Tinder Tales #5

alejo

ALEJO, 35

Entonces me empieza a contar que tenía este amigo extremadamente sensible a los olores con quien había compartido un departamento durante un tiempo y que toda la experiencia había sido nefasta. Por más que trató de entender cómo una persona podía ser tan jodida con algo así, lo único que pudo sacar en limpio fue que sus padres lo habían educado en torno a una higiene fantasiosa y, en definitiva, imposible. El weón tenía la manía de mantener todo perfumado y neutralizado pues cualquier aroma fuerte lo descolocaba, tanto así, que incluso era incapaz de tener relaciones sexuales si es que primero no se bañaba a sí mismo y a su pareja.

—¡Me estay weando! Imagino entonces que no ligaba muy a menudo.

—Yo le dije lo mismo, pero al parecer era súper encantador y, por supuesto, tenía un modus operandi: engatusaba a sus amantes ocasionales con un baño de burbujas y aceites aromáticos y remataba con un masaje, creaba el setting perfecto para follar. Al principio todo iba bien, pero luego de 2 o 3 veces, toda esa parafernalia se ponía sospechosa y -eventualmente- se daban cuenta que todo el procedimiento no era una cosa de seducción o romance, si no una jodida obsesión; y hasta ahí llegaba el amorío. Él, acostumbrado al fracaso, se le pasaba rápido la pena y repetía el proceso.

—Mmm, me recuerda un poco a la amiga médica de la Paula.

—¿Por qué? Me acuerdo que saliste con ella un par de veces, pero nunca me quisiste contar nada de qué había pasado ahí.

—¡Qué vergüenza!… pero bueno, ya ha pasado algo de tiempo y al menos te puedo dar la versión corta: a mí me encantaba la loca, me cayó bien al toque y la encontraba exquisita pero tenía todo esta fascinación con el spit play y una por dárselas de weona liberal y descartuchizada, le seguía el juego y trataba de emocionarme con todo lo que me pedía; estaba bien un par de veces para probar, añadir algo nuevo, pero luego ya me daba asco po, no es lo mío, no me calienta la wea, así que le dije chao nomás pero ella parecía entenderlo perfectamente, como dices tú, estaba acostumbrada.

—Pero no es exactamente lo mismo, son dos formas distintas de estar acostumbrado. Uno tiene un problema con el que no sabía cómo lidiar, la otra solo un fetichismo incidental al follón; en este tipo de cosas eventualmente se junta el hambre con las ganas de comer.

—Asquerosa imagen mientras hablamos de escupos, amiga.

—Yaaa, no seai pava, es que no es lo mismo, además que no terminé de contarte toda la historia del amigo este. Él no quiso hacerse cargo de su tema y hasta cierto punto, todo siguió igual hasta que se enamoró, ahí sí que se fue todo a la chucha. Consciente de que tenía superar su tranca, intentó (¡intentaron!) mil cosas distintas: hipnósis, psicoterapia, fragancias genitales, tapones- pero al final esto se convirtió en un asunto irremediable y terminaron.

—Fragancias genitales, wow, es una historia muy triste.

—Al final no pudo seguir compartiendo el departamento porque la convivencia se fue malogrando. Una noche habría llegado tarde y el piso del departamento estaba todo mojado, siguió el rastro hasta el baño y pilló al loco en la tina con el agua caliente prendida, borracho y en pelotas sollozando: “no puedo, todo es demasiado nasal en el sexo”.

—Mmmm.

—…

—Sácame de una duda ¿y por qué te contó todo esto?

—Ah, es que me dijo que olía muy fuerte y que de alguna manera se acordó de él, se reía diciendo que este tipo me habría odiado si nos hubiésemos conocido.

—Es raro tu jefe.

—Sí, es algo… especial. A veces no sé cómo interpretar estos comentarios, así que le pregunto, pero sale con cosas más incomprensibles. Le dije que no sabía si sentirme ofendida o halagada y me respondió que después de que hacemos el amor, dejaba toda su casa impregnada con mi olor. Que lo que más le llamaba la atención es cómo rechazamos ciertos aromas “intensos” arrugando la cara o tapándonos la nariz, pero que esos olores debiesen recordarnos que tenemos un cuerpo que no controlamos, un cuerpo programado que no entendemos del todo y que en realidad esos olores, al provocarnos esas reacciones, deberían hacernos sentir más vivos, más despiertos.

—Se dio color.

—Sí, y para terminar se mandó esta perla: “tu olor me hace sentir vivo, si eso es un halago o una ofensa ahí ve tú”.

—A ver, a ver. Tu jefe, al que te estay culiando ocasionalmente desde el mismísimo día que te salió match, ¿te dice “después de hacer el amor” y “tu olor me hace sentir vivo?”.

—Así habla él.

—¿Y sabe que vives con tu pololo?

—Claro, incluso me dijo que si yo hubiese estado soltera, jamás habría salido conmigo.

—Uff, cuático el jefe. No entiendo nada entonces.

—Yo tampoco, amiga, ya no entiendo nada… era eso lo que te quería contar.

 

CAYO CAECTUS (1984). Nadie lee las bios. Catrileo y La Calaquita Ediciones.