bacterias, sin contar las garrapatas, que de vez en cuando deciden dejar su hostería de plumas para pasarse al homo sapiens urbanus. Sin embargo, los veterinarios aseguran que la probabilidad de contagio es mínima. Pero a los enemigos de la paloma les importa un bledo la ciencia, la consigna es una: eliminarlas.

Sus enemigos están en todas partes. En La Paloma, el alemán Patrick Süskind relata la historia de uno de estos pajarracos que se instala con camas y petacas en el edificio del personaje, Jonathan Noel, y transforma su vida en una pesadilla digna del mejor Hitchcock. Uno de los personajes del cuento La Señorita Cora (Todos Los Fuegos El Fuego), de Julio Cortázar, se queja de las bulliciosas y hediondas palomas que anidan en las cornisas del patio del hospital en que se encuentra internado. En su agonía, y totalmente delirante, le dice a la enfermera Cora: “Son las palomas, vas a ver, mamá, ya están arrullando como todas las mañanas, no sé por qué no las echan, que se vuelen a otro árbol”. Y Neruda las ignoró completamente dejándolas fuera de su Libro de Pájaros. Ni siquiera una línea para estos plumíferos. En cambio, Nicanor Parra, tal vez para llevar la contra, se ocupa de ellas en Poemas & Antipoemas (Oda a unas Palomas).

En la ultraversionada Cucurrucucú Paloma, del mexicano Tomás Méndez, un amante despechado se reencarna en un triste ejemplar que cada mañana mortifica al vecindario con su desgarrador lloriqueo. Al final parece que los vecinos, hartos de su llanto, la espantan a peñascazo limpio. Sin rodeos, el inagotable Frank Zappa, en su disco The Yellow Shark, incluyó el tema “Palomas de Mierda”. Por estos lares, Víctor Jara fue más amable y le dio un toque de poesía a estos despreciados plumíferos. Víctor cantaba: “Paloma quiero contarte que estoy solo, que te quiero…”, y en los oscuros ochenta, la vilipendiada banda de los hermanos Labra, Sol y Lluvia, seguían su ejemplo en clave de metáfora: “Si mi paloma no quiere alzar su vuelo, lloraré, llorarás, lloraremos…”. Y la lista suma y sigue.

A estas alturas, la paloma de ciudad sabe que no es considerada comestible y se mueven como Pedro por su casa. Caminan a sus anchas entre los hombres, permiten que se le acerquen y hasta comen de su mano. Las muy patudas ya ni siquiera vuelan. Uno se les acerca y ellas sólo dan unos pasitos para alejarse. Y si uno insiste, baten las alas para alejarse solo unos metros, pero es más un salto que un vuelo corto. Un simulacro. Las palomas han desarrollado una mentalidad aristocrática: desprecian las zonas rurales y los barrios periféricos, y creen que ganarse la vida significa pasearse por las plazas a esperar que los demás las alimenten. Al igual que los respingados miembros de la realeza contemporánea, son inútiles, caras y ya ni siquiera sirven de atracción turística.

La verdad es que me importan una mierda las palomas o que sean piojentas o que su caca sea corrosiva, para qué tanto alboroto… He llegado a esta profunda reflexión mientras disfruto de unos esquivos rayos de sol sentado en un escaño del Parque Forestal. Mi vecino de asiento, un barbudo anciano vagabundo, me ha distraído de la lectura, lo observo cómo disfruta alimentando a unas cuantas palomas que se han acercado hasta nosotros. Él se ve feliz, me parece que las palomas también. Creo que hasta les habla, lo escucho murmurar palabras que no logro entender y me parece que, después de esta tierna escena, estos despreciados plumíferos quizá no son tan malos.

 


felipereyesFELIPE REYES FLORES (Santiago, 1977) Es autor del libro Nascimento, el editor de los chilenos (Ventana Abierta, 2014, premio Escrituras de la Memoria otorgado por el CNCA); y de las novelas Migrante (Ventana Abierta, 2015) y Corte (La Calabaza del Diablo, 2015).

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