Álvaro Cordero – Tres relatos breves

DESVARÍOS

¡Cíñete al guión! —me grité.

Hace tiempo pensaba decirme eso hasta que lo oí aquella noche. Cuando fui a dormir pensé en las criaturas, pero no les di importancia. Más que mal teníamos que hacer lo nuestro. Los velos de los ángeles se difuminaban entre los cuerpos empolvados y las telarañas en sus alas inertes no hacían más que mostrarlos pequeños dentro del clóset.

El dolor siempre se tiñe de amarillo, date cuenta. Una vez que lo sientes, los párpados se te agitan por segundos hasta detenerse. En ese momento sólo pienso en acostarme, aunque la habitación se llene de agua.

El tiempo es una cama elástica. Los órganos de iglesia saturan el lugar hasta decolorarlo. Dentro de los espacios de la noche, tus mismos latidos, tras los pasos del asesino, aparece la muerte.

Cada vez que trato de ver, me encuentro en la paz eterna y el resplandor me deja ciego. Y por lo demás se acaba el tiempo. Los algodones se deshacen, la niebla se avecina, dejándonos paralelos. Cuando piensas en un posible escape, la escotilla se ha cerrado.

La lluvia ahora es un cuerpo de mujer que bambolea sus caderas y el arco iris, como una estela, son la partitura de los violines que suenan como el soundtrack de un manicomio. Las tubas abren su ritmo ciclópeo y te florecen los oídos. El aire está demasiado fláccido. Hasta que fijo mi ojo en la guitarra y rasgueo su clítoris. Me desespero, quedo sin aliento y todo es silencio de nuevo. Como en un coro sin palabras, sin nada, sólo las túnicas colgadas.

 

RABIA

Pude ver mis manos alrededor de su cuello, apretando de tal forma que sentía su pulso entre mis dedos, su manzana de Adán subiendo y bajando desesperada en busca de aire, su cara tornándose de un rojo furioso y los ojos a punto de salir disparados de sus cuencas. Una especie de murmullo ahogado saliendo de los labios entreabiertos y secos, una especie de llanto moribundo, un…

“Disculpe” —dijo el hombre, al pasar junto a mí en pleno paseo Ahumada después de chocar conmigo y seguir su camino hasta desaparecer, junto con todo mal pensamiento en mi mente.

 

CELOS

¡Maldita sea! No sé por qué me enamoré de una mujer tan bella. Creí ser el hombre más dichoso en la tierra al conquistar su amor, pero ése solo sería el principio de todas mis desventuras. Jamás me imaginé los problemas que me traería.

Aún siento celos. Todos siempre la admiraron: en la micro, en las reuniones que asistíamos, en la calle, en todas partes. No podía soportar que hablara con mis amigos, todos sonriéndole alelados y boquiabiertos mientras ella se erguía orgullosa al ser el centro de atención. Todos enceguecidos ante esos ojos felinos, el cabello rizado, su boquita roja y esa nariz pequeña, perfecta. Hasta a mi hermano lo sorprendí conversando con ella a solas un día, ¡Dios mío! Habrase visto semejante atrevimiento.

Comencé entonces a vigilarla a donde fuera que fuese, a seguirla a todas partes y en todo momento, pero siempre la sorprendía saludando de beso a sus amigos y abrazando a sus familiares. Discutíamos siempre. Decía amarme, que yo era su único amor, pero yo no podía creerle, no me cabía en la cabeza tanto engaño. Entonces un día decidí encerrarla en su cuarto para que no viera a nadie. No contaba con que sacara su cabeza por la ventana y hablara con la demás gente.

Hasta que por fin se me ocurrió la solución definitiva a nuestro dilema. Se me ocurrió enterrarla, en un gran cajón con un tubo de oxígeno, para llegar cada noche a verla. Al principio se resistía, pero luego accedió ante la idea de que termináramos. Así, un día cualquiera, se introdujo en el féretro, nos besamos y luego clavé la cubierta como de costumbre.

Pero aquella tarde, demoré más de la cuenta en llegar a casa luego de juntarme con mis amigos a beber unas copas. Cuando abrí la caja ella estaba muerta, con una cara de espanto que nunca había visto, con los ojos desorbitados, sus manos contra la tapa y el estanque vacío. Lloré. La abracé, la besé en los labios, le hice el amor y, muy a mi pesar, decidí dejarla enterrada.

Hasta que al cabo de unas semanas me moría por verla, por sentir su piel ahora fría, por un último beso de ella aunque su aliento me provocase náuseas. Entonces la desenterré nuevamente y cual sería mi sorpresa al ver que los gusanos recorrían su piel pálida y descompuesta, apareciendo del interior de unas manchas violáceas y oscuras en ella, derramando pus. Eso fue el colmo. ¡Dios bendito! Que ni siquiera muerta la dejasen en paz.

De eso ya hace seis meses. Todo este tiempo he estado junto a ella en nuestro lecho. He traído junto a la cama un tiesto con agua, la cual bebo poco a poco. No me separo de ella ni para ir al baño. De hecho, hago aquí mismo, en un rincón. Una vez que se me acabó la comida que traje a la pieza, me he alimentado de ella, devorando extasiado sólo los trozos que se le desprenden… sería incapaz de hacerle daño. Y casi no duermo, ya que debo evitar que la toquen las moscas.

Álvaro Cordero Aguilar (Concepción, 1975). En 2008 ingresa al taller de novela dictado por el poeta Diego Ramírez y la escritora Eugenia Prado, que junto a cinco alumnos más escriben la novela colectiva El resto de los niños (inédita). Ha participado en diversas antologías y talleres de la editorial Moda y Pueblo, publicando en el 2011 el fanzine de poesía No todas las mujeres son malas. Textos suyos aparecen en la antología Metalenguaje (Ajiaco, 2014). En 2014 publica Hiel  (La Liga de la Justicia Ediciones).