Bootlegs #1 – Cerati

 *Un bootleg es una edición no autorizada, pudiendo tratarse tanto de música como de libros, videojuegos, series de televisión o películas.

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A todos los que fueron
los mejores que existieron
quien dejó el sonido
no les puedo pedir más.
Guiso

Honestidad brutal
Andrés Calamaro

No me acuerdo, pero no es cierto. Y si es cierto, no me acuerdo.
Augusto Pinochet ft. Los Tres

 

EN REMOLINOS

a Jaime Henríquez

Piensa en cada flor como una penetración, recuerdo que me dijo Nicanor. Estábamos en su primer departamento durante nuestro comienzo universitario. Como el cliché lo ameritaba, no había más dinero que para cocinar con huevo, los tallarines más baratos que hubiera para comprar en el supermercado; además de unas cervezas en botella plástica. Era un fin de semestre oscuro, tal vez estábamos celebrando que todavía seguíamos invictos en nuestras respectivas carreras; y no sé, tal vez llegaría otra gente más tarde. De lo que sí estoy seguro es que fue en primero, porque mi racha posterior fue tan nefasta que tuve que cambiarme hasta de institución.

Una flor… otra flor, no me decía mucho más que un Cerati (que en ese momento creí solista) digno de respetar por su buen gusto e inteligente uso de las reminiscencias de lo mejor del shoegaze noventero. Aunque debo asumir que hasta no hace mucho, me di cuenta que efectivamente eran Charly, Zeta y Gustavo en plena etapa Dynamo, por lo que esas reminiscencias eran en realidad sensibilidad de época.

Sin embargo, ante la situación que me llevó a resolver aquel pequeño enigma vía Google, tampoco demostré mucho a quien me lo hacía escuchar. Creo que venía llegando de Finlandia a la titulación de mi polola, a pesar de que en ese momento mi relación con Cerati era otra; todavía estaba en coma y se abrigaba la posibilidad de que despertara, lo que daba un escenario de esperanza no siendo tan doloroso escucharlo. La lejanía y soledad aumentada por el frío y el paralelo en que me ubiqué por meses, me hicieron volver a ciertos discos como quien recae con una antigua novia o lo hace nuevamente en las drogas: a veces es necesario, a veces es doloroso, pero nunca quedas incólume; y considerando los tiempos muertos que te otorgan los viajes, una amplia batería de canciones fue rotando por mis oídos con la nostalgia que entrega la distancia de un tiempo tan remoto como ahora pudieran ser los noventa y algunos de los discos que nos dejó, como Amor Amarillo o el Bocanada; o la brutal adolescencia con el Ahí Vamos y sus frases forjadoras de carácter como ‘Poder decir adiós, es crecer’. Pero en este repaso completo por su discografía solista, seguía sin encontrar las flores de las que alguna vez me habló Nicanor, hasta después del momento en el que el padre de mi novia nos llevaba en su auto con la soberbia de un erudito arriba de la pelota. La canción empezó a sonar mientras íbamos a toda velocidad a la fiesta de recepción a las afueras de la ciudad. La competencia entre nosotros todavía era tácita; aunque a decir verdad, uno no puede sentirse ganador de los duelos que no acepta. Creo que ahí radica su molestia permanente conmigo al obligarlo a salir segundo por correr solo; aunque no faltaron las treguas gracias a gestos mutuos de humanidad, las que no interesan tanto como los inicios de esas batallas que tomaban las veces de cátedra impuesta, por medio del sistema de reproducción aleatoria del Mitsubishi aquel con alerón. Mi reacción tipo era de indiferencia y desprecio como quien habla con un compañero de curso luego de años sin verse y se percata que aún sigue pegado en sus gustos y conductas adolescentes, como más tarde me lo echaría en cara Nicanor. Y cómo no, si ahora que lo pienso, recuerdo perfectamente haber escuchado la voz de Cerati cantar La ciudad de la furia en el modelo anterior de ese mismo auto años atrás; aunque en esa oportunidad estaba –evidentemente– nervioso por ser la primera vez ante una situación que tantas veces viviría después. Fue la fiesta de graduación de mi novia y mía, por añadidura. Recuerdo que trancé el terminar en el patio trasero de alguno de mis compañeros tocando temas de fogata (entre los que se encuentran varios ‘clásicos’ Soda al mismo nivel de Lamento Boliviano) con una guitarra prestada, mientras los demás, agarraban curados o volados. Sí, me había negado a ejercer la única forma de socialización que desarrollé durante toda mi estancia en aquel colegio particular de provincia donde conocí a Nicanor.

Llegar allá, me significó un viaje al playlist de diez años antes, cuando la Rock/Pop no tocaba Justin Bieber, la FM Hit aún no programaba reggeaton ni menos, era absorbida por los 40 Principales; y la Carolina era la mejor radio para grabar en cassette los singles del momento porque no te tiraban las típicas cortinas en medio de las canciones. Eran tiempos donde mi suerte de doble vida a causa de que mi padre fuera periodista musical, no solo me mantenía actualizado con lo último en materia de música; sino que además, me tuvo girando entre el circuito del underground y los conciertos masivos, atesorando sus boletas y entradas en un álbum, por medio del cual podía jactarme de haber visto a muchos estandartes, menos a Soda.

Hace poco Nicanor me confesó ‘en volá de cervezas’, que a pesar de mi soberbia y altanería capitalina, me agradecía que lo hubiera sacado de la burbuja que significaba tener a Pearl Jam como último hito; significando, por supuesto, que Soda estaba en el escalafón anterior. Aunque no sé qué tanto en realidad, considerando que ese momento coincidió con la reunión de la banda y que medio colegio fue. Comparándola con la vuelta de Los Prisioneros que sí me fue significativa, no creí que sólo se juntaran a llenar los estadios más grandes de los países incluidos en su gira, lo que fue un golpe bajo a mi ego de coleccionista, porque a medida que el tiempo fue pasando, me percaté que nunca los iba a ver. Y esto es más doloroso, si se hace hincapié en mis dos ‘casi’. La primera fue para la gira del Sueño Stereo. Estábamos con mi papá y mi tío a las afueras del Caupolicán (en ese tiempo, Monumental) mascando la frustración de que el concierto estuviera sobrevendido. Para la mente de un niño de cinco años es muy difícil entender eso, sobre todo si tienes tu entrada (la que para la historia oficial, significa –por supuesto– que fui y que tuve el privilegio de ver a los Soda cuando todavía eran banda por amor a la música y no al dinero, como lo fue la gira de reunión); y aún me sigue siendo difícil de entender que una banda tan masiva como ellos, actuaran en un lugar tan chico. El “no” fue rotundo y creo que, para sobrellevar aquella frustración de no solo no tener concierto sino que también de volvernos caminando, mi papá nos llevó a la Pizza Hut arriba del Petersen, justo en la esquina de Mac’Iver con Huérfanos. Creo que la comida chatarra es el mejor bálsamo de un padre separado para con sus hijos, pero en ese momento, mis hermanos no estaban tan crecidos: aún no éramos la prole tragatraga que iba de mall en mall cada fin de semana. Creo que tan significativo me fue aquel episodio de comer pizza a las doce de la noche ante el espectáculo de un Santiago fome y todavía dormido en los albores de la postdictadura, que el único recuerdo anterior que tengo de algo parecido, es el de cuando se me infectó el dedo después del jardín: por tener las uñas demasiado cortas, se me metió plasticina. Posterior al pinchazo de penicilina, lo que me viene, es estar en un McDonald’s comiéndome una Cajita Feliz; igual a las que habían llegado ese año a Calama junto conmigo y que eran la gran novedad en aquella tierra de sol, de cobre y de las tres P; por lo que me hacía menospreciar a la gran mayoría de mis compañeros a pesar de la plata y el poder del cual eran herederos; no solo no tenían mundo, sino que transformaban en hitos, hechos banales como la llegada de cualquier tienda comercial a la ciudad. Aunque el concierto de reunión fue un hito nacional en realidad, no podía dejar de darme rabia que diez años antes, para el despedida, mi mamá le hiciera un escándalo de aquellos a mi papá obligándole a dejarme vestido y con las ganas.

Creo que Nicanor no fue ni a ese, ni a las opciones posteriores que hubo con Cerati solista. Ya para ese tiempo, creo no nos hablábamos. Parece que la última vez que nos habíamos visto, fue cuando cambió los tallarines con huevo y cerveza barata por un bar con consumo mínimo no accesible para un becado; le estaba yendo mejor, lo que no le permitió ver en el hoyo que muchos estábamos cayendo. De eso, sobrevinieron malos entendidos, indirectas, discusiones y –definitivamente– peleas, sobre todo por mi tendencia a quedarme en el pasado y a los malos sentimientos que trae rumiar aquello. Aunque igual, ambos supimos de nuestras vidas gracias al Facebook y a los amigos comunes (también en Facebook), transformando desde mi parte aquel pasado en resentimiento por no hacer con su inteligencia y talento algo más noble que administrar miseria humana; y desde la suya, tal vez, la denostación por mi parada de mártir burgués en una carrera tan mal mirada como pagada. Aunque lo del mito del profesor pobre pobre, nunca he podido comprobarlo porque siempre hay pega: que una clase particular, que una asesoría, que algún pituto haciendo material o solicitud de ayudantía como la que me encontraba haciendo aquel 4 de septiembre del 2014. No sé por qué me había quedado hasta tan tarde la noche anterior, por lo que desperté raudamente y me fui a la universidad sin revisar internet ni nada. Ya había sucedido antes de que empezara el bloque, y mientras arreaba a los alumnos a la sala, algunos me lo comentaron. Me dejó helado, y creo que me desbarajustó todo, incluso los nervios que significaban la primera clase de ayudantía universitaria. No me arrepiento en considerar como lo más espontáneo para ese momento, mencionar brevemente el hecho, haciendo una pequeña relación con la materia y diciéndoles con cierto ritmo ‘Gracias por venir’. Pero durante clases estuve desconcentrado; si bien había silenciado mi celular, la vibración y la luz seguían activas. Llamaron varias veces, por lo que el movimiento, el sonido y las luces -por muy boca abajo que estuviera el teléfono- más de alguna vez captaron la atención de mis alumnos, sobre todo cuando estuvo a punto de caerse desde mi escritorio. Nerviosamente pedí disculpas por no haberlo apagado antes y lo hice. A la salida, me percaté que el mismo número desconocido me había llamado de manera insistente, que había dejado un mensaje que voz que no podía escuchar por mi saldo insuficiente de ese momento y que, además, había mandado un mensaje corto pero preciso: ‘Maternidad. Clínica Las Condes’.

Partí sin saber de quién se trataba, y decidí que cargaría en el camino, cómo no iba aparecer algo… Llegué a la clínica sin haber podido cargar, y en recepción me indicaron dónde debía ir. Saliendo del ascensor vi a Nicanor que justo me miró, estaba acompañado de mucha gente que no reconocí, salvo sus padres. Emocionado me dijo “perro, perrito…”.

Ahora él era quien me daba las gracias por venir.





matias-fuentes-aguirreMATÍAS FUENTES AGUIRRE (Santiago, 1990). Editor de Jámpster.cl y parte de La Liga de la Justicia Ediciones.