Tinder Tales #4

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MANUEL, 30

Vaga borracho por las calles de Santiago. Se detiene en un paradero a buscar una cajetilla de cigarros entre sus bolsillos y solo encuentra el celular. Su -aún- esposa le ha enviado un mensaje por whatsapp: “Feliz ¿aniversario?”…

Despierta preocupado sin saber cómo chucha llegó a su cama y lo primero que hace es pensar en el desayuno de su hija. Son las dos de la tarde. Abre las cortinas y se da cuenta que aún está borracho. Lleva viviendo los últimos 3 meses en la casa de sus padres, alternando fin de semana por medio el cuidado de la pequeña y esa noche le tocaba quedarse con ella. En cambio, la dejó encargada para salir a buscar amor y destrucción. Cree que lo logró. Recuerda haber besado a alguien, recuerda que lo disfrutó, no le interesa recordar mucho más que eso. Cada día cree estar seguro de más cosas, pero en este momento, mientras registra la casa y no encuentra a nadie, lo importante es que está seguro de que su hija debe estar bien, que sus papás como abuelos chochos la cuidaron como él todavía no es capaz. Se da una ducha y repite en su cabeza el mensaje de su mujer y luego el beso de anoche y se calienta. A veces, amor y destrucción son lo mismo. El agua hirviendo golpea el cuerpo de Manuel y él piensa que las cosas ya no deberían ser así. Todo esto tiene que acabar. El semen se escurre lentamente por el drenaje.

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Es un lunes cualquiera a la hora de almuerzo en el centro. Él se acostumbró a comer a la rápida cualquier webada y aprovechar el poco tiempo que tiene para mirar a la gente en las calles. Siempre se encuentra con alguien. Ahora prefiere esconderse para evitar las mismas conversaciones “¿cómo estai?, ¿en qué estay trabajando? ¿te casaste?, ¿tení hijos?, ¿y cuándo nos juntamos?”. Ya le molestan las palabras de buena crianza y el arribismo cotidiano, tan cotidiano, de compararse con los excompañeros de curso, los excompañeros de universidad, los excompañeros de trabajo, los ex. Parece que todo el juego es saber que hay alguien peor que uno.

Ese lunes divisa en un café a la primera mujer con la que tuvo sexo, a los 17 años. Nunca estuvo particularmente interesado en alguna de las chicas del barrio o del liceo cercano al suyo. Era bien nerd. Prefería leer comics, jugar videojuegos o cartas magic con sus amigos. Más temprano que tarde, sintió la presión social de sus compañeros de curso: ya habían empezado a culiar desde los 15 y ser virgen a esas alturas era motivo de burlas. Fue el último en cumplir con el ritual. Lo recuerda perfecto. El Moncho se había quedado solo en su casa de la Villa Macul y los invitó a todos; eran casas grandes con patios enormes donde usualmente ocupaban todo ese espacio para construir casuchas que servían para guardar porquerías o  cuartos de servicio. Ahí, junto al dueño de casa y un par de amigas, habían ido a beberse las últimas cervezas. Antes de entrar el Moncho fue super claro: -ya culiao, yo me como a la Jimena y voh te agarrái a la Cata. Habían dos camas de plaza y media. Todos sabían a lo que iban. El Moncho cogió del brazo a la Jime y Manuel repitió el gesto con esta chica que apenas conocía. Por primera vez sintió el contacto de una piel caliente contra la otra, eso junto al jadeo incesante del Moncho con la Jime le permitieron tener una erección decente. Tuvo su primer orgasmo. Se sintió aliviado, pero no lo encontró nada del otro mundo.

La Cata se ve hermosa, ahora debe tener 30 años, igual que él. Se sienta en la mesa de al lado y ella le esboza una sonrisa cuando sus ojos se encuentran, mas parece no reconocerle pues pide la cuenta, paga y se va. Por como van las cosas en su vida, a Manuel le da gusto sentirse invisible.

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Trajo los dos testigos que le pidió el abogado. La audiencia debería haber empezado hace tres horas, pero todavía están esperando. Los tribunales son tétricos y parece normal en ese lugar que la gente esté peleando o llorando. Un hombre sale absolutamente histérico de una de las salas gritando que la justicia vale callampa, que no ha visto a su hijo desde hace cuatro meses, que la jueza se lo cagó, que todas las juezas se lo han cagado. Manuel piensa que deberían hacer un saumerio en ese lugar cada fin de semana, está demasiado cargado. Su mujer está sentada tres bancas más allá, acompañada de sus propios testigos y de su abogado. Le dijeron que el procedimiento iba a ser súper sencillo. Cumplían los requisitos del divorcio a cabalidad y en consecuencia no tendría mucho más qué hacer que dar su nombre completo, rut, domicilio, situación laboral y responder si hay posibilidad de recomponer el vínculo. Los temas de la plata y el cuidado de la hija están solucionados por escrito, de eso no hay mucho más que hablar. Del resto me encargo yo, le dijo su abogado. Sabe que divorciarse ya es normal, la sociedad ha cambiado, pero igual tiene miedo de escuchar las palabras de su mujer, escuchar cosas que podría ignorar sobre lo que fue la relación de ambos o sobre sí mismo. Pero no hay nada que hacer. Se quedó con esta frase que leyó de niño: hazlo, y si tienes miedo, hazlo con miedo. Tal vez ese mantra fue el que le llevó a proponerle matrimonio en el primer lugar, cuando ella llegó tiritando con un test de embarazo en la mano. Manuel no estaba particularmente contento con la noticia pero ella estaba aterrada y no quiso arruinarle el momento, quiso confortarla, decirle que la amaba, que esto era una bendición para ambos. La abrazo, la besó, se arrodilló y le pidió la mano. Aún sin anillo, ella aceptó.

—¿Aceptan ustedes los términos de la compensación económica? —pregunta la jueza y ambos responden lo obvio.
—¿Hay posibilidad de recomponer el vínculo con su mujer?
—No, su señoría.
—Hay posibilidad de recomponer el vínculo con su marido?
—… (llora).
—Señora, le pregunto nuevamente, ¿hay posibilidad de recomponer el vínculo con su marido?
—…sabiendo como es él, sabiendo que yo no tengo lo que Manuel necesita, es absolutamente imposible… su señoría.

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Hora de almuerzo. Va directo al café donde vio a Catalina la primera vez y esta vez decide hablarle. La actualización decanta por los derroteros usuales y sin embargo se siente muy cómodo, contento de haber iniciado la conversación. Intercambian sus números de teléfonos. Se siguen viendo con regularidad para almorzar las dos semanas siguientes y hablan a menudo de sus familias y de sus antiguas parejas. Se sienten comprendidos arrastrando un historial de fracasos. El amor es un gran tema, si no EL gran tema, le dice ella; quien además le confiesa que ya no se hace mayores problemas: si me aburro, y necesito algo, todo lo resuelvo desde una app. Se ríen a carcajadas y luego de la risa siguen comiendo en silencio cada uno mirando su propio plato. Después del café, al despedirse, ella le propone tomarse unas copas ese fin de semana. Manuel se excusa diciendo que no puede pues le toca estar con su hija.

—Bueno, entonces me dices tú, yo ya di el primer paso. No estaría de más recordar los viejos, buenos tiempos.

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Su hija sube y baja por un resfalín y él sólo se preocupa de no perderle la vista. Aburrido en una banca, revisa su celular buscando alguna señal mágica. Recuerda lo que dijo Catalina y decide intentarlo. Arma un perfil bastante simple, tres fotos, ninguna descripción y se lanza a curiosear. Le agrada y le parece un desafío tener el control, elegir de manera anónima a partir de tan poca información. Desliza sus dedos sobre todas estas chicas y en seguida reconoce patrones: nivel de educación, clase social, interés en tener algo casual o algo más serio. Es bastante quisquilloso y al rato se cansa de no recibir respuesta alguna. Levanta los ojos, comprueba que su hija sigue ahí. Ahora juega bajo el resfalín, construye un castillo de arena con otra niña. Vuelve al celular. La curiosidad es mucha, cambia los ajustes, quiere ver perfiles de hombres. Se divierte mucho. Se ríe de sus poses y presentaciones, extrae algunas lecciones para mejorar su propio perfil. En quince minutos recibe tres súper likes. Vuelve a cambiar los ajustes para ver chicas. Esta vez disminuye sus expectativas y otorga likes con más soltura. Mientras pasa por las fotos, le parece estar viendo un espacio publicitario de intimidad donde todos tratan de proyectar lo mejor de sí mismos, como si estuvieran rodeados de glamour y buenos momentos. O bien eso o bien tratan de ser -demasiado- sinceros sobre lo que esperan de una relación. Tanta exigencia, de antemano, le agobia. También la repetición de la palabra catlover. Su hija parece estar discutiendo con la otra niña pero él no le da mayor importancia. Sigue pasando frenéticamente el dedo sobre la pantalla de su celular hasta que aparece el perfil de su exmujer. Escucha un llanto. Desinstala la aplicación.

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Es su fin de semana libre. Suena demasiado vago pero fue así: luego del trabajo se encontró a alguien con quien no conversaba desde los quince años y terminó, aún no sabe bien cómo, en su cama. Al día siguiente, todavía confundido después de tanto placer, solo titila la claridad: en realidad, siempre lo ha sabido. Y luego otro rayo: es increíble lo que hace un ser humano por miedo a ser rechazado. A pesar de la epifanía, quiere estar sobreseguro. Llama a Catalina, salen a bailar, se ríen, se besan, ella lo invita a su departamento, van a la cama, se desnudan y vuelven a sentir el calor de una piel junto a la otra; todo se da exactamente como tiene que darse, excepto por una cosa: él no logra conseguir una erección. Imposible echarle la culpa al alcohol, no ha bebido una copa. Ella se siente fatal. Él también, por haberla tratado así. Para sumar lugares comunes al fin de semana termina repitiéndose a sí mismo: es evidente, el que no conoce, no extraña.

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No es fácil retomar su rol de padre fuera de la familia que había formado. Ha sido un día agotador de parque en parque, tratando de lidiar con la aventura de entablar una relación con su hija sin ninguna otra mediación. Aprende a valorarlo cada día y se deja sorprender por la mezcla de ingenuidad y sabiduría que guarda su hija. Ya la disfruta, aunque claramente disfruta más cuando al fin duerme. Se queda un rato mirándola e inevitablemente se enjuga una lágrima. Le asegura a sus padres que llegará en solo dos horas, tiene que dar una explicación, nada más. Una explicación a todo el mundo, pero tiene que comenzar en alguna parte.

Catalina acepta el café. Lo escucha con atención. Al principio se preocupa, luego se indigna; Manuel se deshace en disculpas, y solo atina a subrayar lo difícil que ha sido para él llegar a este punto. La rabia no se esfuma, solo se mezcla con un poco de comprensión:

—¿Qué esperabas, armar la pequeña casita en la pradera, ser el buen padre de familia y por las noches recoger putitos en Bellavista, eso es lo querías para tu vida Manuel?

Le da la razón. No hay mucho más que hacer. Se abrazan y prometen mantener la amistad. En la noche, junto a su hija, completa su bio: “Tranquilo, padre, recién asumido. Dándome tiempo, sin relaciones en el cuerpo. ¡Activo por las dudas!”

CAYO CAECTUS (1984). Nadie lee las bios. Catrileo y La Calaquita Ediciones.