Rampage [Pablo Espinoza Bardi] – Guorquinprogres

INTRO

I got some bad ideas in my head.
Travis Bickle

My life’s been a circle of violence
and degradation long as I can remember.
Rust Cohle

Son las 6:35 am en una ciudad devorada por el desierto. El tiempo es ambiguo. Se estira y se contrae. Los recuerdos afloran, se abren como costras. El agua caliente te pega directo en la cabeza, se escurre por tu cuerpo envejecido a la fuerza. Duele. Los recuerdos afloran nuevamente y supuran dolor. Minutos antes, frente al espejo de baño, te enderezas el tabique nasal a la fuerza. La sangre cae a borbotones, arremolinándose en el sumidero. Te miras al espejo y no te gusta lo que ves, ya no te reconoces. La herida de bala quema el estómago, está adentro y se mueve. Una calibre 22, de esas que se deslizan entre músculos y órganos. Los golpes se sienten más fuerte con los años. Te acercas a los cuarenta pero te sientes de sesenta, o más. Sufres como nunca antes has sufrido. Te tomas la verga con rabia, tratas de forzar la erección… y piensas en ella, en el crimen, y un sentimiento de culpa te invade. Todo es confuso.

2.

Pienso en la Naranja Mecánica de Kubrick. Todo el tema de la ultraviolencia. Me gustan los performances de Alex DeLarge, el Singing in The Rain y la estética del mal. Es maravillosa la forma en que se muestra el crimen en el celuloide. Los primeros planos, las frases precisas… el trabajo de edición. Pero acá, en la realidad, es difícil. No se da, y créanme, lo he intentado. A veces fantaseo que tengo a mi víctima amarrada a una silla. Le muestro un martillo y le hago saber que perderá sus dientes, uno por uno. Ese fue el año de la cabra, de Park Chan-wook, de Oldboy y de la muerte de mi padre.

El ejercicio o entrenamiento mental me ha servido bastante. El pensamiento aflora como quien enciende un interruptor. La idea es que tiene que darse de forma natural. Seguí al anciano calle abajo. Lo seguí por varios minutos. Siempre salía de casa a la misma hora. Sacaba a su perro, un poodle, lo llevaba a cagar lejos de su área. Su caminar me causaba gracia. Imaginen por un momento: hombre mayor, rechoncho, cara rosada… un viejo saludable, con ropa deportiva térmica, y cuando caminaba movía sus brazos y culo como pato. Vivía con su esposa, una anciana que al parecer estaba en las últimas. ¿Y cómo sabía todo eso?, bueno, pues vivo en la casa de al lado, además, soy muy observador y me gusta, a modo de hobby, pensar en la forma en que pueda llegar la muerte, ser el nexo o el instrumento. Bueno, ustedes me entienden. Pero con los años lo teatral va quedando atrás. Los artilugios, el drama, las palabras precisas “al momento de”, todo aquello va quedando en un segundo plano. El minimalismo es mucho mejor. Así, ¡paf!, de la nada. Un golpe seco en la cabeza, un empujón y el destornillador directo al cuello… o una bala en el cráneo, sin palabras, sin motivos, siguiendo el impulso inicial. Pero imagino que saben a lo que me refiero con impulso inicial, ¿no? Significa no pensar demasiado. No gastar neuronas, sólo actuar, el instinto básico, primario… así, ¡paf!, de la nada.

11.

A pesar de todo fue un día productivo. No siempre acudo a un local para tomar desayuno, pero ese día me vino la tincada y entré, pues, además de hacer frío aquella mañana, “las tripas me sonaban” bastante. Pedí una paila de huevo con café. La señora pasó el paño en el mantel plástico, botando las migas al suelo de forma brusca. Su rostro era poco amigable. Me molesté un poco, digamos que soy a los que les gusta que los atiendan con una sonrisa en la cara. Me gusta sentir la seguridad de que todo estará bien. A los minutos entran al local un par de sujetos. Uno tenía una barba bastante descuidada y usaba una polera con un Johnny Cash a punto de mandarte a la mierda. El otro usaba lentes de sol y una guayabera bastante chillona. Ambos llamaban demasiado la atención y se reían bastante. Pedían algo y luego volvían a pedir algo distinto. La señora anotaba y borraba en su libreta con algo de impaciencia. Los tipos le hacían preguntas incómodas a la señora, preguntas personales y subidas de tono. Uno de ellos botó de un golpe la azucarera. Lograron romper la defensa psíquica de la mujer y esta quedó imposibilitada ante el actuar de los sujetos. La mujer estaba paralizada. Algunos que tomaban desayuno en el local se largaron de inmediato. Pero yo me quedé, quería saber en qué terminaría esto. Rara vez metes tres tigres en una jaula. Los tipos no paraban de hablar. Pero lo hacían mal. Eran una mala copia de Los Asesinos de Hemingway. Los tipos disfrutaban de la verborrea. El de barba y polera de Johnny Cash sacó un revólver y apuntó el arma en varias direcciones. Yo tenía mucha hambre. Me gusta la paila de huevo con café, hace tiempo que no me servía una. Pensaba en el pan caliente untado de huevo y la boca se me hacía agua. Me paré en dirección a la cocina ante la mirada de los clientes que aún quedaban en el lugar. Necesito hablar con el cocinero, dije. El de lentes de sol y guayabera se me acercó de forma agresiva. Me apuntó con un arma que sacó tras el pantalón al tiempo que comenzaba con su monólogo. Por favor, termina de una vez con tu mierda de Tarantino, le dije de forma autoritaria. Debo admitir que de igual forma me traicioné, pues me di el tiempo de narrarle un extracto de Los Invasores de Egon Wolff, pero además, era la oportunidad y el momento preciso de hacerlo: “Los que saben matar no le ponen nombre al acto. Simplemente aprietan el gatillo, y alguien muere. Uno le pone nombre a las cosas para ganar tiempo”, dije, mientras le apuntaba con el dedo mi arma bajo la camisa. El sujeto de lentes de sol y guayabera chillona se quedó inmóvil. Su amigo de barba y polera de Johnny Cash, de igual forma, terminó con el parloteo. Pude ver algo de humedad en sus lentes de sol. Eso denotaba inseguridad y nerviosismo. El tipo no dijo nada y se largó con su compañero lanzando puteadas. Al parecer, tan sólo querían jugar. Por el mal rato y por ser el héroe del día me atendieron de maravilla. Hasta me repetí la paila de huevos y por cuenta de la casa. Como dije, a pesar de todo fue un día productivo, y lo mejor, es que la señora al fin pudo atenderme con una sonrisa en su rostro.

Pablo Espinoza Bardi (Arica, 1978). Ha publicado los libros de narrativa: Necrospectiva (2010-2014 y 2015), Cuentos de Gore, de Locura y de Muerte (2011-2015) y La Maldición de los Whateley’s y otros Relatos (2011). El 2013 publica su poemario: Urlo: AKA Trazos de la Muerte. Algunos de sus textos han sido incluidos en: Game Over, Antología del relato de videojuego (2012) / Tea Party: Antología trinacional: Perú-Bolivia-Chile (2012) / Nunca salí del horroroso: Relatos sobre la violencia en Chile (2013) / Chile del Terror, una Antología Ilustrada (2014-2015) / Antología MetaLenguaje (2014) / Chile del Terror, Visiones Lovecraftianas (2015-2016) y Juegos Cruzados: Perversiones Literarias Chile-Argentina-Perú (2015).