Extracciones: Ensayos malogrados. Resabios sobre la muerte voluntaria [Alejandro Tarrab]

MI CRISTO MUJER ES BUFALLO BILL

Mi Cristo mujer es Buffalo Bill. Mi Cristo mujer abre en pares los campos y me muestra el abismo, detrás de la yerba.

Antes de apartar las matas me enseña ciertas plantas —las señala, las roza apenas sin cortarlas—. Para hacerla más llevadera, la vida, dice. Mi abuela, mi Buffalo Bill. No te escondas entre la yerba, dice, sé la yerba. Entonces saca una fácil, la caléndula, y después una más escondida: achillea millefolium, artemisa bastarda. Sé la yerba para cazar al búfalo, dómalo, para que te lleve dócilmente a casa. Sé el búfalo y sé la casa.

El búfalo parece indomable, nuestra casa está detrás del campo, detrás de las altas matas que preceden al abismo.

Tú mismo deberás domar al animal, para ser el animal. Tú mismo deberás buscar la caída, el regreso a casa y te harás uno con la caída, con el fuego y el agua y el paisaje. No fuerces las cosas, pero rómpelas, haz como que las rompes, aunque todo esté desmembrado de antemano, sé uno con el fragmento y el castigo del principio, pero no castigues, no te tires por venganza.

Pero a mis oídos y mis ojos de ser mago y de ser niño, todo aquel paisaje parece desvanecerse, algo en la voz trémula de mi abuela me recuerda la venganza: siempre habrá venganza. Aún así miro la yerba, anoto mentalmente los colores y los efectos de la caléndula, de la artemisa bastarda que combate las grietas, las llagas y la incontinencia. Repaso mentalmente las matas largas de la tierra y las matas blancas de la barba de mi abuela. Mi Cristo mujer, mi Buffalo Bill.

Intuyo entonces que mataré, que romperé las cosas y me sumergiré, igual que ella, por mi propia mano. Intuyo con qué fuerza ella se vio librada de la cruz y del calvario —mi Cristo mujer— y en qué forma y de qué manera volverá a morir, sin salvar a nadie, esta vez sin salvar a nadie. Intuyo el odio, la superstición, el repruebo de los otros y de mí mismo. La veo domando al animal, conduciéndolo dócilmente hacia un terreno más escarpado. Allí se arrojará —me digo—.

¿Es todo esto una despedida, la eterna despedida, la música del cielo?, ¿repasaré sus huellas, sus hondas huellas, hasta llegar a nuestra casa? Y más urgente: ¿perdonará alguna vez está mujer-búfalo las maldiciones, el odio proferido hacia ella por su arrojo? Me gustaría imaginarla diciendo: los niños, insensatos, no saben lo que escriben. Pero siento su mirada, desde mi superstición la fuerza del castigo.

Las matas de su barba se agitan hacia mí, hacia donde yo estoy detenido, a unos metros de ella, y es como si el viento desprendiera las partículas de polen, el polvo y el grano, para polinizar otro territorio, un terreno más claro, a un tiempo más soleado y desolado, más luminoso y más triste. El niño mago, el niño sacerdote, oficia su grito y su palabra hacia un templo en su interior. El dios que conoce es la repetición de dios en la boca de los otros. Pero ahora Buffalo Bill ha descendido, desatado, ahora monta a su animal de caza y se despide.

—Sé uno, sé uno en lo que eres y regresa. Yo estaré volando tras lomita, muy cerca, en las márgenes de aquella depresión, en el desfiladero.

*El texto pertenece al libro Ensayos malogrados. Resabios sobre la muerte voluntaria (Cuadrivio, 2016)

ALEJANDRO TARRAB (Ciudad de México, 1972). Poeta y ensayista. Autor de Siete Cantáridas (2001), Centauros (2001), Litane (2006), Degenerativa (Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen, 2009) y Caída del búfalo sin nombre. Ensayo sobre el suicidio (2015). Recientemente lanzó Ensayos malogrados. Resabios sobre la muerte voluntaria (2016). Parte de su obra ha sido traducida al inglés, al portugués, al francés, al checo y al serbio.