Extracciones: Para este lado de las islas [Juan Manuel Terré]

ARAÑA POLLITO

Iba a ser un traslado temporario, apenas tres meses en una de las fábricas del norte. El trabajo sería sencillo, instalar un programa que estábamos usando en la central y capacitar a los técnicos. La empresa me había alquilado un departamento en el centro y además me darían unos viáticos importantes. Me venía bien un poco de dinero extra. Armé una valija con la ropa indispensable y tomé el último ómnibus del día. Fue un viaje tranquilo, dormí toda la noche sin ningún sobresalto. Al amanecer, sobre el horizonte, distinguí las copas de unos cerros.

Entramos al pueblo a media mañana; al bajar del ómnibus me abrazó una ola calor, como si el pueblo estuviese levantado sobre brasas. Un empleado de la terminal me indicó cómo llegar a la residencia, eran unas pocas cuadras. Más tarde pude observar que allí todo quedaba cerca. Llegué hasta un pequeño edificio recién construido. En la puerta esperaba una mujer.

—Soy de la inmobiliaria —dijo y me tendió la mano—, subamos así se lo muestro.

El departamento era fresco y agradable, un ambiente amplio con la cocina incorporada; todavía se sentía olor a cemento y a pintura.

—Tuvo suerte, era el último que nos quedaba. Tiene todo lo necesario: vajilla, sábanas y leña suficiente para calentarlo.

Recién ahí vi el magnífico hogar a un lado de la cama. La mujer observó mi cara de sorpresa y sonrió.

—No se fíe de este calor, a la noche cambia la temperatura —me tendió un juego de llaves y una tarjeta—.  ¿Alguna preguntita?

Le dije que no y le agradecí la atención.

—Cualquier duda nos llama —dijo y salió.

Tenía todo el día libre, no iría a trabajar hasta la mañana siguiente. Dejé la valija sobre la cama y bajé a dar una vuelta.

El pueblo era pequeño, unas pocas manzanas rodeada de cerros. Para donde quiera que mirara asomaban las cimas por arriba de las casas. La fábrica quedaba a unos kilómetros, al otro lado de la ruta principal. Me habían designado un remise para el traslado diario así que no tenía que preocuparme por nada. Hice un cálculo rápido y concluí que había sido una buena decisión aceptar el traslado, podría volverme con una buena suma en los bolsillos. Caminé un rato bajo el sol aplastante del mediodía. Las calles, todas empedradas, confluían en una plaza donde funcionaba una especie de feria regional. Una docena de puestos exhibían sus artesanías a un puñado de turistas que se animaban al calor de esa hora. Un poco alejado, un viejo misterioso ofrecía todo tipo de baratijas sobre una manta: patentes antiguas, relojes usados y hasta insectos disecados. Me quedé un rato observando una araña del tamaño de una mano.

—También las tengo vivas —dijo al notar mi interés, luego miró hacia ambos lados y descubrió una caja oculta bajo una tela. Una araña idéntica a la embalsamada se paseaba lentamente dentro de un terrario de vidrio. Al principio sentí impresión pero pronto quedé fascinado.

—No quedan muchas, están casi extinguidas — dijo y volvió a taparla.
—¿Cuánto?
—Quinientos.
—Doscientos y mi reloj —estiré la mano. El viejo pareció sorprendido.

Era un reloj imponente, pero no valía más de cincuenta pesos.

—Es suya.

Volví al departamento con la araña y una caja con grillos. El viejo me había dicho que el cuidado era sencillo, comida una o dos veces por semana (grillos, lombrices, gusanos; siempre comida viva, que ella pudiera cazar), y agua. Sólo debía ser reservado ya que allí estaba prohibida la venta de esas especies. Eso era todo. Había hecho un negocio redondo, en la capital valdría mucho más de lo que la había pagado. Llegué y puse el terrario sobre el hogar, de esa manera podría verla desde cualquier rincón de la casa. La araña parecía asustada, se había hecho un ovillo y escondido debajo del musgo. Abrí apenas la tapa y solté un grillo, el bicho dio unos saltos pero ella no pareció interesarse.

Pasé la tarde al resguardo del calor de la calle, leyendo unas notas para el trabajo. Cuando bajó el sol salí a dar otra vuelta por el pueblo. La plaza estaba más animada, los puestos, vestidos con lamparitas rojas y amarillas, se habían llenado de colores. En el centro, sobre un escenario, una banda con atuendos típicos tocaba música folclórica. Busqué al viejo de la araña pero no lo vi por ningún lado. Cené con vino de la región en una cantina alborotada de turistas y regresé al departamento bien entrada la noche.

Lo primero que pensaba hacer era encender el hogar, había salido sin abrigo y la temperatura había bajado mucho. Al llegar noté que la araña no era la misma de la mañana, se había despabilado y caminaba de un lado a otro, alerta, calculando cada paso que daba. El grillo seguía vivo, estaba agarrado a uno de los agujeros de la tapa, como presintiendo lo que le esperaba si bajaba. Es cuestión de tiempo, pensé. Tomé unos troncos del canasto y con ayuda de un diario encendí el fuego. Me acosté y me entretuve viendo cómo crecían y se multiplicaban las llamas. La leña parecía buena, en minutos se había calentado todo el departamento.

Dormí mal, con interrupciones. Lo que iba a ser un descanso pasó a ser una noche agitada. Soné que amanecía y cuando iba a levantarme me hundía en el colchón; arriba, sobre los bordes de la cama, asomaban una docena de arañas. Yo intentaba escapar pero cada vez me hundía más. Ellas esperaban, eran todas diferentes pero igual de aterradoras. Me desperté de golpe, transpirado y con taquicardia. Me levanté y fui a ver qué hacía. Estaba en un rincón vuelta un ovillo. Volví a la cama pero ya no pude dormir, la pesadilla había sido demasiado real. Aproveché a ducharme y a desayunar tranquilo antes de que pasaran a buscarme.

La jornada fue productiva pero ardua. La capacitación a los técnicos me iba a demandar más horas de lo que había imaginado. Regresé al atardecer, agotado y con sueño. La araña se paseaba de un lado a otro, nerviosa. Busqué al grillo y vi que seguía vivo aferrado a la tapa, ¿cuánto más podía aguantar así? Puse unos troncos en el hogar y me preparé algo para comer. Un rato después me tiré en la cama y me quedé dormido. Apenas me había quitado los zapatos.

Primero fue un cosquilleo repugnante que me subió por el cuello. Cuando llegó hasta mi cara pude reconocerla. Era la araña. Sus patas recorrieron mis ojos. En un momento, ya al aborde del espanto, intentó meterse en mi boca. En ese instante me desperté, tardé unos segundos en recobrar la orientación hasta que pude encender el velador. Fui hasta el terrario pero me costó reconocerla. Pensé que se había ocultado debajo del musgo y me acerqué para ver mejor, algo se movió frente a mí, de repente saltó y quedó adherida al vidrio como una garra. Me fui para atrás y caí al piso. Cuando logré recuperarme vi que volvía a esconderse. A un costado descubrí el caparazón seco del grillo. Basta, pensé, esto no es para mí. Busqué una toalla del baño y cubrí la caja.

Dejé atrás otra noche de insomnio. A la mañana, camino a la fábrica, le pedí al remisero que viniera a buscarme al mediodía; utilizaría la hora del almuerzo para devolverle la araña al viejo. Llegó puntual a las doce, un rato después estacionábamos en la puerta del edificio. Le dije que volviera en media hora para llevarme al trabajo y subí a preparar todo. Como solía  pasar durante el día, la araña estaba inactiva. Aseguré la tapa del terrario con cinta adhesiva y lo puse dentro de la misma bolsa oscura que la había traído. Salí a la calle y caminé hasta la plaza. El viejo no estaba por ningún lado. Le pregunté a un puestero y me dijo que no se sabía mucho de él, sólo que bajaba del cerro cada tanto para vender algunas cosas extrañas. Noté que miraba la bolsa con desconfianza. Volví pensando en el dinero perdido, imaginé al viejo arriba en el cerro, rodeado de botellas de ginebra y de cabras, mirando cada tanto la hora en mi reloj de fantasía. De pronto comprendí que la araña seguía conmigo. En la esquina siguiente, como si fuese una señal, me encontré con un enorme baldío crecido de yuyos. Me interné bien adentro, amparado por algunos arbustos que superaban mi altura, hasta un lugar que me pareció el indicado. Dejé la bolsa en el pasto y saqué el terrario con cuidado, la araña permanecía agazapada en uno de los rincones. Escuché unas risas cercanas. Me levanté y vi a dos niños que jugaban arriba de una cubierta que colgaba de un árbol. No es sensato hacerlo acá, me dije, y volví a la salir a la calle.

Decidí dejarla en la ruta, camino al trabajo. El remisero me inspiraba confianza. Llegué a la puerta del edificio pero vi que el auto no estaba. Como se me hacía tarde subí al departamento para llamarlo pero apenas entré sucedió lo peor, la bolsa se desfondó y el terrario se estrelló contra el piso. Alcancé a ver cómo la araña se perdía debajo de la cama. Se me pasó por la mente la imagen de la madrugada, es rápida y puede saltar, pensé. Me quedé ahí, parado bajo el marco de la puerta sin poder reaccionar. Cerré con llave y bajé a la calle, el remisero ya había llegado.

—Disculpe la demora —se excusó—, me salió un viajecito.
—Tengo un problema —lo interrumpí.

El tipo me miró por el espejo retrovisor y esperó a que hablara. Le conté lo que había sucedido.

—Esas cosas están prohibidas por aquí —dijo con tono reprobatorio—. No se preocupe, le voy conseguir a alguien.

Al regreso de la fábrica me esperaba una persona en la entrada del edificio. El remisero lo saludó desde el auto.

—Ese es el hombre —me señaló.

Le di las gracias y bajé. El hombre de la puerta de acercó y me tendió la mano.

—Extermino todo tipo de plagas —dijo.

Llevaba un bolso y una mochila en forma de tubo colgada de su espalda.

—Es una araña pollito —dije—, de las grandes.
—Veamos el lugar.

Subimos y al abrir la puerta di un paso hacia atrás. El exterminador entró despreocupado. En el piso seguía el desparramo de tierra y vidrios.

—¿Cómo dijo que era? —preguntó mirando por encima el hombro.
—Negra, algo azulada en las patas.
—De las bravas —se descolgó la mochila y la dejó en el piso, luego sacó del bolso una especie de varilla telescópica que extendió con un solo movimiento—. Puede esperar afuera, si quiere.

Salió después de una hora.

—No está —dijo—, se debe haber ido por la chimenea, es el único lugar que está abierto.
—¿Miró bien?

El exterminador hizo silencio y luego asintió con la cabeza.

—Sí, miré muy bien. Levanté la cama, di vuelta el colchón, saqué la leña del canasto, que es donde suelen hacer sus nidos.
—Quiero que esté seguro —dije y noté que había levantado la voz.
—Estoy seguro.
—¿No puede mirar una vez más?
—Le va a costar el doble.
—Se lo pago.

El tipo entró al departamento y cerró la puerta detrás. El pasillo quedó oscuro y en silencio, ya había empezado a refrescar. Volvió a salir media hora después.

—Revisé todo de nuevo. No hay nada.

Sospeché que no la había buscado, que se había quedado sentado dejando pasar el tiempo.

—No se preocupe, no hay ninguna araña allí —dijo el tipo tratando de tranquilizarme mientras se guardaba el dinero.

Volví al departamento y los restos del terrario seguían ahí. Ni siquiera se había tomado el trabajo de limpiarlo. Puse a calentar agua para hacerme un té. Tenía que calmarme y olvidar toda la cuestión. Abrí la alacena para agarrar una taza y sentí un escalofrío. ¿La habría buscado bien? No lo tendría que haber dejado solo, hubiese bastado con quedarme ahí, en la puerta, mirando cómo se desempeñaba. Si no hacía algo no me iba a quedar tranquilo. Me subí a una silla y con ayuda del palo de la escoba revolví todo el mueble. Hice lo mismo con el pequeño armario, el canasto de la leña y la cama. Cada vez que movía o levantaba algo sentía que la araña me podía saltar encima. Cuando ya no supe dónde buscar me senté en el piso y me recosté contra la pared. Tenía los nervios destrozados.

Debía convencerme de lo que me había dicho el exterminador, seguro habría escapado por la chimenea. Me levanté y encendí el fuego, si todavía andaba por ahí iba a quedar achicharrada. Más tarde me di una ducha e intenté dormir. No fue fácil, mi cuerpo estaba agotado, sin fuerzas, pero seguía en alerta permanente. Sentía que la araña me acechaba en la oscuridad. Quería poner la mente en blanco pero no podía dejar de pensar en ella. En un momento sentí un sonido muy leve, una especie de chirrido. Me quedé quieto y traté de agudizar el oído. Pasaron unos segundos y nada. Intenté dormirme. El sueño me fue arrastrando de a poco, antes de perder la consciencia volví a escucharlo. Contuve la respiración. Era como un rasguño breve. Me senté y encendí el velador, una sombra se proyectó sobre la pared. Salté de la cama y me alejé enseguida; la araña dio unos pasos dentro de la pantalla, su sombra repugnante se extendió hasta el techo. Tomé el cubrecama de una punta y se lo lancé. El velador cayó al piso y quedé a oscuras. Comencé a saltar arriba desesperado, sentí cómo se retorcían los alambres bajo mis pies. No sé cuánto tiempo pasó hasta que me detuve. Nada allí abajo podía haber sobrevivido. Estaba tenso y me costaba respirar. Encendí la luz principal y agarré el palo de escoba. Me acerqué con cuidado y levanté el cubrecama. Sólo estaban los restos aplastados de la lámpara. Busqué el bolso, tiré adentro la ropa y salí. Una ráfaga de viento me estremeció. Bajé por la calle desierta. Arriba, una luna helada teñía de ocre el empedrado. Encontré una habitación disponible en el único hotel del pueblo. No era caro, pero en dos meses me consumiría todos los viáticos. A la mañana llamé a la remisería y di la nueva dirección.

—¿Todo bien, don? —el remisero me observaba por el retrovisor.
—Sí, todo bien. Desde hoy me pasa a buscar por acá.
—Como usted diga.

Agradecí que no siguiera preguntando. De vuelta, por la tarde, lo hice detener en la inmobiliaria. La mujer no disimuló la cara de sorpresa.

—Vine a cancelar el contrato —dije.
—¿Algún problema?

Dije que el departamento estaba muy bien pero que necesitaba otra cosa.

—Pero es el último que teníamos.
—No entendió, ya conseguí otra cosa, quería ver como podíamos arreglar.

La mujer se puso seria.

—El contrato era por tres meses. Si usted se va pierde el dinero.

Yo había pensado en esa respuesta.

—Deme la mitad, podrá volver a alquilarlo enseguida —la mujer hizo silencio—, saldrá ganando.
—Si lo desocupa hoy le devuelvo el treinta por ciento. Lo toma o lo deja.

Acepté, no me dejaba otra alternativa. Le di las llaves y esperé el dinero.

—Mañana —dijo—, tengo que ver que la unidad haya quedado en condiciones.

La tarde siguiente volví a la inmobiliaria. Me recibió una empleada y me dijo que la mujer me esperaba en el departamento, que si por favor podía ir hasta allí. Sentí un estremecimiento, no había considerado la posibilidad de volver a ese lugar. Pensé en el dinero, no tenían nada para objetarme. Cualquier cosa que encontraran sería ajena a mí. Caminé hacia el edificio. Creí que iba a encontrarla en la puerta pero no fue así.

Subí los dos pisos y me detuve en la entrada, la puerta estaba abierta. Adentro, la mujer hablaba con una pareja de jóvenes.

—Pase, pase —me dijo con una sonrisa—, ya estoy con usted.

Le hice un gesto de que estaba bien, que la esperaba ahí. La mujer siguió mostrando el departamento igual que lo había hecho días atrás:

—… y ése es el hogar, a la noche baja mucho la temperatura.

Recién ahí vi al niño. Estaba sentado en el piso, semioculto por la cama. Había empezado a sacar la leña del canasto y jugaba a armar una montaña.

—¡Cuidado! —grité.

El niño me miró. Una telaraña oscura colgaba de uno de los troncos.

—El fuego… puede ser peligroso.

El padre agarró al chico de una mano y lo llevó con él.

—No se preocupe, sabemos cuidarlo —dijo la chica.

La mujer de la inmobiliaria se acercó hasta la puerta y me dio un sobre.

—Le desconté el velador —murmuró.

Tomé el dinero y me despedí. Una vez en la calle pensé que ya no sería negocio el traslado, ahora tendría que usar los viáticos para completar el pago del hotel. Algo se me va  ocurrir, pensé, y caminé ligero porque había empezado a refrescar.

Relato contenido en Para este lado de las islas.


JUAN MANUEL TERRÉ (San Pedro – Provincia de Buenos Aires, 1970) Desde 1993 reside en Buenos Aires. Es camarógrafo y fotógrafo. Trabaja para la televisión desde hace varios años. Publicó con Bernacle Ediciones su primer libro de cuentos titulado Para el lado de las islas (2016); antes, integró algunas antologías editadas por concursos literarios.