Mauro Gatica Salamanca – Secuencias y otras cintas

Es enero de mil novecientos ochenta y cuatro y el niño observa a sus padres mientras estos se masturban en la pieza. El niño no golpea la puerta al entrar. Son las cuatro de la tarde pero parece de noche. El niño vio como sus padres se tocaban y vio también como éstos extasiados acababan de correrse la paja. A ratos se cubría el rostro con las manos. El personaje se cubría entero el rostro con sus diminutos deditos. No hacía ningún ruido. El niño se fue de la pieza silenciosamente cuando sus padres comenzaron a chuparse. El padre fue el primero, con su lengua lasciva y babosa chupaba la vagina como un enajenado; luego la madre, como ansiosa, saboreaba el pene: se lo metía todo en la boca. El hijo no lo soportó, no pudo soportarlo, sin embargo, todo llegará a ser distinto. Entonces se fue de ahí tal como llegó, sin avisar, en silencio. Los padres no supieron nada.

Era mil novecientos ochenta y cuatro. La historia se repite como historia.

En mil novecientos ochenta y cinco lleva bastante tiempo en eso, el niño, en eso del voyerismo, en eso de observar a sus padres en la pieza, tocándose, lamiéndose desesperadamente, lamiendo cada inimaginable rincón del cuerpo, cada insalubre rincón del cuerpo, penetrándose ahora, abriéndose, dilatándose, entregándose a la dominación. Inimaginable para el niño, para el protagonista de este cuento.

A veces le da asco. A veces le da mucho asco, hace arcadas y deja de mirar por instantes. Ahora es él quien se toca cuando los observa en la habitación. El niño. El protagonista de este relato. Una cámara fotográfica piensa. Un rollo de fotos sigue pensando. Un dibujo, un papel, un lápiz, piensa también en eso. Con los años desaparecerán las arcadas, desparecerá la arcada, el vómito y la vergüenza.

Mil novecientos ochenta y cinco. El protagonista gana un concurso de poesía en el colegio. Los padres están orgullosos ese mil novecientos ochenta y cinco. Glorioso año para la familia. Ese mismo año, el personaje remueve un trozo pequeño de pizarreño del techo, justo sobre la habitación matrimonial, para observar desde otros ángulos a la pareja dice, como en la tele, como en las películas cochinas de mi padre.

En mil novecientos ochenta y seis lo sorprenden masturbándose en la sala de clases; les enseñaba a mis compañeros como se hacía confiesa desvergonzado a su maestra, les enseñaba a correrse la paja, ¿qué tiene de malo masturbarse? Mismo año; toca a sus compañeras en el recreo, les toca el culo y las pequeñas tetitas, intenta tocarles la vagina pero no lo consigue; entra al camerino de las niñas en gimnasia y les muestra el pene a todas, así sin complejos; orina en la sala de clases; dibuja a la profesora en la pizarra con enormes tetas y un pene colgando entre sus piernas, casi tocando el suelo, también hace otro dibujo en donde aparece con el mismo pene enorme pero esta vez metido casi por completo en su boca y un tercero, menos definido, en donde el mismo grotesco pene se introduce por el culo de la profesora. El protagonista de este relato enciende el basurero y las cortinas de la sala de clases esa misma semana. Cambio pedagógico urgente insiste la profesora jefe. Su hijo es un psicópata murmuran en los pasillos del establecimientos los padres y apoderados, murmuran los auxiliares y los alumnos, es un sociópata murmuran los profesores en recreo, la señora del kiosco, los tíos del bus. Su hijo es un maldito psicópata le dice el director, no deja de mirarla a los ojos, eso usted lo sabe, su hijo es un hijo de puta, ¿quiere que revisemos las observaciones en el libro de clases?¿quiere que llame a los profesores?¿o a sus compañeras? Los padres no están orgullosos ese mil novecientos ochenta y seis. Ese año, meses después del incidente, vuelve a ganar otro concurso, esta vez de cuentos, vuelve el orgullo a la familia ese invierno del ochenta y seis.

Ahora es el año dos mil siete. Ahora es el año dos mil ocho. Ahora es el año dos mil nueve. Ahora es el año dos mil diez. Ahora es el año dos mil trece.

En mil novecientos ochenta y cuatro llega su prima a la historia. Juegan debajo de la mesa. Lo hacen toda la tarde. Lo hacen todas las tardes. Ella lo masturba, ella lo besa torpemente. Él la masturba, él le introduce los dedos en la entrepierna. Él le introduce la lengua en la boca. Juegan toda la tarde del veintidós de noviembre del año en curso. Llevan jugando largo rato. No hay penetración. No hay sexo oral. Él le muestra su rojo, delgado y gracioso pene, su infantil apéndice. Ella se abre de par en par su vagina con todos los dedos de sus manos, sin vergüenza. Aún no saben de vergüenza, no se la han enseñado. Ella le regala uno de los pocos bellos púbicos que adornan su vientre. Grita al sacarlo de un tirón. Él hace lo mismo. Él también grita. Improvisan sobres con los restos de una servilleta. Ponen sus nombres en ellos. Ponen sus nombres y la fecha. Ponen sus nombres, la fecha y el nombre de la ciudad. Ponen sus nombres, la fecha, el nombre de la ciudad y dibujan un corazón. Ponen sus nombres, la fecha, el nombre de la ciudad, dibujan un corazón y escriben allí sus iniciales. No te olvidaré nunca se dijeron. Salen desde abajo de la mesa. La madre les sirve jugo y galletas. Ahora es otro año y están solos en casa, entonces ella lo masturba bajo la mesa, ella lo masturba y luego se lo besa con torpeza. Él también la masturba, él le introduce los dedos y la lengua con un poco más de habilidad, era mil novecientos noventa y ahora si hay penetración. Ahora es mil novecientos noventa y uno. El niño y la prima se revuelcan en el baño. Procuran no hacer ruido. Procuran taparse la boca. Procuran no tener memoria. La madre les deja servida sobre la mesa del comedor un par de vasos con jugo de Maracuyá. Chicos vengan a refrescarse grita. Ahora en el dos mil diez ya ni se hablan. Nadie lo visita. Desde el año noventaidós que no se besan los primitos.

Ahora que es mil novecientos ochenta y nueve ingresa a las casas de sus vecinos, mejor dicho a los patios de las casas de sus vecinos y roba la ropa interior que cuelga de los cordeles. No discrimina edad. No discrimina tela. Se lleva todo lo que esté en el cordel. Tiene una buena colección oculta bajo la cama. Los clasifica por talla, modelo y color. Tiene sus favoritos. A veces los usa con discreción para ir al colegio. A veces duerme con ellos bajo la almohada o los coloca sobre su cara y se duerme oliendo sus hedores y se imagina a sus vecinas usándolos. A sus vecinas gordas, viejas, feas y sudadas. A sus vecinas hediondas a fritanga, a sus vecinas hediondas a culo, a ellas o a las vecinitas más tiernas del pasaje. A la semana lo atrapan. Meses después vuelve a lo mismo. Esta vez busca en la ropa sucia. Husmea en los patios traseros en busca de trofeos. Se afana por los aromas corporales, la orina, la sangre seca, los restos de semen, la mierda, lo prenden, lo anulan, no lo dejan respirar. Continúa y lo vuelven a atrapar. Y vuelta a lo mismo. Robo y captura. Crimen y castigo. Cambia el modus operandis, cambia la estrategia. Cambia el fetiche. Cambian los gustos. Nuestro hijo está creciendo dicen orgullosos los padres ese año de mil novecientos ochenta y nueve.

Ahora es el año dos mil siete. Ahora es el año dos mil ocho. Ahora es el año dos mil nueve. Ahora es el año dos mil diez. Ahora es el año dos mil trece.

Ese mismo año, meses después del incidente, ve en el cine La Generación Perdida, con la banda sonora a cargo de Jim Morrison y The Doors, con Corey Heim y Coreim Feldman como co-protagonistas. Él niño se creía Corey Heim: sus compañeras le metieron esa idea en la cabeza, te pareces a Corey sin patillas les dicen, te ves lindo, entonces por qué no me lo chupan maracas les gritó, ¡por qué no me chupan el pico las perras culia! les dijo ese día en el recreo. Su mamá también lo encontraba parecido a la estrella hollywoodense, de repente lo abrazaba y lo besaba en la boca, mi estrellita, mi estrella hollywoodense le decía y lo besaba, mi gringuito lindo le decía y lo besaba y lo abrazaba con fuerza y el hijo no podía ocultar la erección y corría al baño hasta desaparecer, hasta hacerse una paja y tranquilizarse. La película de vampiros la dieron junto a dos films eróticos, Play Dead Full Movie y Taboo American Style, esa era la gracia que tenía el cine Rex pensaba el protagonista; poder correrse la paja en las butacas del fondo mientras observas pornografía en la gran pantalla. Tetas inmensas, fluidos demenciales viniéndose encima como lluvia, penes enormes, culos descomunales y vaginas del porte de un auto abiertas como libros frente a tus ojos, es como para enloquecer. Amé el cine desde siempre le dijo al juez la mañana del dos mil trece en la audiencia en tribunales.

Mil novecientos setenta y ocho. El pequeño protagonista se levanta de la cama, como de costumbre en silencio, procurando no ser descubierto. Sorprende a los padres viendo Calígula, ve la parte en que se come el feto de un niño. No es la primera vez que los sorprende. La semana pasada, escondido detrás de la oscura cortina que separa el living de las piezas, observó un film, nunca pudo recordar el título de la película, en donde un negro, le introducía a una mujer pequeña, a una mujer de poco más de un metro y veinte de altura, su monumental pene, el pene más grande que allá visto jamás, más grande que el de su padre, más grande que el suyo piensa un poco excitado, tan grueso como un pepino. No ha visto aún otros penes. No sabe que está excitado tampoco. Recostado en su cama, una vez apagada la luz de la habitación, imagina una escena que no logra borrar de su cabeza, en ella su madre era atravesada por el mismo negro de la película. La ve ahí, con sus tetas colgando como dos banderas viejas, con sus piernas abiertas como flor suplicando de dolor, con todo el pene del negro metido en su vagina, y el semen y el fluido y la sangre como río en su cabeza; él también se sueña así a ratos, desnudo sobre ella, sobre su putita ideal, bajo la tenue luz de la tarde atravesando la ventana del cuarto, el mismo cuarto que visita a escondida desde siempre, bebiendo de sus jugos más secretos, lamiéndole el culo, la vagina sin tapujos, sin remordimientos, mordiéndole las tetas, arrancándole a fricción el llanto, llenándola una y otra vez con el veneno dulce del incesto. Se imagina así, en actitud carnal con la silueta de su padre junto a la cama, en silencio, observando.

El hijo continúa viendo cine porno junto a sus padres por un par de años más. Sus padres ignoran su presencia. Siempre detrás de la cortina. Más o menos a la misma hora. A él le da risa la traducción, eso tío dame tu leche, métemelo duro, méteme toda la polla por el coño tío y el hijo, tras la cortina, que se dobla, que se mea de risa. Ellos no lo saben. El protagonista de todo esto se ríe mientras se toca la punta del pene con suavidad, con ternura y erotismo. El protagonista se tapa la boca con las manos para no ser descubierto. Otras veces se mete la manga del chaleco en ella mientras los padres hacen lo suyo en el sofá del living, entregados a sus perversiones, rendidos a los pies de la turba lasciva de sus pulsiones, ellos si hacen ruido, como una música, como un sound track, como una bitácora de viaje que se funde con los quejidos que salen de la tele.

Ahora es el año dos mil siete. Ahora es el año dos mil ocho. Ahora es el año dos mil nueve. Ahora es el año dos mil diez. Ahora es el año dos mil trece.

En el dos mil once parece muerto ahí sentado bajo el sol intenso de este desierto de nadie. Pero en mil novecientos setentaiocho está vivo y prefiere los film en colores. En mil novecientos setenta y ocho le gustaba disfrutar la diversidad de pigmentos; tetas blancas, tetas negras, tetas amarillas, tetas color canela, tetas pálidas, tetas rojizas, tetas casi transparentes, tetas llenas de venas azules, tetas verdes. Ya no soporta el blanco y negro. Prefiere el tecnicolor, aunque en el fondo prefiere las tetas de su madre. Piensa en ellas todo el tiempo. Sueña con chuparselas. Regresar a un tiempo latente, mi boca y su pezón envueltos en la baba, su cuello, su frente sus mejillas; su boca y mi lengua hundiéndose en ella. El protagonista piensa en su padre muerto como lo hiciera Jim Morrison años atrás, lo imagina dentro de un cajón caoba negro, con los ojos cerrados y boca llena de algodón. Entonces la ve a ella, desnuda, tendida con sus estrías sobre la cama, la misma cama, resistiéndose a ratos, entregándose al placer y a sus contradicciones, olvidando el dolor del duelo, la acidez de la muerte; disfrutando el orgasmo tibio, la cadera firme de su hijo arremetiendo contra ella, se ve llenándole la boca, la misma boca, mezcla perversa de semen y mierda, un beso oscuro, una mirada que quema los corazones, un abrazo fétido pero hermoso, un susurro al oído, el fuego de un volcán que nos destruye.

En mil novecientos ochenta y uno el padre compra un televisor a control remoto de 21’’ pulgadas para la familia dice, para la familia, también le regala a su esposa una licuadora y una lavadora. A la madre del protagonista le brillan los ojitos, a ella, a su musa, a su actriz favorita; mi estrella porno favorita piensa, mi putita ideal, la dueña de mis deseos, mi perra predilecta.

Mauro Gatica Salamanca (Arica, 1974).  Ha publicado los libros: Shhh (Cinosargo, 2010), family values (La Liga de la Justicia, 2011), la pequeña casa en la pradera (Editorial Digital 404, 2012), los ingalls y la pradera (Proyecto Editorial  Itinerante, 2012), escupe (Korekhenke, 2013), spin off (Olga Cartonera, 2013), ex machina (BongoBooks, 2015; Maki_naria, 2015) y la comarca: ensayo sobre el desarraigo (Fugitiva Cartonera, 2016).

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