Adelanto: A ti siempre te han gustado las niñas [Francisco García Mendoza]

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Los minutos pasan y esto no termina. Aquí no hay reloj, pero es evidente que las manecillas tardan más de lo habitual en dar una vuelta completa. Esto no es una sala de clases, cariño, al menos no de las habituales. Hay una mesa más larga que ancha y todos alrededor. El profesor sentado en la cabecera con sus brazos anchos, sus piernas anchas. Un par de gafas que disimulan el rostro porcino que es tan evidente y todos alrededor. Somos diez en este espacio que no es la sala de clases. Cada estantería contiene un sinfín de libros de épocas diversas, atestados de polvo, de hojas frágiles. Ustedes no pueden llamarse amigos. A lo sumo podrán ser conocidos. Porque yo, desde que salí del colegio, no veo a los que antes llamaba amigos. Ustedes no son amigos, sino compañeros de ruta. Compañeros de ruta. Imbécil. Gordo idiota. Por eso odio tanto la clase de religión. Porque además de obligarme a hablar, se pone a hacer conjeturas sobre nuestro futuro. Yo les aseguro que cuando salgan de cuarto ni siquiera pensarán en volver a juntarse.

Cristian me mira y por un momento comparte mi repudio. Sabe que lo que dice el Gordo no puede llegar a cumplirse. Rodrigo dibuja ciudades a mi lado y al mirar entorna los ojos. Siempre que está aburrido se pone a inventar calles, edificios, monumentos. Juega a que es él quien decide las disposiciones. Yo escribo cartas de amor sin remitente.

No sé de qué va la clase. Trato de no dejar indicios de lo que escribo. Miro el celular y ni siquiera han pasado cuatro minutos. Me dedico a intentar descifrar los títulos de aquellos libros amontonados.

2

No estaba seguro de si ir o no al encuentro. Cuando lo contacté le dije que sí, bombón, que me moría de ganas de estar con un hombre. Antes de salir de casa dudé. Hice el ademán de devolverme. Pero no quise, caminé hasta el paradero y tomé la micro. Por la ventana trataba de descifrar los números, de vincular lo visto en el antejardín de ocho metros cuadrados con el sujeto que podría habitar adentro. Algunos ya ni siquiera tenían césped, los habían cubierto con baldosas y decorado con pequeños maceteros de plástico. No faltaban tampoco las grandes planchas de latón que impedían deducir lo que pasaba dentro.

Él tendría unos veintitrés años, diez más que yo. Dos árboles evitaban que el pasto creciera frente a su casa. Al entrar, lo primero que hizo fue colocar su mano entre mis piernas y masajear lo que a esa altura ya estaba duro. Luego me besó, su boca sabía a pasta de dientes. Aumentó mi excitación y con ello me armé de valor. Comencé a tocarlo también, a responder a sus dedos helados. De inmediato metí la mano bajo su ropa interior. Nunca había tocado el de otra persona. Estaba mojado y viscoso. Mis dedos se enredaban ahí adentro y sudaban frío. Emanaba un fuerte olor a jabón que se impregnó después en mi ropa. Luego comenzó el dolor. Le decía que lo hiciera despacio, cariño, con cuidado porque era mi primera vez. Pero él lo único que atinaba a decirme era tranquilo, tranquilito. Suave, por favor, le decía. Y él respondía que faltaba un poquito, un poquito nomás. Yo solo sentía desgarrarme. La piel que se abría ardiente ante los embistes del hombre. Estuvo como una hora tratando y forcejeando conmigo. Silencio, bebé, tranquilito que ya falta poco. Y cuando ya estuvo adentro fueron apenas unos instantes los que alcancé a disfrutar saltando encima de él. No duramos mucho. Porque cuando por fin estuvo dentro ya nos habíamos aguantado bastante. Mi primera vez se resume en noventa por ciento de dolor y sus consecuencias posteriores, diez por ciento de placer y goce. Tengo microdesgarros que entintan de rojo el papel del baño.

3

Yo escribo cartas de amor. Escribo cartas de amor sin remitente. No me atrevo a firmarlas. No quiero que nadie sepa el nombre del autor de estas declaraciones. Los trazos de tinta sobre el papel. La belleza de cada letra que junto a otras letras crean una palabra. Luego una oración, un párrafo, bombón. Un texto que queda inconcluso porque nadie lo firma, porque nadie se adjudica su autoría. Nadie se atreve. Amar está prohibido en un colegio de hombres. Forma parte de la extensa lista de pecados que manejan los profesores de religión. ¡Ay de mí si me descubren, cariño! Por eso las letras que escribo no son mías, no me pertenecen. Me desdoblo para inventar un personaje que las redacta por mí. Las mismas palabras no saldrían de mi boca. Soy un remitente que firma en blanco.

6

¿Cómo te llamas? Nicolás. ¿Cuántos años tienes? Catorce, creo. ¿Creo? Los cumplo mañana. Mejor así. ¿Sí? Sí, ven. ¿Tienes lugar? Acá, en mi casa, estoy solo hasta las seis. ¿Y en qué parte vives? En el paradero 23, la calle se llama… Bueno, me baño y voy. Báñate acá mejor. No, si no me demoro nada, corazón. Bueno, te espero.

Nicolás cierra la ventana del chat. Verifica la dirección en otra página. Se da un momento y respira. Coge un trozo de papel en donde la apunta. La dobla y la guarda en el bolsillo trasero de su pantalón. Hoy no quiso asistir a clases, por eso está vestido con el uniforme escolar. Zapatos negros, pantalón gris, polera blanca del colegio, la insignia en el pecho, una estrella blanca sobre un escudo bicolor. Debe salir con su mochila. Cuando vuelva mamá a casa no debe encontrar sus cosas olvidadas. Nicolás tiene que estar de vuelta a las cinco y diez en punto. Así nadie sospechará.

En el bolso van los cuadernos de las asignaturas de hoy: Inglés, Castellano y Matemáticas. También la libreta de comunicaciones con la excusa falsificada. No debe olvidar, por nada del mundo, arrancar esa página después. El estuche con los lápices de colores aguarda en el fondo.

Me gusta cuando me tocan, piensa Nicolás mientras el agua escurre por su cuerpo. Su cuerpo cubierto apenas por una pelusa en la zona del pubis. El agua le resbala sin dificultad. ¿Cuándo fue la primera vez? ¿Hace tres o cuatro meses? Teniendo en cuenta el de hoy, aún puede contar sus encuentros con los dedos de una mano. Antes de salir, se asegura de dejar todo arreglado, como si se hubiese ido a eso de las siete. Deja la cama sin hacer, un plato con restos de pan en la mesa y el vaso de leche a medio tomar. Esparce algunas migas por la mesa y otras cuantas por el suelo.

En la escuela sus compañeros se jactan de sus primeros encuentros con las chicas del barrio, del colegio del frente y de lo sencillo que es conseguirse una mamada con las del primero medio, de lo fácil que es engrupirse a tal chica, de lo rico que se siente mojadita y, mientras tanto, en algún lugar cuyas calles apenas conoce en un mapa, Nicolás trata de dar con el 022 de la calle La Pérgola. Es en un condominio, le dijeron. Que hay un guardia en la puerta, pero que rara vez pone atención a quienes pasan frente a su nariz. Que si preguntaba le dijera que iba al 022 de La Pérgola y ya está, que con eso sería suficiente.

Nicolás camina y observa cuidadosamente los letreros: Los Jardines, Las Acacias, Centaurea. Nombres que no tienen que ver con lo que está buscando. Algunas ni siquiera cuentan con un letrero a la vista y eso le causa algo de desesperación. Cruza, se detiene bajo un árbol. Según el mapa que consultó en casa va por el camino correcto, pero la ausencia de condominios lo inquieta. Duda si acaso será conveniente preguntar en un negocio que observa tres casas más allá. Casi todas son iguales, a veces algunos son más creativos que otros respecto al color. Los diferentes tipos de cobertizos son el rasgo distintivo que las personaliza: madera, latón, policarbonato, fibra de vidrio y los que solo cuentan con una malla para la sombra.

Pasan dos autos y decide que no. Que lo mejor es seguir caminando.

*Novela próxima a ser publicada por Editorial Librosdementira

FRANCISCO GARCÍA MENDOZA (Santiago, 1989). Licenciado en Educación en Castellano por la Universidad de Santiago de Chile, desde 2009 es parte de la compañía de teatro Godot, con quienes estrenó diversas obras, entre las que destacan: Loco Afán (2009, 2010 y 2011), basada en las crónicas de Pedro Lemebel, e Insuflactus (2010 y 2011), creación inspirada en las aventuras de Papelucho. Morir de Amor (Librosdementira, 2012) es su primera novela.