Víctor Quezada – Bulto [fragmento]

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La mamá me dice mataste a tu padre. Me dice, Víctor, mataste a tu padre. Camino río arriba cuando recuerdo esas palabras salidas del teléfono. La gente viene a la ribera a comer sánguches de vacío o bondiola, también a pescar en esta parte inmunda del río de La Plata, a andar en bicicleta por la reserva o a practicar deportes innombrables; hombres solitarios espían las actividades familiares con malicia o con deseo, a mi paso los miro preguntándome si seré uno de ellos.

Habían pasado tal vez dos años desde que partí de Antofagasta. Mi padre llegaba a la cincuentena y le envié una carta que decía cosas parecidas a las que por ese tiempo leí en libros, cosas de padre e hijo, cosas de hombres, supongo, cosas en las que afortunadamente ya no creo. La mamá leyó esa carta malentendiéndolo todo y hoy me llama otra vez para decirme que mi padre efectivamente está muerto, que murió anoche y que la vida se le fue mientras dormía, sin drama alguno, así como se les va la vida a los que apenas tuvieron por qué vivirla. ¿Cuál fue el último sueño de mi padre? Me pregunto, ¿a qué hora dejaron de moverse sus ojos? Pero el día es demasiado hermoso para amargarme con tales cuestionamientos.

Veo a un hombre parado frente a los diques mirando las formaciones de pequeñas naves. Parece absorto en la contemplación de un velero; sus tripulantes se aprestan a almorzar sobre cubierta, en medio de la ropa que destila al sol, colgada en la percha horizontal. Es un hombre alto y delgado, no parece ser uno de esos hombres extraños que frecuento en la ribera. Está absorto en la contemplación del velero, mientras otras familias llegan a renovar el contingente de ciclistas que vuelven a la profundidad de Capital. Las ciclovías del progreso conducen hasta el río y nuestras vidas son este río que va a dar al mar; ensayo una frase ridícula para acercarme y preguntarle qué piensa de la vida en altamar o qué opina de esos viejos que viven a bordo de sus botes.

Alertado por mis pasos, el hombre voltea mientras me acerco. Viste un saco oscuro y una impecable camisa celeste, no lleva corbata y el pelo, más encanecido en los costados, resalta unos limpios ojos azules. Su pantalón dibuja una curva descendente en la entrepierna, ese hombre no tiene bulto, es plano como una mujer o como un eunuco, ese hombre es como yo, me digo, es igual a mí, él podría comprenderme. Necesito hablar con él, preguntarle si le gustaría que zarpáramos al Atlántico para alejarnos de nuestras ciudades tan injustas, para alejarnos de los hombres que nos avergüenzan. Al fin y al cabo, de lejos, le digo, bien de lejos, yo podría pasar perfectamente por su hijo.

Parado frente a él llego a verme en lo más profundo de sus ojos, es un hombre pulcro, bien parecido, bronceado, me mira sonriente esperando que abra la boca, como si conociera de antemano la inmensidad de las dudas que me afligen, como si conociera de antemano el desarrollo y desenlace de nuestra historia que comienza.

La policía metropolitana rodea los diques, montados en sus bicicletas nos saludan y abren paso a los obreros que acarrean las cercas, los hombres emprenden una huida silenciosa, huyen hacia adentro de sí mismos por no tener otro lugar a donde ir.

 

*Fragmento de Bulto (Libros del perro negro, 2016)

 

VÍCTOR QUEZADA (Antofagasta, Chile, 1983). Autor de los libros de poesía Veinte (2004), Muerte en Niza (2010) y Yoko (2013), del relato bulto (2016), la reunión de ensayos Contra el origen (Marginalia Editores, 2016) y el conjunto de narraciones Compost (2013-), disponible en www.compostlibro.org. Es, además, editor del sitio de crítica literaria La Calle Passy  y uno de los investigadores del proyecto [sic] Poesía chilena del siglo XX.