Romina Reyes – 1998 [relato]

La selección nacional clasificaba a su primer mundial luego de dos periodos de castigo. Todo tenía que ver con fútbol. Si salíamos del país, tendríamos algo que decir, alguna vez. Yo entonces no sabía nada. Vivía en un cerro de Viña del Mar, frente al colegio. Despertaba diez para las ocho de la mañana. Llegaba atrasado todos los días.

Sólo quería carretear. Iba a las casas de los amigos que tenían un patio grande y tomábamos de todo. Me gustaban mis compañeras, pero era amigo de todas. No me pescaban.

Podría decir que recuerdo cuando tomaron preso a Pinochet, pero no.

Cuando salí del colegio, comenzó mi largo paso por la educación superior. Estuve en una universidad privada, otra privada-estatal, y finalmente una estatal, lo que debería llenarme de orgullo, como si las cuotas del crédito con aval del Estado fueran más nobles.

Primero estudié ingeniería en acuicultura. Viví un año en Temuco, en una pensión. Recuerdo lo mucho que se daba en esa ciudad el incesto. Conocí a tantos hijos de primos que dejó de parecerme raro. Todos protegiendo sus apellidos alemanes, manteniendo el pelo castaño claro como si fuera una bandera.

Tuve un amigo, pero no prosperamos.

Al año siguiente volví a Viña y me inscribí en el servicio militar. Quería aprender a disparar. A mi familia no le gustó. Pinochet era un villano, igual que los milicos. Era una cosa de sentido común.

¿Cuánto tiempo pasó hasta que me arrepentí? Sólo unos minutos. Llegamos a un gimnasio donde nos asignaron a dedo los lugares donde deberíamos cumplir el servicio. Yo esperaba que me tocara en Valparaíso, pero me mandaron a Quillota, a dos horas de mi casa.

Allí nos calificaron de acuerdo a nuestra capacidad física. A los más flacos, lentos, enfermizos y bajos de estatura los devolvieron a sus casas. Yo pasé todas las pruebas, y pese a mi miopía, quedé en lista 1. Era un soldado ideal.

Ese año, saludé militarmente a cada bandera. También canté el himno de la dictadura, aunque ya me lo sabía. Aprendí a coser. Por lo demás, fue un año de hacer flexiones. Y también de preguntarme qué hacía ahí. Me hice amigo de otro soldado que, como yo, había estudiado algo que ya no recuerdo. Su plan, como el mío, era cumplir el año y volver a la universidad. Una vez lo castigaron con flexiones por hacer una pregunta que consideraron puntuda. Todo porque se refirió a Pinochet como “general” y no como “presidente”.

Hace poco me encontré con un compañero del servicio en un bus a Viña. Él cortaba los boletos. No me reconoció.

Cuando salí estudié Veterinaria, sólo porque me gustaban mucho los animales. Esta vez sí caí en Valparaíso. Yo soy hincha del Wanderers, el equipo rival de mi ciudad. Tengo un banderín al que le pinté la tercera estrella. Suena absurdo. En esos años la selección había perdido todo brillo. Nelson Acosta ya no estaba. La figura más conocida era Manuel Neira. Años después tendría un escándalo por masturbarse en un video que le mandó a una modelo. Todos los futbolistas salían con modelos. Bam Bam se iba a casar con Kenita Larraín. El fulgor estaba perdido.

Ahora trabajo rodeado de cuicos, y los que no son cuicos, son machistas, homofóbicos, ignorantes. Estoy en una agencia que es como un colegio industrial. Pero se supone que estoy bien. Estamos en Pedro de Valdivia Norte, lo que se considera un barrio bonito pese a que la mayoría no vive ni cerca ni aquí. Puedo usar zapatillas, y los viernes la cafetería se convierte en un bar. Paso largos ratos muertos frente a un computador bebiendo un café de máquina. Leo diarios en inglés, googleo “daños ocasionados por la marihuana” o busco fotos de animales bebés y se las mando a amigos. Nos reímos.

Ahora lo veo así: terminé haciendo lo que siempre me había gustado de chico: dibujar. Sólo que lo olvidé durante años. Después de veterinaria di otra vez la prueba y quedé en diseño gráfico, en Viña del Mar. Entonces ya tenía varias deudas, pero por fin me sentía bien. A los 22 años pude tomar una decisión que otras personas toman a los 18. Hago lo que puedo. Mi papá es contador, mi mamá trabaja desde la casa haciendo cortinas. Mi hermano hizo negocios y hoy vive en Antofagasta. Está gordo y jalero.

Y cuando pienso en el ’98, sólo puedo pensar en la selección. No había otra cosa de la que alguien como yo pudiera hablar. Las familias de mis amigos se endeudaron comprando televisores home teather para ver los partidos en sus casas. Y todos teníamos una parrilla. Sí me acuerdo que el Chino Ríos le ganó a Pete Sampras y fue número 1. Un tío mío estaba orgulloso porque Madonna dijo que tendría sexo con él. También podría decir algo de las casas Copeva, de la corriente del niño y de los cortes programados de luz. Pero ya no sabemos de eso.

Terminé mi carrera, tuve un hijo, conocí los jardínes infantiles de la universidad, donde no se celebra pascua ni navidad, sólo festividades relativas a los pueblos originarios o al país. Vine a Santiago por trabajo. Arrendé un pequeño departamento en un edificio tipo Paz Froimovich. Todos lo detestan, pero no me parece tan mal. Estoy en el piso 20. Los departamentos van del 2000 al 2014, lo que a veces me hace sentir confundido. Todos mis vecinos son colombianos, y se asustan con los temblores. Los sábados me despierto con una banda militar.

Veo la torre Entel todos los días, y me encanta.

Ahora recuerdo cuando llegué: tenía un colchón inflable, dos ollas y mi ropa.

Qué pobreza.

Romina Reyes (Santiago, 1988). Escritora y periodista. Ha publicado Reinos (Montacerdos, 2014).