Cristian Lagunas – Lobos y cubos Rubik

Hoy fui a la habitación de Daniel y retiré sus dibujos. El pegamento se quedó adherido a las paredes. Después fui a lavarme las manos y, mientras lo hacía, miré hacia el espejo. No pude verme, ¿saben? Lo vi a él. Pienso que era una extensión de mí, porque la gente siempre le decía “eres igual a tu padre”. Ante los mimos, sus respuestas eran mordidas. La piel prensada por dientes de leche. Al salir del baño me senté en el sillón y observé nuestra mesa, coronada por comida descompuesta. Los platos tenían aún restos de la última cena, en la que él tenía su cubo de Rubik entre los dedos y yo le pregunté la razón por la cual no me hablaba. El cubo de Rubik es un misterio, dijo. Tomó el tenedor y se lo introdujo en la boca, así, sin nada ensartado; me miró un par de segundos, desafiante, y tuve que actuar rápido porque comenzaba ya a atacar su propia lengua, que casi nunca produjo sonidos. Me habían advertido que sus periodos de silencio eran completamente normales, pero, ¿no quiso decirme algo con la mirada? ¿Proponerme un reto? ¿Buscar un hilo de comunicación? No me respondan. Intenté reconstruir su voz mientras caminaba en el lodo, pero no pude. Me hicieron falta sonidos. Varias veces lo había hecho ya. En diálogos falsos y a la deriva. Así hablábamos Daniel y yo, en la mente. Porque cuando dos extraños viven en casa, sólo pueden comunicarse por telepatía.

Dibujo: Pequeños cuadros de colores hacen un cubo de Rubik.

Los pies en la tierra. El chico camina, sujeta la mano del padre. Nadie se ha tomado la molestia de talar los árboles o apartar la maleza. Daniel escucha las hojas, los insectos. Mira las huellas de los que han caminado el mismo sitio. Padre e hijo siguen una línea de cicatrices en el lodo (así parece que fue). El niño cierra los ojos y toca los dedos del padre. Ciego, adivina el pasado en braille dérmico. Busca una certeza de sí mismo. Tiene siete años y el cabello crecido. El padre sólo exige que camine más rápido. ¿A dónde vamos?, pregunta el otro. Pronto lo sabe. Frente a ellos, el agua. Sobre el agua, un bote.

Dibujo: Daniel había dibujado peces que hablaban. Se había dibujado a sí mismo inclinado frente a ellos, intentando alcanzarlos con el dedo. Pero encima, trazos grises y redondeados, amenazaban soltar una lluvia.

No pude hablar con él por varios días. No pude sino darle de comer y bañarlo con brazos temblorosos. Tampoco pude dormir. ¿Ustedes esperaban que la vida siguiera como antes? Él, huérfano de madre, yo viudo. Los platos sin lavar. Una barrera invisible sugerida entre él y yo. ¿Quieres ir al parque?, le decía, podemos hacer lo que tú quieras. Me agachaba para mirarlo escondido en el armario o debajo de la cama. Y después, ustedes saben, mordió a un chico menor que él. Lo hizo con tal violencia que le arrancó un trozo de carne. No pude contenerme, saben, me dio rabia: lo golpeé en la escuela frente a los chicos. No pude soportarlo. ¿Sangre ajena escurrir de sus labios? Una deshonra.

Lo expulsaron. El resto de los niños lo señaló con el dedo. Fue él y decidí dejarlo en casa: terrible decisión. Por las mañanas abandonaba el hogar, él dormía. En las noches volvía de la oficina y lo encontraba sobre el piso de duela. Él no notaba mi presencia, o fingía no verme. Cerraba los ojos y yo, recargado en el marco de la puerta, le anunciaba que había regresado.

Tenía que hincarme, ponerme frente a él y tomarlo por los hombros. Lo sacudía. Daniel, volví. Pero no había respuesta. Me mostraba los dientes. De perfil, los colmillos. Habíamos visto en la televisión un programa en el que un lobo agresivo los exhibía. El hacía lo mismo. Cuando el lobo cazó y se alimentó de carne cruda, Daniel apagó el televisor. Le pregunté qué sucedía. El mundo, dijo, con la mirada hacia el piso. El mundo no merece ser visto.

Lo llevé a la mesa para cenar. Se sacudió, tuve que amarrarlo a la silla. Había empezado a hacer eso cada vez con más frecuencia, frenético, hasta tronarse las vértebras. Pero siempre con los ojos cerrados. Como esa vez: no los había abierto en un buen rato. ¿Por qué el mundo no merece ser visto?, inquirí, y él abrió los ojos. Fauces, dijo, hoy aprendí esa palabra.

Espera aquí, le dice. El niño espera. Mira el agua y al padre alejarse. El bote está astillado. Sentado sobre él, el chico observa los peces. El padre le ha prometido pescar en el río (eso nos lo contó él). El padre se encuentra en tierra firme, varios metros más allá. Se recarga frente a un árbol, se tropieza con raíces, se ahoga con su propia saliva. Nada de eso importa al hijo, que observa las ondas curioso, como mira geometría en sus juguetes. El padre siente que va a vomitar y se inclina. No lo hace. Piensa que podría soltar el bote: al niño se lo llevaría la corriente y alguien lo encontraría en unas horas. Mira sus pies y se aproxima al bote.

El padre toma la cuerda con manos temblorosas. Es una cuerda gruesa que ha amarrado bien al bote. Al tocarla, lo lastima. No pudo ser una extensión de mí, piensa, él no pudo ser como yo (eso creemos que piensa). El agua se agita.

Dibujo: Daniel ha tachado la boca del padre con trazos rojos y la suya con trazos azules. Pero el padre era el único que estaba oculto entre la tosquedad de los árboles.

Había pensado hacer una visita al bosque, ¿ya dije que él repetía esa palabra mientras dormía? Bosque, bosque, bosque… Y por las mañanas dibujaba troncos en hojas de papel, o directamente en las paredes. También animales. Creí que, tras nuestro viaje, se reintegraría a la escuela y dejaría de escuchar voces en su cabeza, como él decía que sucedía. Eso fue la semana pasada y ahora estoy aquí, contándolo todo.

Conozco el bosque porque mi padre me llevó varias veces. Pensé que Daniel y yo podríamos pescar juntos o buscar insectos, si es que el río no se había contaminado. Así fue. Tomamos la ruta a toda velocidad. Daniel me preguntó dónde estábamos. Pude haberlo mirado, cuando eso pasó, pero presioné sus diminutas falanges. Despacio, sin poder creerlo del todo, hasta parar su flujo sanguíneo. Estaba sorprendido. Una pregunta, dos palabras. Ni una más. Mi asfixia fue producto de su voz. El “dónde estamos” era lo primero que decía después de varios días.

Había rentado un bote. Lo llevé hasta él. Mientras caminábamos, pensaba en lo inútil que había sido todo. Perder a mi esposa. Nunca haber tenido a mi hijo, realmente. Reconstruir fragmentos de memoria, como piezas de rompecabezas. El camino incompleto, las caras del espejo rotas.

Después dejé a Daniel en el bote.

Pensé en cómo se terminan las cosas que uno empieza.

El padre desata el bote y el niño se agita, como electrificado. No hay peces, sólo rocas. El bote se desliza. Daniel grita con horror al ver el cuchillo, antes destinado a destripar peces, sobre el cuello del papá (así fue, así escribimos que fue). Cállate, le ordena éste, pero el niño no puede hacerlo. Siente espumosa rabia en las encías. Daniel había mordido al niño menor, que contraatacó con su manita desgarrada. Sí, manchó el salvaje rostro del niño feral.

Luego una hoja afilada de acero inoxidable se desliza.

El padre dirige el bote a la orilla y desciende. Se tropieza, cae sobre el lodo. Mira, derrotado, la multiplicación vegetal.

Dibujo: Los dientes del lobo escurren pequeñas gotas de sangre. Debajo, un dedo apenas visible, un esbozo de uña.

Hoy fui a la habitación de Daniel y desordené los cubos de Rubik. Los había resuelto todos. Tiré los dinosaurios a la basura. Miré el pegamento en las paredes y después fui a mirarme las manos. En mi reflejo, no encontré certeza de mí mismo, ni de si podía extenderme. Cubrí mi imagen con vaho. No pude exhalar lo suficiente. Entre él y yo, hubo que hacer una elección. Pero Daniel, seguro, lo habría hecho mejor. Créanme, se los cuento, créanme cuando les digo que dejó de gritar al cabo de un rato.

14479738_10210614126490676_3698703534334642148_n_fotorCRISTIAN LAGUNAS (Metepec, México. 1994). Tiene estudios en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa y en el Programa de Escritura Creativa de la Universidad del Claustro de Sor Juana. Ha colaborado con textos narrativos y críticos en diversos medios de publicación periódica; otros aparecieron en 25 golpes de suerte (Lectorum, 2013) y en Los muertos no cuentan cuentos – Antología de narrativa joven del Estado de México (FOEM, 2015). En 2014 fue becario del Fondo para la Cultura y las Artes del Estado de México, en la categoría de Jóvenes Creadores.