Su Xiaoxiao – Cuatro poemas

rostro

aparece una imagen
que recuerda a un ícono bizantino los colores están
desteñidos y raspados
la erosión borra a medias los ojos que
miraban fijo parte los labios la delgada boca cerrada
desencaja las facciones
es el rostro de una mujer todavía se aprecia
el ribete rojo destacando al borde del velo
azul cobalto enmarcando la cara y la garganta oscurecida
esa piel tan tenue

no está el cuerpo

su cuerpo se desvaneció sobre una duna de polvo
abrasado siempre envuelto en telas de colores tersos
vivos el cuerpo
desapareció se descompuso casi al instante
como un fruto quemado por el
sol

el rostro no
la palidez de la piedra se desmorona despacio aguanta las grietas
componen el intrincado mapa del tiempo resaltan algunas conexiones
no evidentes pero hermosas agotadas
un soplo se desliza suavemente por todas las vidas de la vejez

 

sol

pero ella estaba allí en el tejado
donde se estaba pegando la luz del
sol la inmensa fruta blanca
deshaciéndose
fundiéndose en transparencia y lágrimas
estaba tan pequeña sus mejillas
como dos membrillos quemados
temiendo

el rayo blanco le iba vaciando las pupilas
y apenas podía ver nada pero tampoco
escabullirse
aquél era un lugar reseco humeante
crujían frágiles esqueletos de
pájaros desmenuzándose
sólo sobrevivían las rapaces
dando vueltas en torno al agujero luminoso
y abajo ella que apenas hacía sombra
entre las piedras del miedo
ella que apenas podía levantar la voz
para cantar y se le llenaba la música de
grietas los párpados tan finos

a lo lejos
una melodía de sal le abría el corazón

 

errar

a qué juegos te entregas dime
cada noche cuando las fresas se apagan
resplandecen azules en tu cesto a dónde te diriges
cuando sales quedamente
y andas de un portal a otro
arrastrando la capa de silencio y las ganas
tú y tu bestia fiel lamiéndote los pasos
qué disfraces qué máscaras qué
oscuras acrobacias planeas
cuando atraviesas la selva de neón el asfalto ardiendo
con los pies desnudos
dicen que sólo vas buscando
no la boca que más arda
el corazón hoguera no
sólo la piedra blanca que lleva tu nombre
escrito

te han visto frecuentar los descampados
y acampar bajo los puentes dicen que acaricias
el rostro de los mendigos mientras duermen
sus labios resecos
que golpeas hasta agotarte la puerta de
una casa ajena
cuentan que te han visto
beber el aliento de la periferia enferma
resplandecías
estabas rodeada de niños calvos de metralla
de caballos muertos

dicen que deambulas por carreteras vacías
que la lengua se te vuelve negra
sin embargo eres la misma que aguarda en el claustro
de la noche muy quieta
la que afila las palabras y después
a solas en su circo de sangre se va abriendo
fisuras
en los dedos
mientras el miedo se le vierte por la boca
como la savia de un árbol enfermo

 

golpes contra todas las esquinas

la náusea florece desde la garganta despierto
el cálido hilo de sangre borda la mañana
no se aclara el frío persiste rodea mis mejillas
con las manos negras
envuelve desde temprano las vísceras
la piel arrancada de los frutos

mientras
la descomposición avanza
ya trajeron los animales degollados
su sangre gotea en regueros desde el camión
el óxido su gusto inerte estancándose en mi lengua
ni siquiera está caliente

veo los rostros tirantes casi piedra
atravesar las calles la rígida espera en los andenes
un día más ese hombre con traje oscuro que no sube
a ningún tren porque no sabe a dónde llevan

oigo la dura cuerda cada vez más
tensa tanta gente
el sudor las suaves canciones murmuradas
sus huesos quejándose de arriba abajo
no

quería escribir sobre la nieve
quería contar una historia: había una vez
una mujer desencajada
compraba cada día las mismas cantidades
de leche y de lejía
quería comer nieve hasta volverme
transparente
después como campanas frías
tocar las palabras
la pulsación exacta el tañido debajo de la piel

pero

hay algo que no alcanzo a nombrar
algo una fuga que abre la zona de pérdidas
parece una hoja fina y afilada una melodía dulce
por eso quizá despierto
vacía como un pozo abandonado
y extiendo las manos
hasta sentir en los dedos el ardor
las pequeñas hogueras de la calle
el humo borrándome la cara

 

De La casa de la ciénaga (2015)

 

Su Xiaoxiao (Madrid, 1989). Realizó estudios de Filología hispánica y Teoría de la literatura en la Universidad Complutense. Desde hace casi cuatro años vive en París, donde ha cursado estudios de máster en Literatura y Edición en paralelo con su trabajo como profesora y su dedicación a la escritura y a la traducción de poesía francesa contemporánea. Algunos de sus poemas han aparecido en publicaciones digitales como la revista Kokoro, Transtierros o La Tribu de Frida. Recientemente ha publicado su primer libro: La casa de la ciénaga (Ártese quien pueda, 2015).