Extracciones: Manual de Jardinería [José Ioskyn]

*Capítulos seleccionados de Manual de Jardinería (Barnacle, 2016)

2

Una tarde Julieta me contó lo que había escuchado en una reunión de amigas, no recuerdo si eran las profesoras del colegio secundario en el que había trabajado o compañeras del gimnasio. Sabía cuándo iba a decir una maldad porque achinaba los ojos y torcía el borde del labio superior hacia arriba. Mientras hacía su escena luchaba con un sobrecito de edulcorante que se resistía a abrirse: lo insultaba, bufaba, pero el sobre no se rompía. Terminó haciendo un bollo y lo dejó a un costado. Luego tomó otro sobre: solución estilo nudo gordiano, típica de Julieta, tirar y agarrar otra cosa. Continuó con el relato. En esa reunión una de sus amigas había comentado como al pasar que lo que más la había excitado en su vida fue cuando el hombre con el cual estaba teniendo sexo le preguntó su nombre. Lo había conocido minutos antes en la calle. Ser un cuerpo la excitaba.

¿Así que las mujeres hablaban de esas cosas con liviandad? ¿De sus cuerpos, del placer, de fantasías?

La misma mujer había hablado luego de unas flores, las buganvillas, que para ella sólo tenían existencia literaria, ya que no las conocía.

—¿Qué tiene que ver el sexo con extraños con el nombre de una planta? ¿Hay una conexión neurólogica?

Julieta se rió, esas conexiones existen, solamente es cuestión de dejarlas fluir, yo no sintonizaba con ellas porque estaba demasiado pendiente en negarlas. Ese tema, mi negación de la vida, la hacía reír, y ella me ridiculizaba. A mí me parecía bien cultivar un estilo de rechazo al placer, era parte de lo que había aprendido como sentido común. Una tradición de muchos años, más de cinco mil, me avalaba en sostener la sensatez a cualquier precio.

Estábamos a principios del año lectivo, y tanto Julieta como yo teníamos ansiedad por hablar, después de un tiempo sin vernos. Nos contábamos todo, o mucho. Siempre me sorprendía con su bizarrería sexual, sus depresiones, sus amantes salidos de una galería de pin-tura surrealista. Me resultaba interesante, yo estaba siempre quieto y ella era una nómade sexual. Nuestra amistad se mantendría por siempre, un poco desigual, como lo que sucede entre un libro y el lector fascinado con lo que lee. Yo era su confidente, el tipo de amigo que escucha todo y se mantiene en silencio, sin algo trascendente para contar. No criticaba ni juzgaba. Admiraba su valentía, que ahora veo como un atrevi-miento desesperado. En sus relatos aparecían todo tipo de situaciones y personajes: hombres gordos, con bigote, empleados, profesionales, callejeros, rengos, vendedores ambulantes, hombres con manos grandes o la cara roja de alcohol. Su apasionamiento por el sexo era tan intenso que a veces parecía una performance artística. Tenía el hartazgo y el profesionalismo de una actriz porno.

A simple vista Julieta no parecía demasiado apta para el sexo. Era tremendamente grandota, y por contraste su voz era infantil a pesar de ser una mujerona inmensa. Era inabarcable. Evocaba la imagen de un elefantito con su cuerpo descomunal. Pero los hombres morían por ella. Algunos hombres. Con orgullo, me contó que un tipo bastante mayor había viajado desde Córdoba para conocerla. La había contactado en una red social, vio sus fotos, leyó su presentación, y le pidió que lo penetre con un arnés. Antes de despedirse quiso pagarle. Julieta vaciló, finalmente aceptó.

Por algún motivo las preocupaciones y actividades de la gente con la que trataba rondaba lo sexual; parecía que últimamente el sexo había venido a reemplazar a la cocaína, la que a su vez ocupaba el lugar del alcohol y la marihuana de hacía una década. Antes había estado la revolución sexual de los años sesenta y setenta, y la psicodelia química. En aquel momento todo era más naif, ahora se trataba de desencanto y narcisismo, no había ninguna liberación en juego. Son ciclos. Ahora era de nuevo la sexualidad. Todos corrían de un lado a otro, impulsados por la moda. Yo era más animalito doméstico.

7

También por aburrimiento planeamos unas mini vacaciones en semana santa. Guillermo estaba en una perforación hacía unos meses. Ellos tenían una casa en la costa, con un deck de madera que daba al mar, a unos cincuenta metros de la playa. Era un lugar un poco fantasmagórico, por lo desolado de esa época del año, y porque en el fondo el pueblo no era más que un montón de pedregullo en donde habían construido casas con mucho diseño. El gusto o el mal gusto lo aportaba el dinero.

La primera noche después de cenar nos recostamos en las reposeras sobre el deck. Respiramos el aire Salitroso, estábamos cerca de la playa y se escuchaban las olas cayendo en la arena. Era un sonido sistemático de algo que venía hacia nosotros pero no llegaba nunca. Para ir hasta la playa había que cruzar un médano gigante. Mirábamos esa masa de arena oscura y las madejas de sombra de los arbustos.

La primera noche no pude dormir bien. El aire del mar es relajante, aunque en las primeras horas el sueño puede rebelarse. Hay que tener cuidado con el oxígeno en cantidades cuando los pulmones están oxidados, el cuerpo se aviva como si recibiera una llamarada. De todos modos era plácido estar ahí, Julieta se quedó dormida en el sillón del deck y yo me saqué las pulgas de las piernas hasta que el cansancio no me dejó moverme. Fui hasta mi cuarto, saqué mis libros, algunos apuntes y traté de dormir. Al rato escuché ruidos de cacharros en la cocina, mi amiga se preparaba una segunda cena. Me levanté y fui a hacerle compañía. La miré devorar dos huevos fritos. Era tan asquerosamente expresiva que me hizo olvidar de la proximidad del mar. Traté de escuchar los sonidos de la noche, pero mi paz mental se rompía muy fácilmente.

En los días que siguieron la arena reseca me hacía pensar en el norte árido de África, aunque no había estado nunca. Pero sería así, indudablemente. Sabía cuando había viento porque el rulo de las olas encrespaba de bordes blancos la superficie gris verdosa. Cuando el viento amainaba el agua era una lámina de plomo y se veían unas manchas anaranjadas que eran barcos que estaban muy lejos.

En otoño no había bañistas ni turistas, a veces yo sentía la necesidad de decir algo mientras paseábamos en silencio mientras Julieta estaba concentrada, no tenía casi nada para decir. Nos sentábamos en la bajada del médano, frente al mar. A ella no le gustaba la playa, le secaba la piel.

Casi al mismo tiempo que habían comprado la casa de la playa, Julieta había empezado a hablar de adoptar. El tema les llevó casi todo un año de discusiones, de llantos y de recriminaciones cruzadas. En esa época traté de verlos lo menos posible ya que en cualquier momento empezaba la locura y los gritos. Se culpaban mutuamente, las escenas eran furiosas.

Una mañana fuimos a mirar el mar desde lo alto de un médano en el extremo del pueblo, donde terminaba el bosque marítimo. La cima arbolada de los médanos era el límite de la intención del hombre, después venía el pedregullo, la arena, el agua: lo no humano. La franja verdosa de bosque avanzaba hasta la playa. Una ilusión perceptiva hacía que la vegetación avanzara y retrocediera, yendo y viniendo, mientras el mar permanecía quieto. Su quietud hacía que todo lo demás se moviera, incluso el sol, las estrellas y la vida humana, tan liviana y siempre a punto de desaparecer.

Un grupito de chicos gritando y haciendo ruido me sacó de mis reflexiones. Buscaban piedras y caracoles y las tiraban al mar. Hacían un sonido profundo cuando caían y se hundían en el agua, un plop.

Las piedras y caparazones rotos se hundían y navegaban despacio hasta el fondo del mar.

Pensaba en eso, lo imaginaba.

Esa parte de la playa quedó vacía de piedras. El mar se había tragado lo que había expulsado antes, y ahora dormía con el ruido de olas.

23

El juego verdadero es el de la continuidad a través del amor. Es un misterio que requiere de bendiciones y rituales de inicio, de sacerdotes, de flores debajo de un altar, de música de órgano, de chicos que hacen ruido mientras los mayores tosen y se arreglan la ropa. Los que acceden, en un ímpetu que proviene de no se sabe dónde, ingresan a un mundo en donde los amores son arropados para siempre. En ese lugar las flores permanecen siempre iguales a sí mismas, inalteradas. Nunca lo había visto, pero seguramente todo eso existía para los que confían, aquellos a los que nunca les va a pasar nada, salvo el cáncer o la diabetes, pero no la soledad, la angustia de estar solo mientras se busca la mejor posición en la cama.


ioskyn_fotorJOSÉ IOSKYN (La Plata, 1962) Escritor y psicoanalista. Ha publicado los libros El mundo después (nouvelle- Paradiso), Literatura y vacío (ensayo- Letra Viva), Nunca vi el mar ( poesía-Huesos de Jibia) y Acerca de un imperio (poesía- Del Dock). Dio talleres de clínica psicoanalítica. Publica habitualmente artículos en revistas y blogs nacionales, latinoamericanos y españoles.La novela Manual de Jardinería (Barnacle) es su quinto libro.