Adelanto: La destrucción de Santiago [Andrés Olave]

LOS SEFIROTS*

Desde lejos, a casi una cuadra de distancia, la divisa, la identifica. Es una chica delgada, menuda, con aire frágil. Apenas tiene unos pechos incipientes, como si fuera una niña. Acelera el paso. Siente una atracción muy fuerte hacia ella que sin pausas ni intermedios se materializa en un acercamiento, casi hasta el punto de querer abrazarla, sin inhibiciones, quizás por exceso de vodka antes de las diez de la mañana, quizás por los ojos de ella: unos ojos que son finos y hermosos, pero ligeramente perturbados como si no recordase en que lugar del mundo se encuentra o no quisiera recordarlo.

Sigue junto a ella, casi pegado, mucho más cerca de lo que las normas sociales tienen estipulado, casi rozándola; sólo sus manos permanecen ajenas a la escena: la izquierda en el bolsillo, la derecha sostiene un cigarrillo alternando el orden establecido, el canon que siguen los violadores o los enamorados.  Está atiborrado de deseo, de lujuria.  Se ha prendado de ella de inmediato igual que Nowunaga. Es como una maldición griega piensa ella: todos los hombres que están a punto de morir se enamoran de ti.

No puede hacer nada. En ese estado él es incapaz de oírla. Ya no puede permitirse perder más tiempo. Debe tomar una resolución ahora mismo. O lo perderá. Da un rápido vistazo a su alrededor, la calle atestada no serviría, pero a mitad de cuadra divisa un pequeño pasaje, una vía minúscula y ligeramente curva. Toma del brazo a Dimitri y lo arrastra hasta allá; él la sigue de muy cerca, estúpidizado, alelado, pero cuando entran es él quién la lleva a ella, quien la conduce casi a la fuerza hasta un portal y poniéndola contra la pared, la oprime y la besa. Con premura, con torpeza, ella se levanta su falda Marc Jacobs, alza la pierna izquierda y echa a un lado su ropa interior mostrándole el orificio abierto, dispuesto.   Dimitri baja el cierre de sus pantalones, extrae el miembro enhiesto y lo esconde con celeridad en las profundidades de ella.

Dos casas más abajo desde el balcón del segundo piso, un anciano calvo de ojos azules los mira con atención; como Dimitri se acerca, se cierra sobre ella para luego volver alejarse, un ir y venir, una sístole diástole, donde ambos se convierten en un órgano inmenso un Sefirot, origen de la vida. Quizás alguien más los ve, otro transeúnte desprevenido. No importa. Nadie fingirá ser tan moralista como para sentirse ofendido. Todos se dejaran seducir por la idea que como París o Venecia, Santiago también es una ciudad para el amor, dispuesta a recibir a las tropas de amantes, de Sefirots, donde millares de órganos en los parques, en los hoteles, en los autos, en los portales se sincronizan para crear vida, aún sin quererlo, aún evitándolo: corriéndose fuera, utilizando barreras de látex o píldoras anticonceptivas o abortos agendados con tres semanas de anticipación. Pero a los Sefirots eso les trae sin cuidado; a fin de cuentas su éxito es enorme; mal que mal, todos quieren ser un Sefirot o sueñan con serlo, anhelan en sus noches solitarias encontrar el acople adecuado, no uno ni dos, sino todas las noches, sin fin, por años, sólo la muerte les corta el paso, sólo eso y hasta el ultimo suspiro, hasta que la Voluntad del Destructor diga lo contrario seguimos siendo, seguimos soñando, una y otra vez, gritando vida en los portales, estremeciendo los cielos, deseo de expansión, de perpetuación, extensión de la semilla a través de los ecos del tiempo, ruegos en el lecho mortuorio: no quiero morir Señor, que algo en mí viva para siempre.

*Este extracto corresponde al capítulo 19 de la novela La destrucción de Santiago, a publicarse próximamente por Abducción Editorial.

ANDRÉS OLAVE  (Santiago, 1977). Sus mayores influencias son William Gaddis, Philip K. Dick y Thomas Pynchon. Es coautor de la novela de ciencia ficción Proyecto Apocalipsis (Cinosargo 2011) y autor de las novelas Un mundo perfecto y La tienda de regalos. Es miembro del comité editorial de Revista Intemperie y reseñista en La estrella de Valparaíso. Actualmente vive en San Pedro de Atacama.