Amélie Nothomb – Aspirina [versión de Cristian Lagunas]

Contenido en Aspirine : mots de tête, París, Albin Michel, 2001.

 

Cuando era pequeña, pronunciar la palabra “aspirina” equivalía a una blasfemia. En materia de medicina, mi madre tenía sus teorías, o más bien una religión: todos habíamos sido criados en el culto de la homeopatía, o más precisamente, de un homeópata, que el esoterismo de nuestra secta me prohíbe nombrar aquí: llamémosle Señor X. Él vivía en Bruselas y nosotros en Pekín, lo cual resultaba en enseñanzas más sagradas, por ser lejanas. Pero también menos prácticas: el fax no existía en los años setenta y cuando nos resfriábamos, mamá debía escribir una carta al Señor X y nos prohibía tomar aunque fuera el menor remedio antes de que, de vuelta en el correo, llegara la respuesta del gurú, acompañada de píldoras salvadoras. Lo más común era que el correo tardara tanto que la naturaleza, para entonces, nos había curado ya.

Mi hermano, mi hermana y yo, habíamos comprendido que sufrir sin indulgencia no tenía ninguna importancia. El único crimen era tomar un medicamento calificado como alopático, es decir, ajeno a la homeopatía. La aspirina era alopática, por tanto satánica. Yo tenía esa edad donde se cree todo lo que las madres dicen: cuando tenía fiebre, prefería morir antes que tomar un comprimido demoniaco. ¿Que tenía un dolor de cabeza espantoso? Poco importaba, el dolor terminaría por desvanecerse. Pero si rechazaba la religión y absorbía el ácido acetilsalicilíco, el horror del pecado no se borraría jamás de mi conciencia.

Y fue así como alcancé la edad adulta sin haber probado ni una aspirina, ni la mínima cantidad de una sustancia alopática. Luego dejé a mis padres y me instalé en Bruselas.

Una de las primeras instrucciones de mamá consistía en reunirme con el Señor X en carne y hueso, algo que hice piadosamente, como el musulmán que va a la Meca. El gurú belga se dignó a recibir a la chica de diecisiete años que él había curado a la distancia desde que había nacido. Y descubrí, no sin terror, que el Señor X tenía las facciones de un zombie sádico. Quiso saber sobre mis hábitos y reparó en que bebía té fuerte: se ofuscó, me lo prohibió. No dije nada, pero pensé que entre el té chino y el Señor X, mi decisión estaba tomada. No volví a verlo, pero tampoco me hundí en la herejía que habría consistido ver a otro doctor. Había decidido, simplemente, alejarme de cualquier forma de medicina, algo a lo que la lentitud del correo internacional ya me tenía acostumbrada.

Mucho más adelante, mientras me alojaba en casa de una amiga, pesqué uno de mis innumerables catarros. La querida amiga me ofreció una aspirina. La miré como se mira al Anticristo y proclamé que no ingeriría la sustancia de Belcebú. Consideró mis blasfemias producto de la fiebre y soltó la tableta en un vaso de agua que me hizo beber a la fuerza. Tuve la fascinante impresión de absorber el mal en persona: descubrí la primera de sus seducciones, su gusto ácido y amargo que me llenó de delicias. Había conocido pocos sabores que me extasiaran de ese modo. Poco después, un dulce entorpecimiento se apoderó de mí y me hundí en un beneficioso sueño. Cuando me desperté, diez horas más tarde, me sentía mejor que nunca.

Desde entonces puede decirse que soy la neófita de la aspirina. La amo con una pasión loca, con revancha. Todavía hoy no puedo tomar una sin tener la impresión de que estoy enferma para poder suministrármela. Y desde que aprendí la etimología de “salicílico”, no puedo mirar una sola sin ver en ella una magnífica aliada, el árbol mismo de la transgresión, y me pregunto si la manzana del Jardín del Edén no habría estado en realidad en un sauce, de cuyas ramas lloronas colgaba el remedio secreto a los dolores impuestos por el Eterno.

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CRISTIAN LAGUNAS (Metepec, México. 1994). Tiene estudios en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa y en el Programa de Escritura Creativa de la Universidad del Claustro de Sor Juana. Ha colaborado con textos narrativos y críticos en diversos medios de publicación periódica; otros aparecieron en 25 golpes de suerte (Lectorum, 2013) y en Los muertos no cuentan cuentos – Antología de narrativa joven del Estado de México (FOEM, 2015). En 2014 fue becario del Fondo para la Cultura y las Artes del Estado de México, en la categoría de Jóvenes Creadores.