Marcelo Díaz – Siete mapas de Blaia

ESKIMO SONG

Una mañana llamaste para cantar desde el teléfono una canción esquimal que acababas de componer.

La canción, me decías, quería ser la nieve que todo lo cubría:

calles y casas, árboles, canteros, estadios, terrazas, perros y pasos, parques y plazas, taxis, carteles, carteros, bomberos, canarios, médicos de guardia, loros barranqueros, industrias, barracas, todo, todo, todo, hasta alcanzar y cubrir también la melodía, y finalmente la voz, desdibujada en las últimas notas blancas…

Aunque muy bien no sabías:

– creo que es esquimal, pero no sé, no sé… ¿a vos qué te parece?

A mí, que en medio del verano escuchaba tu voz irse y volver con un zumbido de un continente a otro, y que además no entiendo ni conozco el esquimal, me pareció que sí.

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INUTILIDAD DE LAS REPRESENTACIONES FITOMORFAS

Hay mapas circulares y hay mapas con forma de corazón. Los hay también con forma de trébol, como el que Heinrich Bünting dibujó en 1581 ubicando un continente en cada hoja y a Jerusalem en el centro de las tres.

La organización tripartita del espacio en el Cloverleaf de Bünting tiene origen en la Biblia, y está inspirada en la historia de Noé y la distribución del mundo entre sus hijos: Sem, Cam y Jafet. Es, en varios sentidos, un mapa del pasado, sin cabida en el incipiente atlas de la expansión mercantil europea, ni en el conjunto de saberes que la hacía posible.

El fragmento de América que asoma en la esquina inferior izquierda del mapa, como un invitado al que no se esperaba en el reparto, desequilibra el orden bíblico del cuadro.
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No es posible saber si Bünting, cartógrafo y devoto, era incapaz de comprender las transformaciones que se desplegaban a su alrededor, o si por el contrario, consciente de ellas, fugaba al mundo de la simetría de manera deliberada.

Yo, por mi parte, me acuerdo de una vez que con una bic me dibujaron en la mano el recorrido para llegar a una casa con pileta, y escribieron ahí un nombre mientras me preguntaban ¿a qué hora venís?

El recorrido, en trazo rojo, partía de la esquina de Maipú y Garibaldi, para arribar, tras cruzar la última línea de la palma de la mano, a una suerte de montecito entre el índice y el mayor, donde una pequeña flor roja de cuatro pétalos coronaba, bajo el nombre, el trayecto serpenteante. Recuerdo haber manifestado no entender del todo ese dibujo que cubría mi mano casi en su totalidad, con virajes, espirales y recodos, como una enredadera. Recuerdo la risa y la respuesta de la cartógrafa: vos nunca entendés nada.

Y también hubo gente que se preguntó: caída Jerusalem ¿qué pondremos en el centro?

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LA FÁBULA, SEGÚN HEGEL, ES UN ENIGMA ACOMPAÑADO DE SU SOLUCIÓN

En un estante perdido de la biblioteca popular Bartolomé Mitre di un día con un libro cuyo desafortunado título era ¡Zoomática!, con signos de admiración. El uso de los signos pretendía, supongo, provocar en el lector un entusiasmo espontáneo y febril, el mismo que parecían experimentar los animalitos de la portada: un topo, un papagayo, tal vez una jirafa, presas todos de una excitación por el cálculo matemático que a mis ojos era totalmente inexplicable.

Hago memoria y recuerdo que el topo hacía la V de la victoria.

Creo haber dudado entonces, dudo ahora, acerca de si el topo hacía la V de la victoria o si en realidad había sido dibujado con tan sólo un par de dedos en la mano, de modo que al pobre roedor no le quedaba otra que vivir condenado al optimismo.

Recuerdo haber copiado en un cuaderno cuatro o cinco problemas imposibles.

Recuerdo también el pie de imprenta: 1973.

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COORDENADAS PARA EL TRAZADO DE UN MAPA

En el otoño del 82 escuchábamos The Clash. En un rincón del departamento de Ramiro Murguía, en el 82, escuchábamos The Clash.

Hay que decir que en Bahía Blanca, en 1982, era casi imposible conseguir un disco de The Clash. Pero el padre de Ramiro solía viajar a Europa por negocios, y de Europa había traído Sandinista! y Combat Rock.

Sandinista! con signo de admiración.

El signo, en este caso, anticipaba el estupor que un disco presuntamente punk, que no sonaba punk, podía provocar.

¿Pero qué podíamos saber del punk y de Nicaragua nosotros, ocho borceguíes tras la garganta de Strummer, en ese cuarto de persianas bajas para bloquear el sol enfermo del otoño?

I don’t wanna die, I don’t wanna kill

The United Nations said it’s all fair
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De modo que en 1982, en el departamento de la familia Murguía, mientras The Clash daba vueltas en el Winco y los Sea Harriers giraban sobre la ciudad a oscuras, aprendíamos el uso del signo de admiración que nos martillaba la cabeza: Sandinista!

y la cabeza daba una vuelta,

y se partía como un zapallo.

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IGLÚ BLANCO SOBRE FONDO BLANCO

Existiría la creencia de que los esquimales tienen más de veinte palabras distintas para decir veinte tipos distintos de hielo o de nieve.

Habría, por ejemplo, una palabra esquimal para decir el hielo que se quiebra ante el menor contacto con un pie pequeño.

Otra palabra para la nieve cayendo.
Otra para la nieve cayendo por la noche.
Otra para la nieve cayendo por la noche iluminada por una linterna.

Y otra palabra más aún para decir la consistencia esponjosa de la nieve, por la noche, cayendo en la palma de la mano derecha después de habernos quitado el guante de cuero de foca, no sin esfuerzo, con los dientes (porque la mano izquierda sostiene, todavía, una botella).

Y así…

En una superficie regida por el blanco, el cuerpo y el lenguaje se habrían calibrado como un instrumento de altísima precisión para incubar en el infierno helado de lo mismo un mundo de diferencias, y habitarlo.

Ahora bien, la lingüística tiene sus serios reparos sobre todo esto…

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USOS CARTOGRÁFICOS DEL CORAZÓN

Hay mapas con forma de corazón y hay mapas del corazón. No del corazón como territorio, sino de las trayectorias del corazón, como si uno dijera un mapa de viaje, un itinere. Ahora se sabe que el corazón no viaja sino en sentido figurado, pero los kerora de Nueva Guinea creen que el ánimo con el que uno sobrelleva el día tiene que ver con los desplazamientos del corazón y el lugar que ocupa en cada momento. Como si el corazón fuera un animal indócil que habitara y recorriera, día a día, nuestro cuerpo.

La palabra indócil la digo yo, y la palabra animal, también. Para los kerora, creo, el corazón no es dócil ni indócil, ni les preocupa tanto qué es, sino más bien dónde está. Por eso miro tu electrocardiograma, aunque eso no me dice dónde está tu corazón.

No sé por qué me regalaste el electrocardiograma.
No conozco a nadie más que pueda hacer un regalo semejante.

Tampoco sé por qué lo miro.
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Creo que puedo cantarlo.

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HO CHI MINH CITY

El hombre de Saigón cruza el mar de la serenidad. Aparece y desaparece. Ahora está, ahora no está. El hombre que ahora está es una sombra tenue, y el hombre que ahora no está es una sombra en fuga por un túnel invisible. El hombre de Saigón traza un triángulo de hierro, cava una ciudad en la luna. Huele el viento entre los cráteres y desaparece. Ahora está, ahora no está. Los brazos adelante, la espalda en comba y la nariz y los ojos y los pies haciendo mapa en el cuerpo, en la oscuridad. El topo de Saigón es un sensei lunar. Acurrucado bajo la superficie, ve la lluvia de napalm en el jardín de hierro, ve las nubes de fósforo blanco avanzar como en un cuadro expresionista, ve caer los racimos de bombas de los B-52. Cava una ciudad en la luna. Cráteres en la superficie y túneles al centro de la tierra, como ves en esas fotos que pescaste en internet, con un tipo sonriente que se dobla sobre sí para circular por los corredores; más ese mapa de la aviación norteamericana que parece un Pollock.

¡Bienvenidos a Cu Chi!

El guía que ahora está recibe a los turistas y los signos de admiración sostienen las paredes bajo la superficie, y el guía que ahora no está cuenta que el sensei de la luna de Saigón sembró una semilla de serenidad en su cabeza, y la vio germinar en la oscuridad.

*Todos los textos, de Blaia
**Las imágenes utilizadas están contenidas en Blaia

MARCELO DÍAZ (Bahía Blanca, 1965). Estudió Letras en la Universidad Nacional del Sur. Integró el grupo de arte público Poetas Mateístas. Colaboró con la revista objeto Vox, el Diario de Poesía, la revista de artes y letras Otra Parte y el sitio www.bazaramericano.com. Trabajó en el museo taller Ferrowhite, donde coordinó el proyecto Archivo White de teatro documental junto a Vivi Tellas y Natalia Martirena. Publicó Berreta (Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1998); Diesel 6002 (Vox, Bahía Blanca, 2002); Laspada (El Calamar, Bahía Blanca, 2004); Es lo que hay (poesía reunida) (17 grises, Bahía Blanca, 2010); Díptico para ser leído con máscara de luchador mexicano (plaquette) (Subpoesía, Buenos Aires, 2013); Blaia (Liliputienses, Cáceres, 2013; 17 grises, Bahía Blanca, 2015).