Inéditos: Cuatro poemas de Juan José Rodinás


7 LEYENDAS URBANAS SOBRE SEXO QUE RESULTARON SER CIERTAS

Todo es desastroso.
Todo es degradante.

Incluso esa flor que crece en la vereda
podría denigrarte si te das la oportunidad.
Te humillaría con elegante precisión (y con justicia).

Te diría:
idiota ciclotímico, nerd ignorante, sicópata sin fuerza.

Tú te acercarías a golpearla
y ella, jodida magnolia, te rompería una mano.

(En el fondo, eres un tipo demasiado cordial para decir “no,
venga más tarde”).

Una pareja de jóvenes que viera semejante estupidez diría
“qué bella es la interacción de los seres deformes, ¿no, amor mío?”


IDEAS EXTRAÑAS SOBRE EL UNIVERSO

La ciencia dice:
el universo es homogéneo e isotópico.
Es decir: todo está repartido más o menos igual.
Un colibrí podría atravesar la noche
(un grumo de materia oscura)
aquí o en el planeta Oreo de Alfa Centauro.

Básicamente, no hay zonas ricas, ni pobres.
La socialdemocracia se impone en la química espacial.

Nadie ocupa un lugar selecto en el cosmos
y en cualquier dirección
hay el mismo tipo de cosas.

Por eso, da igual si beso tu nuca o tu ombligo
o la boca del vecino o los postes o las latas de supermercado
o la energía oscura que provoca la expansión del universo entre tus dientes.

Todo destino para los labios es irrelevante.
Irrelevantes son también los labios.

Y tú me lo preguntas,
justo cuando trataba de besarte
con un satélite averiado,
y quedabas deshecha, automóvil en marcha,
rellena de chicas gordas de un planeta
donde los seres sabotean cualquier cosa
que pueda escribirse alguna vez sobre ellos.


ANDRÉS OBJETO: EL TANATOIDE DESEMPLEADO

Miro televisión porque no hay mundo.
Largas avenidas de supermercado.
Un bosque de avenidas
donde mi cerebro es una carretilla con sánduches.
Me venden a 7 dólares ochenta.
Soy caro.
Un bosque donde los niños con dislexia
dibujan la cara del presidente para que luzca guapo.
Anuncio.
Miro televisión mientras el periodista me come con mostaza.

Quizás, soy delicioso.
Guerra en Siria y una fábrica
se puso a elaborar camisetas contra la guerra.
No dudes que comprando una camiseta contribuyes
a que la guerra se conozca más y continúe.
Toma tu té con menta y mira los niños morenitos.

La televisión es comestible.
Yo me como un televisor: mmm. Delicioso.
Miro televisión en un canal blanco sin gérmenes
cuando pasa un carrito de compras con un niño baboso
(papá dame eso y eso, eso y eso)
y soy ese carrito de compras.
Quizás tenga cabeza de pelota cursi.
Yo mira televisión,
mientras come nachos con queso en pasta y hot-dogs,
e imagina los carritos de compras
y los gérmenes nadando en la leche más fresca.

En realidad, yo
(el hombre imbécil, el zapallo barbado)
quiero un día de sol muy cerca de las ovejas que sueñan oveja,
pero solo divisa esqueletos de cabra en su cerebro.
Así, la señal que transmite mi vida hacia mi vida
es tan suave y patética que ya no me transmito.
De pronto, la señal falla, no me transmito, canal amor,
canal existencia, canal orquídea podrida en el ojo de un perro.
Habitación en blanco, con goteras, sin muebles.

En la guía televisiva, este poema, el crítico dice:
eres un programa defectuoso, decorado con cráneos,
y el jefe de producción dice que pase el retrasado
y pasa un hombre corriente con su carrito de supermercado
a un set donde los asistentes llevan palos de golf
no para golpearlo,
pero sí amenazándolo para que no regrese.


¿QUIÉN EMITIÓ EL SIGUIENTE COMUNICADO?

Y bueno:
hay un problema
entre la vida y la burocracia del paisaje.

Paisaje: un molino de viento en la montaña
donde hace siglos se vienen construyendo multifamiliares para la mente.

La Burocracia del paisaje sería como
ese administrador de empresas turísticas
que se recuesta en el asfalto a planear dónde poner un campo de trigo
(entre la carretera y un cielo de postal)
para que el conductor imaginario se extasíe al ver semejante maravilla.

“Yo” es una palabra excesiva porque se inclina hacia sí misma:
y el administrador de empresas metafísicas,
libélulas y tubos de ensayo de antiguos laboratorios industriales
debe ceder terreno ante la evidencia
de que la vida es demasiado material
(y no el sueño de una ardilla en una tarde de agosto).

En fin, un problema que refacciona los refrigeradores del lenguaje.
Wittgenstein tiene una aguja gigante en la cabeza,
mientras surfea en un mar que hemos recortado sobre un mapita de cartón.
Por ejemplo, ahora que hago cartas para el Gobierno,
quisiera salir corriendo.

Mi casa se parece a una lata de cocacola
y un cielo de aguardiente nos anuncia lluvia destilada.

La imagen de que estoy solo
en una taza gigante me preocupa:
me mezclan con una cantidad específica
de edulcorante. Podría, con el tiempo,
llegar a ser delicioso. El sabor es un método
de negociación entre las papilas gustativas que actúan como rehenes
de una democracia del sentido del que la mirada es -ocasionalmente-
una parte. Ojo por ojo, diente por estrella,
la vista regula el amor entre una colina y otra,
la depreciación de ciertas estructuras en las que el automóvil sube
para hacernos creer que no hemos fracasado en nuestra vida.
Esas cosas que el burócrata sabe meramente teóricas
como ese minuto que separa la transmisión de video en directo
del accidente en presencia del niño irrelevante, insignificante, vacío.


JUAN JOSÉ RODINÁS (Ambato, 1979). Poeta ecuatoriano. Ha publicado Los rastros, Viaje a la mansedumbre, Barrido de campo, Código de barras, Cromosoma, Estereozen y Anhedonia. Además, ha reunido su trabajo en antologías personales como Los páramos inversos o 9 grados de turbulencia interior. Sus poemas han sido incluidos en libros como Equinoccio (Guadalajara, 2015), Bandadas (Bogotá, 2014), País imaginario (Madrid, 2014) o Poesía de Ecuador (Madrid, 2009). Recopiló —junto con Luis Carlos Mussó— el libro Tempestad secreta. Muestra de poesía ecuatoriana contemporánea (Quito, 2010). Como traductor publicó el libro Una cosa natural. Veintinueve poetas norteamericanos. Además, ha publicado varios ensayos sobre cultura, semiótica y estudios literarios. Ha obtenido algunos reconocimientos como el Premio Internacional de Poesía Joven La Garúa 2007 y el Premio Festival La Lira 2013. Actualmente, cursa un doctorado en Estudios Hispánicos en la Universidad de Leeds.