Fernando Escobar Páez – El amish esmeraldeño [relato]

Nacido en 1943, en el condado de Mifflin, Pensilvania, bajo el nombre de Jacobo Feldmand Magog, y criado dentro de uno de los grupos anabaptistas más radicales, no fue hasta inicios del año 2008 cuando, tras un aciago incidente, abandonó su granja y emprendió un delirante periplo por Ecuador, país donde tras adoptar el nombre de Juan Francisco Pérez Magog, escribiría la totalidad de su obra literaria.

El evento que cambió la vida de este amish, que desde su rumspringa[1] fue considerado como la reserva moral y pilar de su comunidad, sucedió una noche de enero del año 2008. El hermano Feldmand Magog escuchó un ruido en su granero y, azadón en mano, acudió a investigar. En ese momento fue asaltado por lo que inicialmente consideró como un gorila afeitado, escapado de eso que los occidentales llaman zoológico, para luego darse cuenta horrorizado que se trataba de una enorme mujer de raza negra. Esta criatura procedió a realizar un salvaje strapon fucking en el ano de nuestro héroe. Esta práctica, muy difundida en ciertas poblaciones de la costa del Pacífico sudamericano, consiste en que la mujer sodomiza al hombre mediante el uso de una especie de calzón, que viene con un enorme pene de plástico incorporado. Tras culminar con la violación, la negra entregó una foto de José Federico Pinga al desvalido anciano amish, pues parte fundamental del ritual consiste en que la agresora obsequie un objeto de alto valor emotivo al hombre al que acaba de arrebatar su dignidad.

El hermano Jacobo Feldmand Magog juró consagrar su vida a vengarse del hombre de la foto, y a la mañana siguiente, desenterró todos sus ahorros, enganchó los caballos a su carreta y partió hacia Nueva York sin despedirse de sus correligionarios, pues su hochmut[2], atrofiado por la crueldad a la que había sido sometido su ano, le impedía contemplar las serenas barbas del Patriarca y lo condenaba al exilio perpetuo lejos de Los Hombres de Dios.

Una vez en la ciudad, contrató a un detective, que averiguó que el tal José Federico Pinga fue un jugador de ese deporte impío al que los migrantes llaman soccer y que era oriundo de la provincia de Esmeraldas, Ecuador. Al enterarse de esto, el hermano Jacobo Feldmand Magog adquirió en el mercado negro la identidad falsa de Juan Francisco Pérez Magog y tomó el primer avión hacia Quito, la capital de ese innoble país bananero.

Cuando arribó al aeropuerto de dicho pueblo, fue recibido por un tal Anthony Becdach, individuo siniestro que le ofreció hospedaje en un hostal de su propiedad. Qué hubiera sucedido si nuestro héroe no hubiera aceptado la propuesta, es algo que no podemos saber, pero al domiciliarse en el hostal de Becdach, Magog selló irremediablemente su destino. En dicho lugar, el anciano amish trabó amistad con Douglas Santos y Efraín Páez, dos delincuentes de poca monta, a los que contrató para que le enseñaran el idioma nativo y las costumbres propias de ese país de simios llamado Ecuador.

Este trío de cuestionables sujetos, poco a poco, fue introduciendo a Magog en la vida nocturna de Quito, exfoliando los ahorros de toda su vida de trabajo arduo y honesto en los prados de Pensilvania.

Magog se volvió un habitual de los tugurios y se sumergió en el mundo de la ketamina, una potente droga para caballos, con la cual conseguía olvidar el tormento en que se había convertido su vida.

En uno de sus viajes psicodélicos, Magog olfateó las suaves manos del Patriarca y sintió que había tocado fondo. Se alejó de las malas compañías y buscó ayuda profesional. En la clínica de rehabilitación le diagnosticaron Demencia Mitocondrial, una consecuencia inevitable del uso de la ketamina, y tras declararlo desahuciado, procedieron a expulsarlo hacia la calle.

El anciano amish, sin embargo, todavía tenía ganas de vivir y recurrió a bizarras terapias, como el permitir que un fétido indígena frotara un cuy sobre su cuerpo, y lo más escandaloso: se sometió a una terapia new age que consistía en que una hippie, aun más hedionda que el indígena, introdujera afiladas piedras magnéticas en su ano. En el momento que Magog volvió a sentir la presión de su orificio siendo lastimado nuevamente por un objeto fálico, tuvo una revelación: todo lo que había sucedido en su antaño virginal trasero debía tomarlo como lo que era, una prueba de Dios que expresaba su voluntad mediante la sodomización forzosa de nuestro héroe. Magog, entonces, aceptó el hecho con gelassenheit[3] y decidió olvidarse de su venganza contra el infausto José Federico Pinga.

Para celebrar su nueva vida, Magog redactó su única obra literaria conocida, el poemario Esfínteres florales (Quito: Chisguete Baboso Editores, 2011).

No se ha vuelto a saber nada de este gran literato, pero según aseguran sus antiguos amigos quiteños, José Federico Pinga leyó el poemario y se conmovió tanto por la profunda belleza metafísica que encerraban los versos del gran bardo amish, que lo invitó a vivir a su casa, para posteriormente amancebarse con el anciano y vivir juntos en la más beatífica de las sodomías.

 

[1] Término con el que los Amish definen a la adolescencia.

[2] Orgullo.

[3] Calma, compostura y placidez ante el designio divino.

 

Fernando Escobar Páez (Quito, 1982). Poeta y narrador. Ha publicado los libros Los ganadores y yo (Machete Rabioso, 2006) y Miss O’Ginia (La Liga de la Justicia, 2015). Textos suyos constan en antologías y revistas dentro y fuera del país. Ha sido traducido al alemán, inglés, portugués y francés. Tiene estudios en psicología, medicina y comunicación social. En la actualidad se desempeña como periodista freelance para varios medios de comunicación del Ecuador y como asesor de proyectos en gestión cultural.

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