Cecilia Ananías – Hugo

Como cada mañana, se levanta con el primer resplandor del día para ejercitar. Durante una hora, en aquella casa no hay más sonido que el de sus pulmones resoplando trabajosos para correr, saltar, levantar y flexionar. Hace lagartijas como si no tuviera setenta y cinco años, como si no se quejaran las articulaciones resquebrajadas, como si el frío de la madrugada no le atravesara la piel manchada y mustia.

Su maratón contra el tiempo no tiene nada que ver con el miedo a envejecer ni con vanidad. Arriba de la escalera de alfombra desteñida y más allá de los cuadros campesinos, reposa el premio a su esfuerzo. La pilla respirando despacito, como si no quisiera molestar ni siquiera con sus quejidos, acurrucada en el cubrecama rosa:

—Buenos días, Normita —le dice sosteniendo un pote de yogurt. Peso sólo le llega una profunda mirada de caoba de regreso. Unos ojos que desde hace varios meses sólo reflejan tristeza y miedo.

—Tienes que comer —la anima. Estira la cuchara con delicadeza y aunque la boca la tiembla, como si le costara un mundo accionar la mandíbula, logra saborear la comida que le ofrece.

Ese montoncito de mujer, esa flor marchita, es lo poco y nada que le queda. Se la comenzó a deshojar un cáncer cerebral hace dos años atrás, primero, doblegando sus rodillas; luego, descalabrando sus memorias y finalmente, sumiéndola en un mutismo eterno. No sin antes haberla hecho alucinar con sus propios infiernos.

Normita, a veces veía vagando por el pasillo al hermano que se le desangró en sus brazos, a la madre que la rechazó desde que posó su boca en sus senos y la nieta que nunca la quiso. Se trepaban a su cama con los ojos negros y la boca llena de sangre, hasta hacerla gritar la palabra que atesoró hasta la oscuridad absoluta:

—¡Hugo!¡Hugo! —exclamaba con la mirada enloquecida. Y entonces, él la estrechaba entre sus brazos y con su calor desvanecía a los fantasmas. Los mismos brazos curtidos de años y sol que le daban de comer en la boca, que la cambiaba de posición en el colchón, que la arrastraban hasta el baño.

Unos brazos viejos, canos y desgastados, pero que nunca se quejaban del peso de sus huesos, que nunca se rendían de acariciarle su cabellera cobriza o de tomarle la presión. Los brazos que le administraban medicamentos, que calmaban su llanto.

—¡Hugo! —le gritaba y él corría como si fuera un chiquillo enamorado.

Se negó a contratar una enfermera y la cargó hasta su baño portátil, hasta que un día notó que sus piernas tiesas y entumecidas cedían al sentir el contacto con el suelo, convirtiéndola en un amasijo de huesos imposible de sostener.

Acobijó ese cuerpecito pálido y blandito hasta que se dibujó la primera humillante escara sobre su espalda. Y como si de pronto se sintiese inútil e irreparable, una tarde, Normita se durmió y no volvió a despegar sus párpados. No más ojos de miel asustados, no más quejidos ni fantasmas: la encontró apacible y entregada, sabiendo que se iba a un lugar donde no volvería a morderla el cáncer.

Y las manos de Hugo se aferraron a su piel, a su último calor, a la cama, a su rostro, mientras lloraba con desesperación, sin querer soltarse jamás de la mujer que la estremeció hasta el final de sus días.

La sacaron de la casa con los ojos maquillados de violeta y usando su chaqueta favorita, como si se encaminara a una fiesta. Y Hugo la lloró hasta que vio su ataúd desaparecer bajo la tierra, en medio de un día de verde y neblinoso. Pésames, desconsuelo, los tiuques graznando y un desabrido Ave María: ya nadie podría dañarla.

Se obliga a volver a su hogar, aunque sabía que lo encontraría lleno de vacías y olor a medicamentos; un hogar despojado, desnudo. Así que se tiende a descansar en una cama de otra habitación, porque no quiere deshacer el hueco que dejó su cuerpo donde durmieron por cuatro décadas juntos.

Se toma una pastilla o dos, para hundirse en un sueño anestesiado y aséptico. Pero no alcanza ni a flotar dos horas en ese mundo mullido y paralelo, cuando un aroma a colonia floral y un eco lo sacó de ese sopor profundo. Y del eco claramente pudo entender: le gritaban “Hugo”.

CECILIA ANANÍAS (Concepción, 1990). Periodista y escritora chilena, egresada de la Universidad de Concepción. Hoy cursa el Magíster en Cs. de la Comunicación de la Universidad de la Frontera, donde investiga Medios de Comunicación y Violencia de Género. Ha sido publicada en distintas revistas electrónicas y de manera impresa en Revista Mocha y El6A. También ha sido distinguida en distintos certámenes, como el primer concurso de literatura realizado por Balmaceda Arte Joven Sede Concepción (2009), el Concurso Nacional Poesía y Cuento Joven de la Universidad de Valparaíso (2009), el Concurso Nacional de Poesía y Cuento María Angélica Bustos (2012) y en el primer certamen literario organizado por el Movilh (2013). Fue editora y fundadora de la revista digital Letra Muerta. Actualmente se desempeña como periodista de la Asociación de Académicos y Académicas de la Universidad de Concepción.