Rodrigo Torres – ¿Y cómo es él?

Iba en la locomoción, de pie entre coches de bebés y personas de miradas desafiantes cuando subió un viejecillo con muletas.

Me dirigía hacia Villa Francia, en Estación Central. Estudiaba Comunicación audiovisual y junto a unos compañeros nos reuniríamos en la casa de uno de ellos, quien vivía precisamente ahí. Nuestra idea consistía en escenificar el momento en el cual la policía asesinó a los hermanos Vergara durante la dictadura. Sentíamos la necesidad de demostrar que de una u otra forma, el recuerdo de esa historia infame seguía ahí, presente, para legar a las futuras generaciones un mensaje de compromiso. Yo sería Rafael Vergara y dos de mis compañeros harían las veces de carabineros mientras otro filmaba. A mí me parecía una idea genial.

Era mi primera vez en Villa Francia. Estaba viendo el Google Maps en mi Galaxy, cuando el hombrecillo de las muletas comenzó a cantar. Sin embargo, aquello no era un canto. Era un alarido monstruoso, sin ton ni son. Las personas se observaban con rostros desconcertados.

—¿Y cómo es él? ¿En qué lugar se te enamoró de ti?

Su extraña voz, que rayaba entre lo cómico y lo trágico, era mucho más patética cuanto más agregaba palabras inconexas a una canción conocida por casi todos. El hombre se paseaba con sus dos muletas, una bajo cada brazo, mientras profería su desastrosa cacofonía. Nunca había visto subir en micro alguna a un personaje tan patético: además de su problema con una pierna, que no podía mover obligándole a dar unos saltitos, tenía un rostro anguloso, con un pelo enmarañado y una boca con dientes dispares y solitarios, haciéndole ver como una especie de alimaña destartalada. Su cuerpo hedía a metros de distancia haciendo que incluso el olor de los pañales de los bebés resultase agradable. Además, su ropa cochina y llena de pelos de gato o perro creaban en uno la repugnancia total.

Pregúntale a qué se dedica cuando va al supermercado.

El hombrecillo monstruoso cambiaba la letra no sé si a propósito para causar gracia, o simplemente porque no se sabía la canción. Estuvo “cantando” por al menos veinte minutos el mismo tema.

Al principio, unos escolares y personas que volvían de su trabajo se rieron pero después parecieron acostumbrarse al tono del hombrecillo, que era de un agudo insoportable. Cuando se puso a mi lado, no pude evitar soltar una risa. Él me observó unos segundos, pero luego siguió con lo suyo. Un niño que iba en la micro le preguntó a su padre:

—¿Por qué canta así ese señor?
—Es un viejo enfermo.

De pronto, me di cuenta que estaba perdido. Ya era de noche. No veía bien el nombre de las calles por donde pasaba la micro. Haciendo a un lado al hombrecillo fui a preguntarle al conductor adónde debía bajarme. El hombre me observó como si yo hubiese sido una extensión del viejecillo ridículo y me contestó de mala gana. Luego llamé a mi amigo para que me esperase en el paradero, pero no contestaba.

El hombrecillo de las muletas pasó puesto por puesto pidiendo dinero por su “espectáculo”. Es posible que alguien, por pena, le haya dado algo. Yo, por mi parte, cuando colocó una mano frente mío, hice como que miraba hacia afuera.

Toqué el timbre para que la micro parase. Se dio la coincidencia que bajé junto al viejo. Este se quedó sentado en el paradero y yo continué mi camino. Como era mi primera vez en Villa Francia sentí una especie de orgullo juvenil, casi un sentimiento de aventura. Yo era Rafael Vergara, un joven revolucionario que luchó contra la dictadura. Los murales pintados, tal como en los blocks, me hicieron retroceder en el tiempo. Mientras pensaba en estas cosas, atravesé una plaza. Había un grupo de jóvenes riendo fuerte. Serían unos cinco. De pronto, escuché que me hablaban.

—¡Oye!… ¡Oye, ahueonao!

De un momento a otro caí en la cuenta que aquellos hombres no me hablaban en un tono afable. Me rodearon.

—¿Quién soi vo, hueón? –preguntó uno de ellos, haciendo unos movimientos intimidantes.
—Voy… Voy donde un amigo –dije. Sentí miedo. Sentí un miedo terrible.
—Sácate la chaqueta, culiao.

Hacía frío. ¿Por qué tenía que ser la chaqueta? Entonces se las pasé. Luego me registraron los bolsillos del pantalón. Encontraron mi Galaxy. Les fascinó.

—Amigos –cuando dije esa palabra, se observaron con una sonrisa malévola–, vamos a grabar una escena sobre la muerte de los hermanos Vergara… Yo estoy con ustedes… También soy del pueblo. ¿Por qué me hacen esto?

Mi tono victimizante pareció molestarles aun más. Uno escupió muy cerca de mis zapatillas. Recordé que yo no era ninguno de los hermanos Vergara. Recordé que yo no era de Villa Francia. Recordé que sólo era un aspirante a clase media alta inmiscuido en el lugar equivocado.

—¿Los hermanos cuánto? —preguntó uno.
—Los Vergara, los que fueron asesinados por la dictadura —remarqué la palabra “dictadura” en un último esfuerzo por captar su sensibilidad. O por último, apelar a su instinto.
—¿Vergara? ¿Que no eran Velasco? –preguntó otro que se doblaba los dedos haciéndolos sonar.

Observó a sus compinches, pero estos levantaron los hombros.

—Ni idea de la hueá que habla este culiao.

De repente escuché una voz. Una voz conocida. Entre el latido de mi corazón y el temblor nervioso que recorría mi cuerpo, esa voz emergió como un coro celestial.

—¡Dejen al cabro tranquilo, hueones de mierda! –era el hombrecillo. Se arrastraba, o saltaba, con sus muletas y amenazaba con estas a mis torturadores.
—Devuélvanle las hueás, si el cabro es bueno.
—¿Qué te pasa, viejo chuchetumare? –le decían todos moviendo los brazos de forma amenazante.

No sé cuánto duró esa escena. Sólo recuerdo las imágenes que pasaron por mi mente: imaginé al hombrecillo siendo acuchillado mientras profería alaridos aun más agudos que los que daba cantando. Vi a los ladrones tomando sus muletas y pegándole con ellas a la vez que lo pateaban en el suelo hasta matarlo. Luego, aun con más rabia después que yo me confiara refugiándome en mi salvador de muletas, ellos me pateaban y acuchillaban sin compasión.

Pero nada de eso sucedió. Los tipos me devolvieron la chaqueta, pero se llevaron mi Galaxy. Se fueron profiriendo amenazas contra el hombrecillo y le hicieron gestos obscenos. Pero tanto él como yo seguíamos ahí, con vida.

–Son peligrosos estos hueones –me dijo con una voz que ya no me parecía tan ridícula.

—Sí… Oiga, muchas gracias.

Él movió la cabeza.

—No sea tan confiado.

Caminamos una cuadra y encontré la casa de mi amigo. Me llevé una mano al bolsillo y saqué una moneda.

—Muchas gracias por todo. Tome.

El hombre me observó con una sonrisa irónica.

—¿Para qué me da eso? Yo ya terminé mi trabajo.

Entonces, sin despedirse, siguió caminando a lo largo de la cuadra. Lo vi doblar por una calle. O quizás lo perdí de vista. Pero había una duda que no me dejaba tranquilo:

—¿Conocían los ladrones al hombre? ¿Por qué no le hicieron nada?

 

Rodrigo Torres Quezada (Santiago, 1984). Licenciado en Historia por la Universidad de Chile. Ha obtenido diversas distinciones en certámenes literarios nacionales y extranjeros. Publicó el volumen de cuentos Antecesor (Librosdementira, 2014).