Charles Bukowski – 2/8/92 1:16 am [versión de Cayo Caectus]

Contenido en El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco.

¿Qué hacen los escritores cuando no están escribiendo?

Yo, voy al hipódromo. En los primeros años moría de hambre o estaba en empleos de mierda.

Me mantengo alejado de los escritores, o de la gente que se hace llamar escritores. Pero desde 1970 hasta 1975, cuando tomé la decisión de escribir o morir, los escritores llegaron, todos ellos poetas. POETAS. Y descubrí una cosa curiosa: ninguno de ellos tenía algún medio visible de sustento. Si sacaban libros, no se vendían. Y si hacían lecturas de poesía, sólo unos pocos asistían, digamos otros cuatro o catorce POETAS. Pero todos ellos vivían en bonitos departamentos y parecían tener mucho tiempo para sentarse en mi sillón y beber mi cerveza. Me había ganado la reputación de ser el alocado en la ciudad, de hacer fiestas donde sucedían cosas innombrables y mujeres dementes bailaban y rompían cosas, o que echaba gente de la terraza de mi casa o que habían redadas policiales o etcétera y etcétera. Muchas de estas cosas eran ciertas. Pero también tenía que escribir para mi editor y para las revistas que me pagaban y me permitían pagar la plata pa’l arriendo y el copete, y esto significada escribir prosa. Pero estos …poetas …sólo escribían poesía… yo pensaba que lo que hacían era flojo y pretencioso… pero seguían con ello, se vestían de una manera bonita, parecían estar bien alimentados, y tenían todo este tiempo para sentarse en un sillón y hablar –acerca de su poesía y de si mismos. Les preguntaba a menudo, “Oye, cuéntame, ¿cómo lo haces?” Ellos sólo se quedaban ahí, me sonreían y bebían mi cerveza esperando a alguna de mis dementes mujeres, esperando que de alguna forma les cayera una migaja: sexo, admiración, aventura o quién sabe qué.

En ese entonces se me hizo claro que tenía que deshacerme de esos renacuajos. Gradualmente comencé a saber sus secretos, uno a uno. Lo más común era que en el fondo, bien escondida, estaba la MADRE. La madre se hacía cargo de estos genios, pagaban el arriendo, la comida y la vestimenta.

Recuerdo una vez, en una inusual estadía fuera de mi casa, yo estaba sentado en el departamento de este POETA. Era muy aburrido y no tenía nada para beber. Él se sentó hablando de cuán injusto era que no fuera más ampliamente reconocido. Los editores, todos estaban conspirando contra él. Me apuntó con el dedo:

—¡Tú también, tú le dijiste a Martin que no me publique!

No era cierto. Luego comenzó a quejarse y a balbucear sobre otras cosas. Luego el teléfono sonó. Lo levantó y mantuvo un tono de voz sosegado y tranquilo. Colgó el teléfono y me dijo:

—Es mi madre, viene para acá. ¡Debes marcharte!
—Está bien, me gustaría conocer a tu madre”.
—¡No, no, ella es horrible! ¡Debes marcharte ahora! ¡Apúrate!

Tomé el ascensor y me fui. Y descarté a ese.

Luego hubo otro. Su madre le pagaba su comida, su auto, su seguro, su arriendo e incluso escribía alguna de sus cosas. Increíble. Y esto pasaba desde hace décadas.

Estaba también este otro tipo, siempre parecía muy calmado, bien alimentado. Él hacía un taller de poesía en la iglesia cada domingo en la tarde. Tenía un lindo departamento. Y era un miembro del partido comunista. Llamémoslo Fred. Le pregunté a una señora de edad que le tenía gran consideración y asistía a su taller:

—¿Cómo lo hace?
—Oh —ella dijo —Fred no quiere que nadie sepa, es muy reservado en lo que se refiere a cómo se gana la vida, pero se dedica a limpiar furgones de comida”.
—¿Furgones de comida?
—Sí, esos carritos que venden café y sánguches a la hora de colación y almuerzo en los lugares de trabajo, pues, Fred limpia esos furgones de comida.

Pasaron un par de años y se descubrió que Fred era dueño de un par de departamentos y que vivía principalmente de sus rentas. Cuando descubrí esto, me emborraché una noche y conduje hasta el departamento de Fred. Estaba ubicado encima de un pequeño teatro. Todo muy artístico. Salí del auto y toqué el timbre. No respondía. Yo sabía que estaba allá arriba, había visto su sombra moviéndose detrás de las cortinas. Me devolví al auto y comencé a tocar la bocina y a gritar, “¡Hey, Fred, ven acá!” Tiré una botella de cerveza a una de sus ventanas, la cual rebotó. Eso fue suficiente. Salió desde su pequeño balcón y me vio:

—¡Bukowski, lárgate!
—¡Fred, ven acá a que te saque la chucha, maldito hacendado comunista!

Volvió a su departamento. Yo me quedé allí y lo esperé. Nada. Entonces tuve la idea de que estaba llamando a la policía. Había visto suficiente de ellos. Me subí al auto y me devolví a casa.

Otro poeta vivía cerca del malecón. Bonita casa. Él nunca tenía trabajo. Fui tras él. “¿Cómo lo haces?, ¿Cómo lo haces?” Finalmente la soltó. “Mis padres son dueños de unas cuantas propiedades y yo cobro las rentas por ellos. Obtengo un sueldo de eso.” Imagino que era un sueldo de puta madre. De cualquier manera, al menos me dijo.

Algunos no lo hacen. Estaba este otro tipo. Escribía buena poesía pero muy poca. Y tenía este bonito departamento. O se iba de viaje a Hawaii o algún otro lado. Era el más relajado de todo el grupo. Siempre con ropa nueva planchada y con zapatos nuevos. Nunca necesitaba una afeitada, un corte de pelo; tenía dientes brillantes. “Vamos, nene, ¿cómo lo haces?”Nunca lo soltó. Ni siquiera sonreía. Sólo se quedaba ahí en silencio.

Luego estaba este otro tipo de poetas que vivían de las subvenciones. Escribí un poema sobre uno de ellos pero nunca lo publiqué porque finalmente sentí lástima por él. Aquí está más o menos escrito al voleo:

Jack con su pelo colgando, Jack exigiendo dinero, Jack el de la gran barriga, Jack y la ruidosa, ruidosa voz, Jack el de la sociedad de escritores, Jack el que hace piruetas frente a las señoritas, Jack que cree que es un genio, Jack que vomita, Jack que habla mal de los afortunados, Jack volviéndose cada vez más viejo, Jack todavía exigiendo dinero, Jack cayendo por la planta de los frijoles mágicos, Jack que habla de ello pero no hace nada, Jack que la saca barata con un homicidio, Jack que se jacta, Jack que habla de los viejos tiempos, Jack que habla y habla, Jack y el chorreo, Jack que aterroriza a los débiles, Jack el amargado, Jack el de los coffee shops, Jack gritando por reconocimiento, Jack que nunca tiene un trabajo, Jack que sobrevalora totalmente su potencial, Jack que sigue gritando sobre su talento no reconocido, Jack que culpa a todos los demás.

Tu sabes quién es Jack, lo viste ayer, lo verás mañana, lo verás la próxima semana.

Queriéndolo sin hacerlo, queriéndolo gratis.

Queriendo fama, queriendo mujeres, queriéndolo todo.

Un mundo lleno de Jacks, cayendo por la planta de los frijoles mágicos.

Ahora ya estoy cansado de escribir sobre poetas. Pero añadiré que están haciéndose daño trabajando como poetas en vez de estar haciendo otra cosa. Yo trabajé como empleado hasta los 50 años. Estaba atorado con el resto de la gente. Nunca pregoné ser un poeta. Ahora, no estoy diciendo que trabajar para ganarse la vida sea una gran cosa. La mayoría de las veces es una cosa horrible. Y usualmente tienes que pelear para mantener un trabajo de mierda porque hay otros veinticinco tipos esperando a tomar el mismo trabajo. No tiene sentido, por supuesto; te aplasta, por supuesto. Pero vivir ese enredo, pienso, me enseñó a dejar de lado las huevadas cuando escribía. Pienso que hay que meter las patas y la cara en el barro de cuando en cuando, pienso que tienes que saber lo que es la cárcel, lo que es el hospital. Pienso que tienes que saber qué es lo que significa estar sin comer por cuatro o cinco días. Pienso que vivir con mujeres dementes es bueno para el espinazo. Pienso que puedes escribir con alegría y soltura luego de estar en la cuerera. Sólo digo esto porque todos los poetas que he conocido han sido blandengues medusas, sicofantes. Solo pueden escribir sobre su egoísta falta de resiliencia.

Sí, me mantengo alejado de los POETAS. ¿Me culpas por ello?

Cayo Cactus (1984). Nadie lee las bios. Catrileo y La Calaquita Ediciones.